Dos semanas después...
El hospital amaneció lleno de sonrisas.
Camila esperaba junto a la recepción con una pequeña mochila sobre los hombros.
La Dra. Torres le entregó unos documentos.
—Felicitaciones, Camila. Ya puedes ir a casa.
Camila respiró profundamente.
Era la primera vez en muchos meses que cruzaría aquellas puertas como una persona libre.
En ese momento, otra puerta se abrió.
Leo apareció acompañado de Diego.
Vestía ropa de calle y llevaba una pequeña maleta.
Camila lo miró sorprendida.
—¿Leo...?
Él sonrió de oreja a oreja.
—Parece que hoy también es mi día.
Camila corrió hacia él y lo abrazó con fuerza.
Valeria comenzó a aplaudir.
Las enfermeras sonrieron emocionadas.
Incluso la Dra. Torres dejó escapar una lágrima de felicidad.
—Cuídense mucho los dos —les dijo.
—Lo haremos —respondieron al mismo tiempo.
Tres días después...
El sonido de las olas llenaba el aire.
Camila caminaba descalza sobre la arena mientras el agua rozaba sus pies.
Leo la observaba sonriendo.
—Lo logramos.
Camila levantó la vista hacia el horizonte.
—Pensé que este día nunca llegaría.
Leo tomó su mano.
—Yo también.
Sacó el viejo cuaderno de los sueños.
Las hojas estaban un poco dobladas por el uso.
Lo abrió en la última página.
Con una sonrisa, tachó dos sueños.
Salir juntos del hospital.
Ir juntos al mar.
Camila escribió debajo:
Sueño número 19: Vivir sin miedo.
Leo añadió:
Sueño número 20: Formar una familia algún día.
Camila levantó la vista y sonrió.
—¿Eso significa que quieres pasar el resto de tu vida conmigo?
Leo respiró hondo.
Se arrodilló lentamente sobre la arena.
Sacó de su bolsillo una pequeña caja de madera.
La abrió.
Dentro había un delicado anillo de plata.
—Camila Reyes...
Ella llevó ambas manos a su boca, sorprendida.
—Desde el primer día que te vi en aquella sala del hospital, supe que mi vida había cambiado. No sé qué nos deparará el futuro.Pero quiero vivir cada día a tu lado. ¿Aceptarías casarte conmigo algún día, cuando los dos estemos completamente recuperados?
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Camila.
Esta vez eran lágrimas de felicidad.
—¡Sí!
Leo colocó el anillo en su dedo.
Ambos se abrazaron mientras las olas rompían suavemente en la orilla.
Valeria y Diego, que observaban desde unos metros atrás, comenzaron a aplaudir.
El cielo se tiñó de tonos anaranjados con la puesta de sol.
Y, por primera vez, Camila comprendió que el verdadero milagro no había sido solo recibir un nuevo corazón.
Había sido encontrar a alguien con quien compartir cada latido.