Habían pasado seis meses desde que Camila y Leo salieron del hospital.
La vida era muy diferente.
Camila asistía a sus revisiones médicas con disciplina, tomaba sus medicamentos y cada día recuperaba más fuerza.
Leo también seguía con su tratamiento. Aunque aún necesitaba controles frecuentes, su recuperación avanzaba mejor de lo esperado.
Una mañana, ambos caminaban por el parque donde los árboles comenzaban a florecer.
—¿Recuerdas cuando solo podíamos ver el cielo desde la azotea del hospital? —preguntó Camila.
Leo sonrió.
—Y soñábamos con caminar sin prisa.
Camila giró sobre sí misma, sintiendo el viento en el rostro.
—Ahora podemos hacerlo.
Leo tomó su mano.
—Y todavía siento que estoy soñando.
En ese momento sonó el teléfono de Camila.
Era la Dra. Torres.
—Hola, doctora.
—Tengo una propuesta para ustedes.
Camila miró a Leo con curiosidad.
—¿De qué se trata?
—El hospital organizará un encuentro para pacientes que lograron recuperarse. Nos gustaría que compartieran su historia y dieran un mensaje de esperanza.
Camila guardó silencio unos segundos.
Recordó las noches de miedo.
Las lágrimas.
La lista de sueños.
Y todas las personas que la habían acompañado.
—Aceptamos.
Una semana después, el auditorio del hospital estaba lleno.
Había niños, adolescentes y adultos en tratamiento.
Muchos tenían miedo.
Muchos sentían que nunca saldrían de allí.
Camila subió al escenario junto a Leo.
Respiró profundamente.
—Hace un año, pensábamos que nuestros sueños terminarían entre estas paredes.
Leo continuó.
—Pero aprendimos que incluso en los días más difíciles vale la pena seguir luchando.
Camila levantó el viejo cuaderno de los sueños.
—Este cuaderno nació en una habitación de hospital. Creíamos que nunca podríamos cumplir todo lo que escribimos. Hoy podemos decir que ya hemos tachado veinte sueños.
Los aplausos llenaron el auditorio.
Al terminar la charla, una niña de unos diez años se acercó a Camila.
Llevaba una pulsera de paciente.
—¿De verdad se puede salir adelante?
Camila se agachó para quedar a su altura.
Sonrió con dulzura.
—Sí. Habrá días difíciles y otros mejores, pero nunca dejes de creer en el mañana.
La niña sonrió por primera vez en mucho tiempo.
Mientras Camila y Leo abandonaban el hospital, ambos miraron la azotea donde había comenzado su historia.
Leo apretó suavemente la mano de Camila.
—¿Sabes cuál será nuestro próximo sueño?
—¿Cuál?
Él sonrió.
—Construir un hogar lleno de risas... y nunca olvidar que todo empezó con un simple "hola".
Camila apoyó la cabeza en su hombro.
—Entonces escribámoslo en la lista.
Y, por primera vez, comenzaron un cuaderno nuevo.
Porque algunos sueños, cuando se cumplen, dan lugar a otros aún más grandes.
Continuará...