Un Lugar En El Medio

07:43, hoy

El hospital olía a desinfectante y ropa mojada, mezclado con un aire pesado y opresivo. Era un olor que se adhería a la piel, que entraba por la nariz y se quedaba ahí, como una presencia muda. No era del todo desagradable. Tampoco reconfortante. Era simplemente inevitable.

Ella ya estaba acostumbrada. A los pasillos con luz azulada, a las sillas de plástico con tornillos flojos, a las enfermeras que evitaban hacer contacto visual. A la forma en que el tiempo parecía deslizarse distinto dentro de esos muros, más lento, reacio al avance, pero sin más remedio que seguir.

Se sabía el recorrido de memoria: entrada principal, pasillo central, cuarto piso. A veces pasaba por la cafetería del primer nivel solo para cambiar de aire, aunque no comprara nada. Aquella mañana no fue diferente. Se levantó antes de la alarma, desvelada por el mismo sueño que la rondaba desde hacía semanas. Su hija dormía con la boca entreabierta y el cabello hecho un nido sobre la almohada. La miró por un rato, midiendo la respiración, como quien mide el nivel de agua en una represa antes de que colapse.

El desayuno fue silencioso. Té frío. Una manzana mordida. La botella de agua medio llena. Metió los documentos médicos en su bolso junto a un suéter doblado, un paquete de galletas de arroz, y el libro que llevaba semanas sin poder abrir.

Al salir, la ciudad aún estaba húmeda por la llovizna de la madrugada. Los adoquines brillaban, los árboles goteaban sobre los autos mal estacionados. Subió al auto sin encender la radio y condujo como siempre, como todos los días desde que todo comenzó: en piloto automático. Estacionó en su lugar habitual, junto a la columna rota del segundo sótano, y subió las escaleras sin pensarlo mucho.

Y entonces lo vio.

Estaba sentado solo en la sala de espera, a unas filas de distancia, con el cuerpo inclinado hacia adelante y las manos entrelazadas. El cabello le caía ligeramente sobre la frente, más largo que antes pero con los mismos rizos desordenados, y la chaqueta oscura que llevaba parecía prestada, un poco grande, ajena. Era él. Después de todos esos años. Después de todo lo que no se había dicho.

Durante un segundo, pensó que era un espejismo. Uno de esos fantasmas que el cerebro fabrica cuando algo no está bien. Pero no. Estaba ahí. Vivo. Real. Sólido. Y sin embargo, irreal en su presencia, como una parte del pasado que alguien hubiera dejado olvidada en un rincón del presente.

El corazón le dio un salto pequeño, apenas perceptible. No fue felicidad. Tampoco fue tristeza. Fue algo más turbio, más difícil de nombrar. Algo parecido a un dolor agudo en un lugar donde antes hubo una cicatriz.

Él no la vio enseguida. O quizás sí, pero fingió no verla. Había aprendido a hacerlo. Ambos lo habían hecho. Mirarse sin mirarse. Estar en el mismo sitio sin pertenecer ya al mismo mundo. Cuando finalmente sus miradas se cruzaron, no hubo gestos, ni saludos, ni sonrisas. Solo un instante suspendido en el que pareció que todo lo que alguna vez fueron se comprimía en un parpadeo.

Una enfermera abrió la puerta y dijo un nombre. Ambos se levantaron al mismo tiempo. Él por un pasillo, ella por el ascensor. Caminaban desparejos, con el andar de quienes arrastran pesos distintos, pero compartiendo el mismo cansancio. No se dijeron nada. No lo necesitaban.

Más tarde, después de que el chequeo terminara y su hija quedara dormida bajo una manta demasiado fina, bajó a la planta baja y salió a tomar aire. No quería volver a casa aún. Cruzó la calle hasta una cafetería pequeña, con faroles amarillos y sillas desiguales, donde solía sentarse años atrás a leer o escribir en servilletas dobladas. Pidió un té de jazmín, se sentó junto a la ventana empañada y observó la ciudad pasar con la indiferencia de quien no forma parte de ella.

Intentó pensar en otra cosa. En las medicinas, en la cita con el especialista, en el estado del auto que hacía ruidos extraños. Pero la imagen de él volvía. Persistente. Obstinada. Lo recordaba tal como lo había visto en la sala de espera: contenido, un cuerpo que parecía un recipiente mal cerrado, a punto de derramarse.

¿Qué hacía en el hospital? ¿A quién cuidaba? ¿Había venido solo? ¿Tenía hijos? ¿Alguien esperaba por él en casa?

Las preguntas no la sorprendían. Lo que la sorprendía era que aún quisiera saber.

Cuando volvió a casa, su hija estaba despierta, echada sobre la alfombra, hojeando un libro con las páginas abiertas como alas de mariposa. La miró entrar con expresión serena.

—Tardaste mucho hoy, mami —comentó la niña sin dejar de pasar las páginas.

Dai se acercó y le acarició el cabello. Lo tenía tibio y enredado.

—Me detuve a pensar un momento.

—¿Sobre mí?

Ella sonrió.

—Siempre sobre ti.

La niña asintió, conforme. Cerró el libro con cuidado, guardar las palabras parecía haberse convertido también parte de su rutina.

Esa noche, mientras preparaba la cena, su rostro volvió a aparecer. No el de ese día, sino el de muchos años atrás. Cuando era casi un niño. Cuando la miraba con la certeza de que no había otro sitio donde estar. Se preguntó si él también había pensado en ella. Si aquel cruce de miradas le había remecido algo adentro, aunque fuera un poco.

No era nostalgia. Era otra cosa. Algo más complejo. Algo que tenía que ver con el tiempo y lo que no puede repetirse.




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