Desde el columpio más alto del patio, la observaba en silencio. El óxido de las cadenas manchaba sus palmas y el balanceo leve hacía crujir la estructura cada tanto, y parecía estar llamándola también. A sus pies, la tierra estaba hundida de tanto arrastrar los zapatos. A su alrededor, voces, gritos y risas ocupaban el espacio. Pero él solo miraba a la niña nueva.
Ella corría en círculos, con una hoja pegada en el pelo, una rodilla raspada y el vestido amarillo lleno de polvo. Llevaba calcetines rojos que no combinaban con nada y unas botas de lluvia azul eléctrico que salpicaban barro con cada paso. Cantaba algo sobre caracoles y princesas sin corona, inventando la melodía con cada vuelta. Nadie más parecía prestarle atención. Él sí. Y no sabía por qué.
No era exactamente por cómo vestía, ni por su voz aguda que rozaba la nota de un silbido. Era más bien la manera en que ocupaba el espacio. El mundo entero parecía una caja vacía que ella buscaba llenar con su risa, su movimiento, su ruido.
Elijah, en cambio, sabía cómo hacerse invisible. Era un arte que había aprendido sin maestros. Tenía siete años, un año más que ella, aunque por dentro sentía que llevaba mucho más tiempo esperando algo que no sabía nombrar.
Esa mañana, Dai había llegado con su familia al pueblo. Elijah los había visto desde la ventana del aula. La madre —una mujer de rostro sereno y trenzas tirantes— hablaba con la directora sin sonreír, mientras las tres niñas se quedaban junto al auto. El padre les arreglaba las chaquetas, dando palmadas rápidas en los hombros, en un intento de que esas manos alisaran no solo la tela, sino también el camino. Dai era la mayor. Y, claramente, la que no se quedaba quieta.
Más tarde, durante el primer recreo, cuando todos los niños se peleaban por turnarse en el tobogán o empujaban las ruedas metálicas del carrusel, ella se trepó a una piedra grande junto al seto del patio. Desde ahí, con las manos en jarra, gritó:
—¡Declaro este bosque mágico propiedad de los caracoles parlantes y las hadas sin zapatos!
Un niño mayor se rió. Una niña murmuró "¿qué le pasa?" a su amiga. Elijah, desde su columpio, apenas se balanceó. No se burló. No pensó que fuera tonta. Entendía cosas que no se decían en voz alta. Cosas como no saber dónde encajas o inventarte tu propio mundo porque este otro no parece tener lugar para ti.
Dai bajó de la piedra con un salto exagerado, resbaló y cayó de espaldas en el barro. Soltó una carcajada desproporcionada y se quedó mirando el cielo, con una naturalidad que sugería que el accidente era parte del plan. Luego se levantó, se sacudió el vestido y caminó sin rumbo fijo, dejando huellas húmedas tras de sí.
Cuando pasó junto al columpio donde estaba Elijah, se detuvo. Tenía la mejilla manchada de tierra y la sonrisa torcida.
—¿Tú eres de aquí?
Elijah asintió, sin levantar mucho la mirada. Tenía voz, pero a veces la guardaba para no gastarla.
—¿Y por qué no estás jugando con los otros?
Se encogió de hombros. No quería decir que no le gustaban los empujones, que no sabía qué decir cuando hablaban de rugby o que las voces fuertes le hacían doler la cabeza. Tampoco quería mentir.
Ella lo miró un momento, inclinando un poco la cabeza.
—¿Tú tampoco tienes manada?
Elijah frunció el ceño, desconcertado. Abrió la boca para decir algo, pero no alcanzó. Dai ya se había ido corriendo detrás de una mariposa que tal vez no existía.
Después de clases, Elijah no se apresuró en regresar a casa. No le gustaba llegar temprano. Su padre solía dormir durante el día y despertar con mal humor. Cada sonido podía ser un error, cada error una amenaza. Así que caminó despacio, pateando piedras y alargando las sombras. Se detuvo frente al jardín de entrada de la escuela, fingiendo que buscaba algo en la mochila.
Fue entonces cuando la vio nuevamente.
Dai estaba en cuclillas junto al seto, con los codos en las rodillas y la cabeza gacha. Parecía concentrada en algo que se escondía entre las hojas secas. Elijah se acercó sin hacer ruido, por curiosidad. Cuando estuvo lo bastante cerca, ella alzó la vista y sonrió, revelando que lo había estado esperando.
—Mira esto.
Le mostró una flor. Era pequeña, torcida, con los pétalos a medio caer. Una flor que cualquiera hubiera dejado pasar por fea, por vencida.
—Está rota —murmuró él.
—No —respondió Dai, con total convicción—. Solo está cansada.
Él la miró con una mezcla de sorpresa y duda. Ella se levantó, sacudió el barro del vestido y se la tendió sin ceremonia.
—Para ti.
Elijah la tomó con cuidado, con la fragilidad de algo que podría deshacerse al menor roce. La flor estaba tibia, como guardando el calor de sus manos.
—Gracias.
Fue casi un susurro. Dai asintió con seriedad, con la gravedad de quien acaba de cerrar un trato crucial. Luego echó a correr, llamada por una de sus hermanas que agitaba los brazos desde el auto.
Elijah se quedó un momento más. Observó cómo ella se alejaba sin mirar atrás. Luego, metió la flor en el bolsillo interno de la chaqueta. Esa noche, mientras su padre dormía frente al televisor con una botella medio vacía en la mano, Elijah sacó un cuaderno viejo de debajo de la cama y colocó la flor entre sus páginas.