El teclado sonaba más fuerte que nunca, cada tecla parecía burlarse del agotamiento que le pesaba en la espalda. Dai intentaba mantener los ojos fijos en la pantalla, en las celdas de la hoja de cálculo que parecían bailar con un ritmo propio, cruel. Las cifras se desdibujaban, los márgenes se confundían, y por más que pestañeaba, no lograba que el cansancio le soltara el cuello.
El cursor titilaba como un reproche silencioso.
—Dai, ¿ya enviaste el informe de auditoría? —La voz seca de su jefe la obligó a girarse.
Tenía los brazos cruzados y una ceja alzada con esa mezcla de autoridad y desconfianza que parecía haber perfeccionado con los años.
—Sí, ya casi... —dijo ella, y al momento se dio cuenta de que ni siquiera recordaba cuál era ese informe. Su mente se convirtió en un archivo desordenado y húmedo, donde todo lo importante estaba mal guardado.
Volvió la vista a su pantalla y comenzó a abrir pestañas a toda velocidad. Lo había terminado ayer, ¿o solo lo había empezado? ¿Estaba en el escritorio, en la nube, en un borrador...? Sus dedos se movían torpemente sobre el touchpad.
—Lo necesitaba hace una hora —replicó él, sin esperar una respuesta.
Ella asintió sin mirarlo. Apretó los labios para que no se le escapara nada.
En cuanto él se alejó, el nudo en su estómago se volvió más firme, con la presión sorda de algo que apretaba desde adentro. Sabía que estaba fallando. Que últimamente olvidaba tareas, que tardaba más de lo normal en responder correos, que llegaba cada vez más ojerosa. Pero no sabía cómo hacer las cosas de otra forma. Cada noche en el hospital era una cuerda tensa. Cada mañana una resaca emocional.
Terminó el informe a toda velocidad, corrigiendo errores al vuelo, conteniendo la urgencia de llorar sin motivo concreto. Justo cuando presionó “enviar”, su celular vibró sobre el escritorio.
—¿Hola? —respondió sin pensar, bajando la voz.
—¡Musume! —La voz de su madre resonó con ese entusiasmo forzado que siempre escondía una intención.
Dai se pasó la mano por el rostro. Tenía la piel áspera, los ojos secos.
—Estoy en el trabajo, Okaa-san. ¿Pasa algo?
—Nada grave —dijo su madre, con el tono despreocupado de quien va a hablar del clima—. Solo quería saber si vas a venir a la cena del sábado. Tu tía Noriko viene desde Osaka. Todos estarán ahí.
Dai cerró los ojos por un segundo. Las cenas familiares eran un campo minado. Sillas plegables, demasiadas voces hablando encima, niños gritando, preguntas incómodas disfrazadas de cortesía.
—No creo que pueda. Estoy con mucho trabajo y… ya sabes, Hana.
—Musume —dijo su madre con un suspiro, ya sin disimular el fastidio—. Siempre es lo mismo. Trabajo y la niña. ¿No crees que deberías venir aunque sea un rato? Todos quieren verte. Y yo quiero ver a mi nieta. Tu padre también.
El nudo en el estómago dio un giro seco.
—No es una excusa, mamá —respondió con firmeza—. Es mi realidad.
El silencio del otro lado no fue largo, pero se sintió como una acusación. Finalmente, su madre retomó con una voz más baja.
—Solo me preocupa que te estés encerrando, Dai. No puedes vivir así para siempre. Tienes que darte un respiro.
Quiso contestar que no era una elección, que no se trataba de encerrarse sino de sostener una vida que se tambaleaba desde todos los ángulos. Pero sabía que era inútil. Su madre, aunque amorosa, veía el mundo desde una lógica que ya no encajaba con la suya.
—Tengo que volver al trabajo —dijo al fin, y cortó sin esperar más.
Apoyó el celular sobre la mesa con una lentitud que insinuaba su peso excesivo. Por un segundo, se quedó ahí, sentada, viendo sin mirar. La oficina seguía girando a su alrededor: teléfonos sonando, teclas apretadas, impresoras escupiendo hojas. Pero Dai solo escuchaba el sonido de su propia respiración desacompasada.
Un mensaje apareció en la pantalla de su computadora. Era de Carol, una compañera de área que siempre tenía brillo en los párpados y la voz animada, incluso un lunes a las 8 de la mañana.
“Vamos a tomar algo después del trabajo. ¿Te animas?”
Dai se quedó mirando el mensaje, con la expresión de quien intenta descifrar algo escrito en otro idioma. ¿La última vez que había salido con alguien solo por salir? Ni siquiera recordaba. Cada interacción adulta que tenía últimamente estaba mediada por responsabilidades: médicos, correos del colegio, abogados, su exmarido, listas de compras. El concepto de “tomar algo” era casi abstracto. Aun así, algo dentro de ella se removió, como una punzada que no sabía si venía de la culpa o de una vieja nostalgia.
“Gracias, pero no puedo. Tal vez otro día.”
Le dio click a “enviar” sin pensarlo más y luego cerró el chat.
Volvió a inclinarse sobre la mesa, esta vez apoyando la frente sobre su brazo. El sonido del teclado quedó atrás, hundiéndose en un mar viscoso. Estaba tan cansada que sentía que si alguien la tocaba, podría romperse en pedacitos.
El reloj marcaba las 5:17 p. m. Faltaban exactamente 43 minutos para salir, pero aún tenía que responder dos correos, llamar a la farmacia del hospital, verificar con el seguro si ya habían autorizado el medicamento nuevo de Hana, y pasar por el supermercado.