El cielo estaba encapotado desde el amanecer, dando la impresión de estar cubierto por una manta gris y húmeda. El olor a tierra mojada se colaba por las ventanas, se enroscaba en los pasillos de la escuela, trepaba por las paredes. Era una de esas lluvias que no llegaban de golpe, sino que se anunciaban despacio, primero con el susurro del viento, luego con las primeras gotas rebotando en los techos de hojalata.
Para el mediodía, ya era una decisión tomada. No una tormenta furiosa, sino una lluvia paciente, casi cariñosa, de esas que lo empapan todo sin levantar la voz.
Desde el aula, los niños pegaban la frente a los cristales, viendo cómo los charcos crecían como pequeños lagos entre los caminos de piedra del patio. “No se puede salir”, decretó la maestra, ajustándose los lentes con los dedos húmedos de tiza. “Recreo bajo techo”. Los suspiros fueron unánimes.
Todos menos uno.
—¿Y si sí salimos? —susurró Dai, con la barbilla apoyada en el pupitre y la mirada puesta en la cortina de agua del otro lado de la ventana.
Elijah hojeaba el folleto de un juego de mesa arrinconado, acomodando mentalmente las reglas, incluso aunque sabía que no iba a jugarlo. No respondió de inmediato.
—Nos va a ver —dijo, sin levantar la vista.
—¿Y si no?
Ella ya estaba de pie. Cuando él alzó la mirada, solo alcanzó a ver cómo desaparecía por el pasillo lateral, con los cordones sueltos y la trenza colgando como una cuerda mal atada. El corazón de Elijah hizo un ruido sordo. Suspiró, dejó las fichas alineadas por colores —rojas con rojas, verdes con verdes— y fue tras ella.
La puerta trasera, la que siempre chirriaba y nunca cerraba bien, los recibió con un quejido resignado. Afuera, el mundo parecía otro: más silencioso, más íntimo. La lluvia parecía borrar el resto del pueblo y dejarlo a merced de quienes no le temían.
Dai estaba en medio del jardín, de brazos abiertos y rostro hacia arriba. Las gotas le corrían por el cuello y se le acumulaban en los bordes del uniforme, pero no parecía importarle. Movía los pies, como tocando una melodía muda.
—¡Se siente como si la lluvia te acariciara! —gritó, sin voltear.
Elijah caminó hasta ella, paso a paso. La tierra bajo sus zapatos hacía un ruido blando, casi una súplica. Ya tenía el cuello empapado, las medias salpicadas, pero no dijo nada. Solo la miró.
Dai empezó a saltar en los charcos. Uno pequeño, otro mediano. Luego eligió el más grande, ese que se formaba siempre frente al rosal del jardín. Saltó con fuerza, levantando agua hasta las rodillas. Se rió con la intensidad de quien no piensa en el mañana.
—¿Nunca has saltado en un charco, Eli?
—No quiero mojarme —respondió él.
—¡Ya estás mojado!
Elijah bajó la mirada. Era cierto. Su camiseta estaba pegada a la piel, y cada movimiento le hacía sentir el peso del agua. Se acercó a un charco discreto y dio un salto tímido. El agua apenas salpicó.
—¡Eso no cuenta! —protestó Dai—. Ese charco ni se defendió.
—No sabía que los charcos se defendían.
—Claro que sí. Tienen idioma. Algunos dicen “plaf”, otros dicen “bluf”. ¡Tienes que escucharlos!
—¿Y si no me quieren hablar?
—Entonces tú háblales primero.
Elijah esbozó una sonrisa pequeña, que pareció escapársele sin querer. Dai la atrapó con los ojos, con la admiración que se reserva para el mejor premio de la tarde.
Siguieron jugando sin pensar en el reloj. La lluvia era constante, pero no fría. No era una amenaza, sino una especie de telón que los aislaba del resto del mundo. Dai se agachaba, tocaba la superficie del agua con los dedos, buscaba lombrices escondidas entre el pasto. Elijah la observaba. No con fascinación, sino con ese tipo de atención silenciosa que solo se tiene por algo importante.
Cuando el cansancio los alcanzó, se tumbaron en el pasto, empapados, con la ropa pegada al cuerpo y el barro adherido a las piernas como un tatuaje sin forma.
—¿Crees que si llueve mucho, mis ovejas flotarán? —preguntó Dai, mirando el cielo gris.
—No lo sé.
—Deberíamos ponerles botecitos. Por si acaso.
—¿Cómo harías un bote para una oveja?
—Con una bañera. O con una tina. Pero acolchada por dentro. Y que tenga un paraguas, claro.
—¿Y salvavidas?
—Obvio. Con forma de pato.
Elijah asintió. No por cortesía. Sino porque se lo imaginó de verdad.
El silencio que siguió no era incómodo. Era como una pausa entre dos canciones. Un espacio donde respirar.
Cuando sonó la campana del final del día, ambos se sobresaltaron. Había sido fácil olvidarse de la escuela, de las reglas, del resto. Corrieron por la parte trasera del edificio, entre risas entrecortadas. Dai casi resbala en el camino de piedra y Elijah la sostuvo del brazo sin pensar. Ella no se soltó de inmediato.
Se separaron en la esquina. Elijah la vio alejarse con los zapatos haciendo ruido de esponja mojada. Dai se giró una vez para agitar la mano.