El timbre sonó por segunda vez. El eco metálico rebotó entre las paredes del aula como una advertencia tardía. Los niños recogían sus cosas con prisa, cerraban cuadernos, empujaban mochilas bajo los pupitres. Pero Elijah no se movió. Seguía con la cabeza apoyada sobre los brazos, en la superficie del pupitre. No dormía. Solo tenía los ojos cerrados, buscando desaparecer del mundo con ese gesto.
—¿Otra vez no trajo los deberes? —preguntó la maestra, con un tono que ya no esperaba respuesta, solo obediencia.
Elijah no dijo nada. Apretó los labios. Bajó la mirada.
La carpeta seguía vacía. La hoja en blanco tenía el borde arrugado, prueba silenciosa de haber soportado una tormenta.
Desde el otro lado del aula, Dai lo miraba sin moverse. Tenía una hoja con dibujos a medio terminar, un gato con corona, un sol con cara de fastidio. En la esquina del cuaderno, un trozo de chicle rosa, pegado con la terquedad de un sticker rebelde. Tamborileaba los dedos contra la mesa, nerviosa. Quería decir algo, levantar la mano, interrumpir, defenderlo. Inventar una excusa, cualquier cosa. Pero no sabía cómo. Y en realidad, tampoco entendía del todo qué pasaba.
Sabía que algo en Elijah no estaba bien. Lo intuía desde hacía semanas. Lo veía en los días en que llegaba con la camiseta arrugada, o con una mancha que no era barro pero tampoco era pintura. En la forma en que bajaba la cabeza cada vez que un adulto levantaba la voz. En cómo parecía no ocupar espacio.
Después de clase, Elijah salió rápido. No pasó por el patio. No miró a nadie. Dai guardó su cuaderno con torpeza, dejando caer los lápices. No recogió todos. Solo los necesarios. Lo siguió a distancia, como quien sigue a un perro herido que no quiere ser tocado, pero que tampoco debe quedarse solo.
Lo encontró sentado en la colina, justo al pie del duraznero viejo. El árbol crujía con el viento débil, con un sonido que parecía reflejar algo atorado en su pecho. Elijah estaba encorvado, con las manos en los bolsillos y el borde del pantalón manchado con algo que parecía barro seco… o algo más.
Dai no dijo “hola”. Solo se sentó a su lado. Sin palabras. A veces entendía que las palabras hacían ruido.
Permanecieron en silencio largo rato. El viento les pasaba por encima, como una página que no terminaba de darse vuelta.
—¿Te duele algo? —preguntó al fin, con voz muy bajita, casi pidiendo permiso.
Elijah negó con la cabeza.
—¿Te gritaron?
Silencio. Un silencio más espeso.
—¿Tu papá?
Esta vez no hubo respuesta. Solo un leve encogimiento, un intento inconsciente de hacerse más pequeño que la sombra del árbol. De desaparecer en un rincón donde nadie pudiera verlo.
Dai miró el cielo. Estaba roto en nubes grises. No sabía qué hacer con sus manos. Las metió bajo las piernas.
—Mi mamá grita también —dijo de pronto, con palabras que parecían haberse deslizado sin querer—. Pero no a mí. A mi papá. Porque dice que siempre pierde cosas. Y él dice que ella exagera.
Elijah bajó un poco más la cabeza.
—¿Se pelean? —preguntó.
—A veces. Pero después se hacen té y se sientan en el porche. Como si nada.
—Mi papá no hace té —murmuró Elijah, tan bajo que casi no se escuchó.
Dai no contestó. Pensó en decir que podía enseñarle, que el té no era tan difícil. Pero algo le decía que no era eso. Que no era el té lo que faltaba, sino otra cosa más grande, que no tenía nombre en su vocabulario de niña de ocho años.
—¿Quieres que le digamos a alguien?
Elijah negó de nuevo. Pero esta vez hubo algo en su gesto que dolió.
—No me pega —dijo, con voz apagada—. Solo se enoja. A veces. Pero yo no hago ruido. Así que está bien.
A Dai le dolió algo en el pecho. Algo nuevo. No sabía nombrarlo. Era más que rabia, más que tristeza. Era la sensación de tener una cuerda apretada por dentro y no poder desatarla. Quiso decirle que no estaba bien, que nadie debería vivir escondiendo los pasos para que el piso no crujiera. Pero no supo cómo decirlo.
En lugar de hablar, metió la mano en el bolsillo del vestido y sacó un botón. Redondo, brillante, de un amarillo chillón, como un sol diminuto.
—Este es mi botón de la suerte —dijo—. Cuando tengo miedo lo aprieto fuerte. Puedes tenerlo tú por hoy. Pero solo por hoy. Luego me lo devuelves, ¿okay?
Elijah lo tomó con cuidado. Lo miró con la fascinación que se reserva a una joya robada. No dijo gracias, pero lo sostuvo con ambas manos. Lo metió en el bolsillo de su chaqueta. Sentir su forma era como tener un secreto nuevo, uno que podía guardar.
No hablaron más. El sol ya no caía directo sobre la colina. El viento olía a hojas secas.
Esa noche, cuando su padre volvió tambaleando y tiró el saco sobre el suelo, Elijah no dijo nada. Se encerró en su cuarto. Apagó la luz. Se metió bajo las mantas con la linterna encendida. Apoyó la frente en el colchón, cerró los ojos, y apretó el botón con tanta fuerza que le quedó marcado en la palma. Una marca redonda, silenciosa, como un punto final.
A la mañana siguiente, caminó solo hasta la colina. No traía mochila. Solo una hoja doblada con algo dibujado. Se agachó frente a la raíz más gruesa del duraznero y colocó el botón allí. No lo escondió. Lo dejó al descubierto, confiando en que Dai sabría encontrarlo.