Un Lugar En El Medio

22:22, hoy

Dai había aprendido a mantenerse firme. Con el tiempo, había convertido el miedo en una rutina silenciosa, en una fuerza contenida bajo mil capas de compostura. Había aprendido a sonreír cuando el agotamiento la partía en dos, a dormir con un solo ojo cerrado, a planificar cada día con la precisión de quien sabe que no puede darse el lujo de fallar. Pero esa tarde, en el hospital, cuando vio a Hana desplomarse en la camilla tras su sesión de hemodiálisis, todo eso dejó de sostenerla.

—¡Hana! —La voz le salió rota, un susurro afilado por el terror mientras corría hacia ella.

Una de las enfermeras se apresuró a ajustarle el monitor. Otra comenzó a preparar una solución salina. El pitido agudo de la alarma se clavó en su pecho, repetitivo y asfixiante.

—Hipotensión post-diálisis —dijo la enfermera con tono técnico, tratando de sonar más tranquila de lo que estaba—. Es común. Vamos a estabilizarla.

Dai no pudo moverse. El cuerpo de su hija, flácido, casi translúcido, parecía algo que el mundo ya no sostenía del todo. El monitor parpadeaba con lecturas que ella conocía de memoria. El suero, el elevarle las piernas, la cánula aún en su brazo… todo era familiar, todo era mecánico. Pero esta vez era distinto.

Esta vez tuvo miedo de verdad.

Philip estaba de gira en otra ciudad. Su familia a más de una hora de distancia. Y por un momento brutal y paralizante, se dio cuenta de que no había nadie más.

El pecho le empezó a doler, no de manera figurada. Literalmente dolía. Sentía que le apretaban los pulmones con una mano fría. Quiso hablar, decir algo, pero no pudo. El aire se le cortó a la mitad. Las paredes empezaron a parecer demasiado altas, demasiado estrechas.

—Señora, por favor, ¿puede esperar afuera? Necesitamos espacio para estabilizarla —dijo una de las enfermeras con firmeza, pero con algo de compasión en la mirada.

Dai negó con la cabeza. No podía dejarla. No ahora. No así.

Pero sus piernas ya no le respondían. Un zumbido le llenó los oídos. El suelo pareció alejarse bajo sus pies. Su cuerpo entero temblaba, habiendo finalmente alcanzado ese umbral invisible donde hasta la fortaleza más férrea cede.

Tropezó con la pared del pasillo al salir a trompicones. No sabía hacia dónde iba, solo que no podía desplomarse frente a Hana. Dio la vuelta en una esquina, buscando aire, buscando espacio. Y entonces chocó contra alguien.

—¡Ey!

Dos manos la sostuvieron antes de que cayera. Y por un momento, no supo si estaba alucinando.

—Dai —dijo Elijah, mirándola con los ojos bien abiertos—. ¿Qué… qué pasa?

Ella intentó hablar, pero las palabras no salieron. Solo un jadeo, un ruido húmedo que parecía salir desde lo más hondo de su garganta. Se aferró a su abrigo sin darse cuenta, con dedos helados que temblaban de forma violenta.

Elijah la sostuvo, con ambas manos en sus brazos. Su mirada era de alarma, sí, pero también de certeza. Parecía saber exactamente lo que estaba viendo.

—Ven —dijo con suavidad, pero con un tono que no admitía resistencia.

La llevó hasta una banca contra la pared, despacio, con la suavidad de quien sostiene un alma frágil como el cristal. Se arrodilló frente a ella, tomándole las manos.

—Respira conmigo, ¿si? —le pidió—. Uno, dos, tres. Inhala. Exhala.

Dai intentó seguirlo, pero sentía que estaba hecha trizas. Las lágrimas, que siempre retenía, salían ahora sin control. Cerró los ojos con fuerza, tratando de no desmoronarse del todo, pero no podía. Ya no.

—No puedo —balbuceó, con la voz ahogada—. No puedo…

Elijah no la interrumpió. Solo sostuvo sus manos, anclándola. Su voz, aunque baja, tenía un ritmo firme, casi hipnótico.

—Sí puedes. Solo estás cansada. Has estado aguantando sola demasiado tiempo.

Las palabras no eran consuelo. Eran un espejo. Y en ese momento, Dai no sabía si eso la aliviaba o la rompía más.

—Hana —murmuró apenas.

—Está en buenas manos —repitió Elijah—. Son profesionales. Seguro están estabilizándola. Tú tienes que estabilizarte también.

Ella asintió lentamente. No porque creyera que podía hacerlo, sino porque necesitaba creerle a alguien. Aunque fuera por un momento.

Pasaron unos minutos en silencio. Elijah no se movió de su lugar. No dijo nada más. Solo estuvo ahí. Y esa simple presencia, ese “estar” sin expectativas, sin juicios, sin necesidad de arreglarlo todo, fue lo que terminó por calmarla.

Dai finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban hinchados, su rostro aún húmedo, pero respiraba con un poco más de control.

—Gracias —susurró, sin soltarle las manos.

Elijah asintió. No le respondió con palabras. Solo se sentó a su lado, dejándola recostarse apenas en su hombro. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero en ese instante el mundo pareció ceder apenas lo necesario para que sus nudos internos aflojaran un poco.

Cuando finalmente volvió al cuarto, Hana estaba dormida, conectada al suero, pero con el color regresando a sus mejillas. Una enfermera ajustaba la sábana, y al verla, le sonrió con un gesto tranquilizador.




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