La casa de los abuelos siempre parecía más grande de lo que era.
Tal vez porque los pasillos hacían eco. O porque el techo era tan alto que las lámparas colgaban como lunas detenidas en mitad del aire. O quizá porque, cada vez que iban, Dai descubría una puerta que juraba no haber visto antes.
Naomi decía que la casa cambiaba de lugar mientras ellas dormían.
Aiko respondía que eso era imposible.
Y Dai nunca terminaba de decidir quién de las dos tenía más razón.
El abuelo Gareth estaba arrodillado junto al huerto, removiendo la tierra con una pala pequeña.
—No pisen las zanahorias —dijo sin girarse.
—¿Cómo sabemos cuáles son? —preguntó Naomi.
—Porque parecen zanahorias.
—Pero todavía no salen.
—Entonces no las pisen por si acaso.
Naomi miró el suelo como si acabaran de esconder un tesoro debajo de cada hoja.
Aiko ya estaba unos pasos más adelante, intentando leer los nombres escritos en unas tablitas de madera clavadas junto a los cultivos.
—Esto dice "mint".
—Es menta —explicó Dai.
—Ya sé.
—Solo decía.
—No hacía falta.
Las discusiones entre Aiko y ella casi nunca duraban más de un minuto. Eran como las nubes pequeñas: aparecían, daban sombra un rato y luego seguían su camino.
Naomi, en cambio, jamás dejaba que el silencio durara demasiado.
—¡Carrera hasta el manzano!
No esperó respuesta.
Salió disparada.
—¡Eso no vale! —gritó Aiko, empezando a correr detrás de ella—. ¡Contaste antes!
—¡Porque ustedes son lentísimas!
Dai suspiró.
Después corrió también.
El césped estaba húmedo y resbalaba un poco bajo las botas. El aire olía a tierra recién regada y a flores todavía fría. Naomi llegó primero, abrazó el tronco del manzano con ambas manos y levantó los brazos como si acabara de conquistar una montaña.
—¡Gané!
—Hiciste trampa.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
—Las dos llegaron después —dijo Dai, apoyándose contra el árbol para recuperar el aliento—. Eso es lo único importante.
Aiko cruzó los brazos.
—Eso no tiene lógica.
—Tiene la lógica de Naomi.
—Entonces ninguna.
Naomi le sacó la lengua.
—Eres una amargada.
—Y tú tienes siete años mentales.
—Tengo siete.
Aiko abrió la boca para responder, pero una voz los interrumpió.
—Niñas.
Era el abuelo.
Venía caminando despacio desde el huerto, limpiándose las manos en un paño.
—¿Quieren ayudarme a recoger unas ramas?
Las tres asintieron.
No porque les entusiasmara recoger ramas.
Sino porque el abuelo siempre encontraba la manera de convertir cualquier tarea en una aventura.
—Las del roble sirven para encender la chimenea cuando llega el invierno —explicó mientras caminaban—. Pero tienen que estar secas. Si están húmedas, hacen demasiado humo.
Naomi empezó a levantar absolutamente cualquier cosa que veía.
Una hoja.
Una piedra.
Un palo diminuto.
Una piña.
—Eso no es una rama.
—Puede ser una rama bebé.
El abuelo soltó una risa.
—Déjala crecer unos años más.
Aiko iba clasificándolas por tamaño.
—Las gruesas aquí.
Las finas acá.
Las torcidas aparte.
Dai simplemente recogía las que encontraba más cerca.
No tardaron mucho en llenar un pequeño canasto de mimbre.
El abuelo lo tomó entre las manos.
—Muy bien.
Naomi sonrió orgullosa.
—¿Ahora qué hacemos?
—Ahora... —Gareth miró hacia el roble— ...vamos a dejar trabajar a los pájaros.
Como si lo hubieran escuchado, un par de mirlos cruzaron el jardín.
Uno llevaba una ramita en el pico.
El otro desapareció entre las hojas.
Naomi levantó la cabeza.
—¿Ahí arriba viven?