Un Lugar En El Medio

23:11, hoy

Elijah subió las escaleras hasta su departamento, justo bajo su estudio. La puerta cedió con facilidad bajo su mano. Todo estaba en orden. Demasiado en orden. Las superficies estaban impecables, los muebles apenas tenían señales de uso, y los estantes de la biblioteca al fondo parecían organizados por alguien que no los consultaba con frecuencia. La cocina brillaba con la pulcritud de quien solo la usaba para preparar café. Era el tipo de departamento que cualquier revista de diseño de interiores fotografiaría sin necesidad de retoques. Y sin embargo, había una frialdad en el aire, una ausencia de vida cotidiana que lo hacía sentir de paso, incluso en su propia casa.

Entró apagando un cigarrillo en un cenicero de cristal junto a la puerta. Era el tercero del día, o el cuarto. Ni siquiera recordaba haberlo encendido. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sofá, frotándose el rostro con ambas manos. Había pasado el día atendiendo trámites: pagos de servicios, un asunto pendiente con su seguro, pequeñas tareas que le daban la ilusión de estar ocupado. Evadir. Ignorar. Era más fácil eso que detenerse demasiado tiempo en un mismo pensamiento.

Se dejó caer en el sofá y encendió la televisión. El sonido llenó la habitación, pero no logró borrar la sensación de vacío. Elijah nunca había sido de los que se permitían el silencio absoluto. Era en ese tipo de quietud donde los pensamientos se volvían demasiado nítidos.

Casi sin querer, su mirada se desvió hacia el calendario en la pared. El día siguiente era el cumpleaños de Theo.

Theodore. Su primo. La única parte de su familia que no le traía recuerdos pesados. Habían crecido en ciudades distintas, pero siempre existió entre ellos una cercanía que iba más allá de la distancia. De niños, Theo había sido el torbellino de energía y optimismo que compensaba la seriedad de Elijah. Ahora era un ingeniero petrolero con una familia numerosa en Escocia, pero en esencia, seguía siendo el mismo.

Sin pensarlo demasiado, Elijah tomó su teléfono y marcó el número. Las llamadas internacionales ya no eran un lujo como cuando eran niños, pero aún recordaba la emoción de gastar minutos prohibidos en largas conversaciones.

El tono sonó un par de veces antes de que una voz vibrante y medio dormida contestara.

—¡Eli! —El único que lo llamaba así, salvo otra persona que prefería no recordar en ese momento—. ¿Estás llamando para felicitarme o para recordarme que sigo envejeciendo?

Elijah esbozó una sonrisa.

—Un poco de ambas. Y también para comprobar si sigues con vida. Ya sabes, tengo que ver si todavía me dejas en tu testamento.

Theo rió con ganas.

—Si estuvieras en mi testamento, lo único que recibirías serían cuatro niños gritando y un perro con problemas de ansiedad.

—Definitivamente paso. No me veo criando mellizos. Prefiero heredar el perro.

—Demasiado tarde, mi amigo. Es un paquete completo. Si me muero, te encargo la familia entera.

—Bien, entonces no pienso dejar que te pase nada —bromeó Elijah, acomodándose mejor en el sofá.

—Pero dime, ¿qué tal todo? ¿Sigues en ese estudio tuyo o ya te mudaste a algún loft de artista atormentado?

—Sigo aquí —respondió Elijah—. Pintando, trabajando. Sobreviviendo.

—Siempre dices “sobreviviendo”. Nunca “viviendo”.

Elijah se quedó en silencio un instante. Theo tenía esa forma de decir las cosas sin filtro, pero con una precisión quirúrgica.

Antes de que pudiera responder, se escuchó un estruendo al otro lado de la línea y el grito apagado de Theo: “¡¿Qué fue eso?!”

Elijah esperó en silencio, escuchando cómo su primo murmuraba algo sobre “sapos en la bañera” y “¿quién dejó la puerta abierta?” hasta que, finalmente, Theo volvió a la llamada.

—Lo siento, crisis de último minuto. Resulta que mis hijos decidieron adoptar una rana sin avisarme. Como sea, ¿en qué estábamos?

—En que tu vida es un circo —se burló Elijah.

—Sí, y tú eres el único miembro de la familia que no ha comprado boleto para verlo en vivo. Oye, hablando de eso, ¿vas a venir a la boda de Amelia?

Elijah parpadeó.

—Claro —respondió automáticamente, aunque el nombre apenas le sonaba familiar.

—¿En serio? No parecías muy convencido.

—No, no. Claro que sí. Amelia… buena chica.

Theo soltó una carcajada.

—No tienes idea de quién es, ¿verdad?

Elijah suspiró, pasándose una mano por la cara.

—En mi defensa, nunca me integraron demasiado a las reuniones familiares. No es que me haya criado entre primos abrazándome bajo el árbol mientras los tíos cantaban villancicos, ¿no?

—Eso es cierto —admitió Theo, con un tono más suave—. Pero si decides ir, podríamos ponernos al día en persona. Hace años que no nos vemos.

Theo guardó un breve silencio antes de agregar con voz más seria:

—Oye… escuché a mi mamá decir que Hugh estaba enfermo. No sé bien los detalles, pero parecía preocupada porque no tenía noticias. ¿Es cierto?




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