Un Marido Impuesto

Capítulo 1

Clara se contempló una última vez en el espejo retrovisor del coche antes de que Lucía arrancara Costaba creer que aquella mujer de mirada desafiante fuera ella. Siempre había pasado desapercibida. Era de esas personas que escuchaban más de lo que hablaban, que cedían el paso sin pensarlo y que evitaban cualquier conflicto. Sin embargo, aquella mañana llevaba un vestido ajustado, unos tacones imposibles y una melena color cereza que parecía gritar que no pensaba pedir permiso para ser ella misma. Aunque, en realidad, todo era una interpretación. Una pequeña obra de teatro.

—Recuerda una cosa —dijo Lucía mientras se incorporaban a la autovía en dirección al aeropuerto de Valencia—. La Clara de siempre se queda aquí. La que va a conocer esa familia tiene que ser un auténtico quebradero de cabeza.

Clara soltó una risa nerviosa.

—No sé si sabré hacerlo.

—Claro que sí. Solo deja de intentar caer bien a todo el mundo.

Aquellas palabras se le quedaron grabadas. Llevaba demasiados años viviendo para satisfacer las expectativas ajenas. Las de su abuelo. Las de los vecinos. Las de cualquiera que creyera saber qué era lo mejor para ella. Suspiró mientras contemplaba el Mediterráneo aparecer a su derecha, brillante bajo el sol de la mañana.

—Álvaro me detestará.

—¿Álvaro?

—El nieto del amigo de mi abuelo.

Lucía sonrió.

—Ya empiezas llamándolo por su nombre.

—Porque "el futuro marido impuesto" resulta demasiado largo.

Las dos estallaron en carcajadas.

—¿Hace cuánto que no lo ves?

—Desde que éramos niños. Él tendría unos ocho años cuando lo enviaron a estudiar a Inglaterra. Yo apenas tenía cuatro. Lo recuerdo muy serio. Siempre parecía estar enfadado con el mundo.

—¿Y ahora?

—Ni idea.

Se encogió de hombros.

—Supongo que será un hombre educado, atractivo... incluso agradable.

Hizo una pausa.

—Pero eso no significa que quiera casarme con él.

La frase salió con una firmeza que sorprendió incluso a ella misma.

Lucía la observó de reojo.

—¿Nunca te has planteado que puedas enamorarte?

Clara sonrió con tristeza.

—Enamorarme sí.

Guardó silencio unos segundos.

—Casarme... eso ya es otra historia.

Bajó la vista hacia sus manos.

Había heridas que el tiempo no terminaba de cerrar. Años atrás, una grave infección había obligado a los médicos a darle una noticia que ninguna mujer esperaba escuchar: jamás podría tener hijos. Había aprendido a convivir con aquel vacío. O, al menos, eso intentaba convencerse. Sin embargo, cada vez que veía a una madre paseando con un carrito por el paseo marítimo de Benicasim, sentía un pinchazo que nunca desaparecía del todo. No era solo el sueño de la maternidad lo que había perdido. Era la sensación de poder elegir. A veces se preguntaba si algún hombre sería capaz de quererla sabiendo aquella verdad. Y otras veces se convencía de que era mejor no averiguarlo.

Lucía rompió el silencio.

—Nunca entenderé cómo has podido dedicar tantos años exclusivamente a cuidar de tu abuelo.

Clara apoyó la cabeza contra la ventanilla.

—Él me necesitaba.

No era toda la verdad. También lo necesitaba ella. Cuando el pequeño negocio familiar de exportación de cítricos quebró, los dos tuvieron que empezar de cero. Perdieron la casa, los ahorros y buena parte de la dignidad que el abuelo siempre había asociado a su independencia. Desde entonces, Clara había asumido todas las responsabilidades de la casa casi sin darse cuenta. Cocinaba. Llevaba las cuentas. Limpiaba. Lo acompañaba al médico. Y aprendió a callarse cada vez que él descargaba su frustración contra el mundo.

Nunca fue un hombre cruel. Solo alguien incapaz de aceptar que la vida le había arrebatado demasiado.

—Sigue culpando a la familia Romero de todo lo que pasó —murmuró.

Lucía frunció el ceño.

—¿Todavía?

Clara asintió.

—Está convencido de que parte de lo que hoy poseen debería haber pertenecido también a mi familia. Por eso insiste tanto en este matrimonio.

La carretera avanzaba paralela al mar. El azul intenso del Mediterráneo contrastaba con el verde de los naranjos que se extendían tierra adentro. Durante unos instantes ninguno de los dos paisajes consiguió distraerla de sus recuerdos.

—¿Qué ocurrió realmente?

Clara respiró hondo.

—Nuestros padres murieron en el mismo accidente de coche.

Su voz apenas era un susurro.

—Vivíamos todos juntos en una antigua masía cerca de la costa. Mi abuelo siempre sostuvo que todo empezó porque la madre de Álvaro se enamoró de mi padre. Dice que, si aquella historia nunca hubiera existido, ninguno habría emprendido aquel viaje y todos seguirían vivos.

Calló unos segundos.

—Pero nunca quiso contarme toda la verdad.

Lucía negó despacio.

—No puedes vivir atrapada en una historia que ni siquiera conoces.

—Precisamente por eso voy.

No solo para impedir esa boda. Necesitaba escuchar la versión de la otra familia. Descubrir qué ocurrió realmente hacía tantos años. Porque intuía que su abuelo solo le había contado una parte del relato.

El aeropuerto apareció finalmente al fondo. Lucía detuvo el coche frente a la terminal.

—Últimas instrucciones.

Clara sonrió.

—A ver.

—Nada de modales impecables.

—Entendido.

—Si puedes escandalizar un poco a esa familia, mejor.

—¿Cómo qué?

Lucía fingió pensar.

—Hablar con la boca llena.

—Muy refinado.

—Quitarte los zapatos durante la cena.

—Peor todavía.

—Pedir ketchup para una paella.

Clara abrió mucho los ojos.

—¡Eso sí sería imperdonable!

Las dos rompieron a reír.

Los nervios empezaban a desaparecer. Un empleado se acercó para recoger las maletas. Lucía abrazó a su amiga con fuerza.

—Disfruta del viaje. Y recuerda... Bajo ningún concepto vuelvas prometida.




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