Un Marido Impuesto

Capítulo 2

Álvaro continuaba inmóvil. Había aprendido a mantener la calma en situaciones mucho más complicadas que aquella. Había trabajado en incendios forestales, participado en proyectos internacionales y afrontado pérdidas que habrían destrozado a cualquiera. Nada de eso lo había preparado para encontrarse con aquella mujer. Intentó recomponerse mientras la observaba discretamente. Había algo que no encajaba. Todo en ella transmitía confianza. La ropa. La forma de caminar. La sonrisa. Incluso la manera en que ocupaba el espacio. No era, ni por asomo, la mujer dócil que esperaba encontrar. Durante el viaje hasta el aeropuerto había construido una imagen completamente distinta. Se había imaginado a alguien incapaz de llevar la contraria a su abuelo. Una mujer acostumbrada a obedecer. Alguien que habría aceptado aquella absurda propuesta de matrimonio por obligación. Pero la joven que tenía delante parecía cualquier cosa menos sumisa. Daba la impresión de ser el tipo de persona que marcaba sus propias reglas. Eso solo podía significar una cosa. Había aceptado aquel encuentro porque quería formar parte de la familia Romero. Porque sabía perfectamente quién era él. Y porque no pensaba renunciar a la posición que suponía casarse con el heredero de una de las familias más influyentes de la costa mediterránea. La conclusión le provocó un inmediato rechazo.

«Fantástico», pensó con ironía. «Una cazafortunas.» No era la primera vez que conocía a una mujer interesada en el apellido Romero. Y estaba decidido a que aquella fuera la última.

Su abuela llevaba meses insistiendo con aquella historia. Desde que el abuelo de Clara enfermó gravemente, se había empeñado en que ambos retomaran el contacto. Decía que era una forma de reparar antiguas injusticias y saldar una deuda moral con aquella familia.

Álvaro nunca había compartido esa idea. Ya tenía suficientes problemas. La reconstrucción de Villa Romero absorbía todo su tiempo. Las pérdidas ocasionadas por el incendio amenazaban el futuro del negocio familiar. Y el último lugar en el que deseaba verse envuelto era una comedia romántica organizada por dos ancianos empeñados en jugar a ser celestinos. Respiró despacio.

Tomó una decisión.

Clara no lo había reconocido. Aquello podía jugar a su favor. No tenía ninguna prisa por revelar que no era el chófer. Quizá, si la observaba durante unas horas sin desvelar su identidad, descubriría cuáles eran realmente sus intenciones. Y, si sus sospechas eran ciertas, pondría fin a aquella farsa antes incluso de que llegaran a la finca familiar.

Sin embargo, mientras recogía la maleta de la joven, ignoraba un detalle esencial. La mujer que caminaba a su lado también interpretaba un papel. Y estaba convencida de que, antes de terminar la semana, sería él quien descartaría cualquier posibilidad de matrimonio.

Álvaro siguió observando la escena desde unos metros de distancia. Una sonrisa, pequeña e inesperada, terminó por asomar en su rostro.

Había juzgado mal la situación. Aquella mujer no era, en absoluto, la joven tímida y apagada que su abuela esperaba recibir con los brazos abiertos. Todo lo contrario. Clara irradiaba una vitalidad contagiosa que atraía a la gente con una facilidad desconcertante.

Los jugadores la rodeaban como si la conocieran de toda la vida. Uno tras otro se despedían con dos besos, bromas y promesas de volver a verse.

—No faltes al partido.

—Y luego cenamos todos juntos.

—¡Es una promesa!

Ella respondía con la misma naturalidad. Reía. Gastaba bromas. Aceptaba las despedidas sin el menor asomo de timidez. Cuando el grupo desapareció finalmente por la terminal, el silencio pareció instalarse alrededor de Álvaro.

Había algo luminoso en ella. Algo que contrastaba de forma casi violenta con el cansancio que él llevaba encima.

—Perdona la espera —dijo recuperando el aliento—. Me daba apuro marcharme sin despedirme. Han sido muy simpáticos.

Su sonrisa era franca. Espontánea. Nada calculada. Aquello desconcertó todavía más a Álvaro. Había esperado encontrarse con alguien frío o interesado. Sin embargo, la joven parecía incapaz de ocultar lo que sentía. Durante un instante estuvo a punto de devolverle la sonrisa. Pero la imagen de Villa Romero consumida por las llamas volvió a cruzar por su mente. El incendio. Los trabajadores. Las pérdidas. Las interminables llamadas. La realidad regresó como un jarro de agua fría.

—Ya me marchaba —respondió con voz áspera.

Clara ladeó la cabeza al escucharlo.

—Vaya... parece que he llegado en el peor momento.

Él no respondió.

Ella lo observó unos segundos antes de romper el silencio con una expresión entre divertida e indignada.

—Aunque, si te sirve de consuelo, mi viaje tampoco ha empezado precisamente bien.

Álvaro arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

—Me han parado en el control de equipajes.

Abrió mucho los ojos mientras gesticulaba.

—Han revisado la maleta de arriba abajo. Pensé que me iban a desmontar hasta el neceser.

Hizo una pausa dramática.

—Durante unos segundos llegué a preguntarme si alguien había escondido algo dentro sin que yo lo supiera.

Álvaro no pudo evitar mirarla.

—¿Y lo habían hecho?

—Por suerte, no.

Suspiró exageradamente.

—Pero me sentí como la protagonista de una película de espías.

Después señaló su ropa con fingida preocupación.

—Dime la verdad... ¿Tengo aspecto de traficante internacional?

Él recorrió su figura con la mirada casi de manera involuntaria. El conjunto que llevaba era llamativo, elegante y bastante más atrevido de lo habitual para alguien que iba a conocer a la familia de un posible pretendiente.

Lucía había hecho un buen trabajo. El vestido realzaba su silueta con una sofisticación que llamaba la atención sin resultar vulgar. Los tacones alargaban aún más unas piernas interminables. Y aquella melena color cereza convertía a Clara en el centro de todas las miradas.




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