Un Marido Impuesto

Capítulo 3

Álvaro levantó las maletas con una facilidad que llamó la atención de Clara y las acomodó en la parte trasera del todoterreno. Entre cajas de herramientas, tablones de madera y varios sacos de cemento apenas quedaba espacio libre.

—Vaya... —comentó con una sonrisa divertida—. Si algún día dejas este trabajo, podrías dedicarte a las mudanzas. Tendrías mucho éxito.

Él cerró el portón sin responder. Clara soltó una pequeña risa. «Definitivamente, el sentido del humor tampoco entra en su contrato.»

Mientras rodeaba el vehículo, Álvaro no pudo evitar mirarla de reojo. Seguía sin entender aquella transformación. La niña silenciosa que recordaba apenas levantaba la voz delante de su abuelo. Siempre daba la impresión de medir cada palabra por miedo a decir algo inconveniente. Ahora, en cambio, hablaba con cualquiera, sonreía con naturalidad y parecía sentirse cómoda ocupando cualquier espacio. Era como si hubiera pasado media vida intentando convertirse en otra persona. O quizá siempre había sido así y él nunca llegó a conocerla realmente.

—Sube —dijo señalando el asiento del copiloto.

Estuvo a punto de abrirle la puerta por simple educación, pero se detuvo a tiempo. Cuanta menos confianza existiera entre ellos, mejor. Si Clara había viajado convencida de que conquistaría al heredero de los Romero, descubriría muy pronto que no pensaba ponérselo fácil.

Ella observó la altura del vehículo y después miró su ajustada falda de cuero.

—Esto promete... —murmuró divertida.

Álvaro cruzó los brazos. No pensaba ayudarla.

Clara respiró hondo con exageración, como una montañera preparándose para escalar una pared imposible.

—Muy bien... Vamos allá.

Lo señaló con un dedo.

—Y ni se te ocurra mirar.

Él arqueó una ceja.

—¿Perdón?

—Con esta falda subir ahí tiene más dificultad de la que parece. Prefiero conservar un poco de dignidad.

Por primera vez desde que se habían conocido, la comisura de los labios de Álvaro amagó con curvarse. Apartó la vista hacia el aparcamiento.

—Tranquila. No tengo ningún interés.

Aquellas palabras, pronunciadas con absoluta frialdad, habrían molestado a la mayoría de las mujeres. Clara, sin embargo, decidió interpretarlas como un desafío. «Perfecto.» Se sujetó con una mano al marco de la puerta e intentó subir con elegancia.

El intento duró exactamente dos segundos. El tacón resbaló sobre el estribo metálico. Perdió el equilibrio. Y, antes de caer hacia atrás, una mano firme la sujetó instintivamente por la cintura.

Durante un instante quedaron inmóviles. Demasiado cerca. Clara levantó la vista. Los ojos oscuros de Álvaro estaban a escasos centímetros de los suyos. Él había reaccionado por puro reflejo, sin pensar.

Ella notó el calor de aquella mano a través del tejido del vestido. El tiempo pareció detenerse.

Después, ambos recuperaron la cordura al mismo tiempo. Álvaro retiró la mano como si acabara de tocar algo prohibido.

—Ya puedes subir sola.

Su tono volvía a ser tan distante como siempre. Clara se acomodó en el asiento intentando ocultar una sonrisa. «Pues sí que le interesa mirarme.» Y, mientras cerraba la puerta con aparente tranquilidad, decidió que aquel hombre era mucho menos frío de lo que pretendía aparentar.

Álvaro, por su parte, rodeó el vehículo maldiciéndose en silencio. Solo había sido un acto reflejo. Nada más. Al menos eso era lo que seguía repitiéndose mientras el recuerdo de la suavidad de su cintura se negaba obstinadamente a desaparecer de su cabeza.

Clara recorrió con la mirada el interior del todoterreno en cuanto cerró la puerta. Había polvo por todas partes. En el salpicadero, en los asientos e incluso en el volante quedaban restos de una fina ceniza gris. Frunció la nariz.

—Madre mía... Esto está hecho un desastre.

Álvaro se acomodó al volante y arrancó el motor.

—Ha estado demasiado cerca del incendio.

Ella giró la cabeza de inmediato.

—¿El coche?

Él asintió.

—Y yo también.

Aquella respuesta borró de golpe la sonrisa de Clara.

—¿Estabas allí cuando empezó?

—Sí.

No añadió nada más. No hacía falta. El silencio que siguió decía mucho más que cualquier explicación.

Clara observó de nuevo las manchas de hollín sobre su camiseta, los pequeños cortes que cubrían sus manos y el cansancio que marcaba su rostro. Por primera vez comprendió que aquellas huellas no eran fruto del descuido. Eran cicatrices recientes de alguien que llevaba demasiados días luchando contra una tragedia.

—Has tenido mucha suerte —dijo con sinceridad.

Álvaro soltó un leve resoplido. No se sentía afortunado. Había visto desaparecer en unas horas el trabajo de toda una vida. Pero tampoco tenía ganas de hablar de ello.

Puso el vehículo en marcha y abandonó el aparcamiento sin decir una palabra más. Clara decidió respetar aquel silencio. Intuyó que insistir solo conseguiría levantar un muro todavía más alto entre los dos. Apoyó la cabeza contra el respaldo y dejó escapar un largo suspiro.

—Estoy agotada.

Álvaro lanzó una rápida mirada hacia ella antes de volver a concentrarse en la carretera.

—No te preocupes si me quedo dormida durante el viaje.

Sonrió con desgana.

—No será culpa de tu conversación.

Él arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

—Es que interpretar un personaje durante horas resulta mucho más cansado de lo que imaginaba.

Las palabras escaparon de sus labios antes de que pudiera detenerlas. Se quedó inmóvil. «¿Pero qué acabas de decir?» Álvaro giró apenas la cabeza.

—¿Interpretar un personaje?

Clara reaccionó enseguida.

—Quiero decir... viajar siempre me pone nerviosa.

Improviso mucho cuando estoy nerviosa.

Él no respondió. Sin embargo, aquella frase quedó dando vueltas en su cabeza. Interpretar un personaje. ¿Por qué había dicho eso? ¿Había sido un simple comentario desafortunado o escondía algo más?




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