Un Marido Impuesto

Capítulo 4

El todoterreno abandonó la carretera principal y se internó en un pequeño pueblo marinero. Unos minutos después se detuvo en una plaza sombreada por naranjos centenarios. El murmullo de una fuente y el canto de los gorriones sustituyeron al ruido del motor.

Álvaro apagó el contacto.

—Baja.

Clara lo miró desconcertada.

Él ya había salido del vehículo y rodeaba el capó con paso decidido. Abrió la puerta del copiloto.

—Vamos.

Ella frunció el ceño. Después de todo el viaje soportando su silencio, aquella orden sonó peligrosamente parecida a una despedida.

«No puede ser...» Miró la plaza, después el todoterreno y, finalmente, al hombre que esperaba con expresión impasible. «¿Va a dejarme aquí?» Sin pensarlo dos veces, se deslizó hacia el asiento del conductor.

Álvaro arqueó una ceja. Clara giró la llave de contacto. El motor apenas llegó a intentar arrancar. Una mano grande y firme cubrió la suya y apagó el contacto de inmediato.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó él, inclinándose hacia el interior.

Su voz sonó muy cerca de su oído.

Clara sintió el olor a humo, madera y tierra húmeda que desprendía.

—¿No es evidente?

—Pues no.

—Si ibas a abandonarme, pensaba llevarme el coche.

Álvaro la miró durante unos segundos sin comprender.

—¿Perdona?

—No pienso quedarme tirada en medio de un pueblo que ni siquiera conozco.

Él tardó un instante en reaccionar. Después negó con la cabeza, entre sorprendido y divertido.

—¿De verdad has pensado eso?

—Pues claro.

—Solo iba a invitarte a tomar un café.

Clara pestañeó.

—¿Un... café?

Álvaro señaló un pequeño bar situado al otro lado de la plaza. Las mesas ocupaban parte de la acera, protegidas por grandes sombrillas blancas. Desde la parrilla exterior llegaba el inconfundible aroma de las sardinas asándose sobre las brasas.

—Llevas toda la mañana de viaje.

Parecías a punto de echarte a llorar. Pensé que parar unos minutos nos vendría bien a los dos. El enfado de Clara desapareció tan deprisa como había llegado. Se llevó una mano a la frente.

—Madre mía... Qué ridículo. Lo siento. Creí que...

Él terminó la frase por ella.

—Que era un secuestrador con muy mala educación.

—Algo parecido.

Por primera vez, una auténtica sonrisa apareció en el rostro de Álvaro. Breve. Casi imperceptible. Pero suficiente para transformar por completo sus facciones.

Clara se quedó mirándolo un segundo de más. «Así está mucho mejor.»

Él carraspeó y recuperó enseguida su expresión habitual.

—Creo que el que necesita un café soy yo.

—¿Solo café?

—Y algo de comer.

Clara respiró profundamente. El olor de la parrilla abrió de golpe un cajón lleno de recuerdos.

—¿Están haciendo sardinas?

Álvaro asintió.

—Con pan de pueblo.

Ella sonrió con auténtica ilusión.

—No sabes las ganas que tenía de volver a probarlas.

De pequeña siempre terminábamos el verano con una comida así. Él la observó con curiosidad. Aquella era la primera sonrisa completamente sincera que le veía desde que la recogió en el aeropuerto. No había exageración. Ni coqueteo. Ni poses. Solo nostalgia.

—Entonces será mejor que aprovechemos. Porque cuando lleguemos a Villa Romero no tendremos demasiado tiempo para sentarnos a comer con calma.

Clara bajó del vehículo y respiró el aire cálido del Mediterráneo. El aroma del mar, mezclado con el de las brasas y los naranjos en flor, le produjo una sensación inesperada. Era como regresar a un lugar que nunca había dejado del todo. Mientras cruzaban juntos la plaza, ninguno de los dos lo comentó. Pero, por primera vez desde que se conocieron, caminaban uno al lado del otro sin que el silencio resultara incómodo.

—Vamos.

Álvaro habló sin levantar la voz y echó a andar hacia el pequeño bar de la plaza. Clara lo siguió en silencio. Nada más cruzar la puerta comprendió que se había convertido en el centro de todas las miradas.

Era un local de los de toda la vida. Una barra de madera oscurecida por los años, varias mesas ocupadas por vecinos que jugaban al dominó y el aroma inconfundible de las sardinas asándose en la parrilla exterior.

Las conversaciones fueron apagándose poco a poco. No por desconfianza. Simple curiosidad. Los clientes saludaron a Álvaro con un gesto de cabeza y, acto seguido, dirigieron la atención hacia ella.

Clara sonrió con educación mientras tomaba asiento. Cuando cruzó las piernas, recordó demasiado tarde que seguía llevando aquella falda imposible. Sintió varias miradas desviarse con una rapidez muy poco convincente.

«Genial.»

«Lucía estaría orgullosa.»

Álvaro dejó las llaves sobre la mesa.

—Voy a lavarme las manos. Pediré la comida.

Ella alzó la vista enseguida.

—Espera...

Él se detuvo.

—¿Sí?

Clara bajó la voz.

—¿Te importaría no dejarme sola?

Él observó alrededor.

—¿Por qué?

—Porque siento que todo el pueblo me está haciendo una radiografía.

Una leve sombra de ironía cruzó el rostro de Álvaro.

—Con esa ropa era bastante previsible.

Ella abrió mucho los ojos.

—¡Oye!

—No digo que esté bien. Solo digo que no deberías sorprenderte.

Se marchó hacia el lavabo antes de que pudiera responder.

Clara resopló.

—Qué hombre más desesperante...

Apoyó los codos sobre la mesa mientras lo veía alejarse. Ahora que caminaba sin prisas resultaba imposible no fijarse en él. Era alto. Los años de trabajo físico habían moldeado unos hombros anchos y una espalda poderosa que nada tenían que ver con un gimnasio. Cada movimiento transmitía la seguridad de quien está acostumbrado a levantar peso, trepar, cavar o pasar horas trabajando al aire libre.

«Desde luego... feo no es.»

Una idea traviesa cruzó su cabeza. ¿Y si mencionaba delante de la abuela Romero que el empleado del vivero le parecía especialmente atractivo? Probablemente provocaría un pequeño terremoto familiar. Tuvo que contener una sonrisa. Aquel pensamiento era tan absurdo que casi se echó a reír. Abrió el libro para disimular mientras esperaba. Unos minutos después oyó acercarse unos pasos. Levantó la vista apenas un instante. Álvaro acababa de regresar. Se había lavado la cara y las manos. La barba seguía dándole un aspecto descuidado, pero el hollín había desaparecido y el agua había oscurecido aún más su cabello. Olía a jabón. Sin saber muy bien por qué, Clara volvió inmediatamente al libro. Notó cómo él se sentaba frente a ella. Durante unos segundos reinó el silencio. Después habló.




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