Un Marido Impuesto

Capítulo 5

Cuando Álvaro llegó al hotel, la cena ya había comenzado.

La terraza, situada junto a la piscina infinita y abierta al Mediterráneo, brillaba bajo una hilera de luces cálidas suspendidas entre las palmeras. El aroma del jazmín se mezclaba con el de la sal y el murmullo de las conversaciones. O, al menos, de lo que podía llamarse conversaciones. Desde el incendio de Villa Romero, el ambiente se había vuelto insoportablemente solemne. Los amigos de su abuela hablaban en voz baja sobre seguros, reconstrucciones, pérdidas económicas y permisos administrativos. Parecía una reunión de notarios en lugar de una velada benéfica.

Nadie sonreía.

Nadie reía.

Nadie parecía recordar cómo disfrutar de una noche de verano.

Nadie... Excepto Clara.

Resultaba imposible no verla. Vestida de rojo, era una explosión de color entre una colección de trajes oscuros y vestidos discretos. Llevaba el cabello recogido sobre un hombro en un moño desenfadado del que escapaban algunos mechones rubios. Varias flores rojas adornaban el peinado, aportándole un aire alegre y desenfadado que encajaba sorprendentemente bien con su personalidad improvisada.

Mientras el resto de invitados conversaba con una educación casi mecánica, ella hablaba con las manos, reía sin complejos y escuchaba a cada persona como si fuera la única en toda la terraza. En apenas unos minutos había conseguido que dos camareros sonrieran, que el recepcionista olvidara su gesto serio y que un matrimonio de jubilados terminara riéndose de una anécdota que ella acababa de contar.

Álvaro permaneció unos instantes oculto observando la escena. No comprendía cómo lo hacía.

No buscaba ser el centro de atención. Y, sin embargo, acababa siéndolo. Las conversaciones parecían desplazarse hacia ella de forma natural. Incluso quienes la miraban con cierto recelo terminaban relajando la expresión después de escucharla unos minutos.

Su abuela, en cambio, seguía claramente desconcertada. De vez en cuando dirigía una mirada crítica al conjunto que Clara había elegido para la cena. El vestido rojo, ajustado pero elegante, dejaba los hombros al descubierto y contrastaba con el estilo mucho más clásico del resto de las invitadas.

Era atrevido.

Sí.

Pero también desprendía una energía contagiosa.

Álvaro sonrió sin darse cuenta. Aquella mujer había convertido su llegada en un auténtico terremoto. Y lo más sorprendente era que parecía completamente ajena al efecto que producía. Mientras los demás intentaban impresionar con títulos, negocios o apellidos, Clara solo hacía una cosa.

Disfrutar del momento.

Él negó lentamente con la cabeza. Seguía sin entenderla. Una parte de sí continuaba convencida de que todo formaba parte de una interpretación cuidadosamente preparada. Pero otra empezaba a sospechar que aquella espontaneidad era demasiado natural para ser fingida. Y esa posibilidad resultaba mucho más peligrosa de lo que estaba dispuesto a admitir.

—¡Sofía! —llamó Clara desde la barandilla de la terraza, haciendo un gesto con la mano.

Varias conversaciones se interrumpieron. La señora Romero levantó la vista con una expresión entre la sorpresa y el desconcierto. Muy pocas personas se dirigían a ella por su nombre. Y, desde luego, ninguna lo hacía a voces.

Álvaro, que acababa de llegar a la terraza, tuvo que contener una sonrisa. Toda su vida había visto cómo la presencia de su abuela imponía silencio a quienes la rodeaban. Clara, en cambio, parecía completamente inmune.

—¿Qué ocurre? —preguntó Sofía con su habitual dignidad.

—¡Venga un momento!

La mujer suspiró con resignación y caminó hasta la barandilla.

—Mire ahí abajo.

Todos dirigieron la vista hacia la piscina. Un hombre jugaba en el agua con una niña de unos cinco años. La pequeña no dejaba de llenar un cubo de plástico para vaciárselo, una y otra vez, sobre la cabeza de su padre. Las carcajadas de ambos resonaban por todo el jardín.

Clara sonrió con ternura.

—¿No le parece la imagen más bonita del mundo?

Durante unos segundos nadie respondió. Álvaro permaneció inmóvil. Sin quererlo, imaginó otra escena.

Él.

Un niño riendo. Una tarde cualquiera de verano. La imagen desapareció tan deprisa como había llegado. Sintió un nudo en el pecho.

Sofía observó a Clara con atención.

—¿Te gustan los niños?

Clara respondió sin pensar.

—Me encantan.

La expresión de Sofía se iluminó apenas un instante. Entonces Clara añadió con absoluta seriedad:

—Aunque creo que no sería capaz de comerme uno entero.

Durante un segundo reinó un silencio absoluto. Después estalló una carcajada. Una carcajada grave, cálida y completamente inesperada.

Clara giró la cabeza.

Reconocería aquella risa en cualquier parte.

Álvaro.

Ya no llevaba la ropa cubierta de polvo ni las botas de trabajo. Vestía un traje azul marino impecablemente cortado que resaltaba todavía más su estatura y su porte. El cabello oscuro, aún húmedo tras la ducha, caía ligeramente sobre la frente. La barba perfectamente arreglada suavizaba sus facciones sin restarles carácter. Parecía otra persona.

Clara lo contempló con los ojos muy abiertos.

Él...

No.

Era imposible.

Álvaro siguió caminando hasta reunirse con el grupo. Se inclinó para besar a su abuela en la mejilla.

—Perdona el retraso. Las obras se han alargado más de la cuenta.

—Lo sé, cariño.

Sofía le acarició el brazo con afecto.

—Pero has llegado justo a tiempo. Quiero presentarte oficialmente a nuestra invitada.

Álvaro levantó una mano con tranquilidad.

—No hace falta.

Todas las miradas se dirigieron hacia él. Clara seguía completamente inmóvil. Todas las piezas empezaban a encajar. La camioneta. El incendio. La finca. Las órdenes. El hotel.

—He tenido el placer de recoger a Clara en el aeropuerto. Manuel estaba ocupado y aproveché que tenía que ir a la ciudad por material para las obras.




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