Un Marido Impuesto

Capítulo 6

Clara hizo acopio de toda la fuerza de voluntad que le quedaba y dibujó una sonrisa amplia, luminosa, tan exagerada que hasta a ella misma le resultó artificial.

—Sí… —musitó al fin, obligándose a sostenerle la mirada—. Te creo, Álvaro.

Las palabras salieron más débiles de lo que habría querido. Durante unos segundos ninguno de los dos habló. El bullicio del comedor parecía alejarse, como si toda la conversación hubiera quedado encerrada dentro de una burbuja invisible.

Clara bajó la vista.

—Siento haber sacado el pasado. No debí hacerlo.

Álvaro la observó unos instantes antes de asentir lentamente.

—Disculpa aceptada.

No había dureza en su voz. Tampoco ternura. Solo una serenidad inesperada que la desarmó mucho más que cualquier reproche.

—Gracias...

Ella soltó el aire despacio. No podía dejar de mirarlo. El muchacho tímido, silencioso y flacucho que conservaba en sus recuerdos había desaparecido por completo. Frente a ella había un hombre que llenaba el espacio con solo entrar en una habitación. Seguro de sí mismo. Consciente del efecto que producía. Acostumbrado a mandar. Cada movimiento desprendía una autoridad tranquila. No necesitaba elevar la voz. Ni presumir. Ni demostrar nada. Simplemente... estaba allí. Y todo el mundo parecía girar a su alrededor. Aquello la desconcertaba profundamente.

Intentó encontrar algún gesto del antiguo Álvaro. La manera de bajar la cabeza cuando alguien le hablaba. La timidez con la que escondía las manos en los bolsillos. La inseguridad de quien pedía permiso hasta para respirar.

Nada.

Solo encontró una media sonrisa confiada y unos ojos oscuros que parecían capaces de leer pensamientos. Sintió un escalofrío. ¿En qué momento había cambiado tanto?

¿Se parecía más a su padre... o a la mujer dulce que ella recordaba como su madre? Su abuelo siempre había asegurado que aquella mujer había sido una manipuladora. Una oportunista. Pero Clara nunca había querido creerlo. Ahora empezaba a preguntarse cuántas mentiras habían formado parte de su infancia.

Álvaro inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Empezamos otra vez?

Ella tardó un instante en reaccionar.

—¿Otra vez?

—Como si acabáramos de conocernos.

Una sonrisa lenta apareció en los labios de él.

—Hola.

Antes de que Clara pudiera responder, Álvaro se acercó con absoluta naturalidad. El roce de sus labios sobre su mejilla fue apenas un instante. Sin embargo, para ella el tiempo pareció detenerse. Sintió primero el calor. Después el leve roce de la barba perfectamente recortada. Y finalmente el aroma limpio de su colonia, mezclado con un perfume masculino que no supo identificar.

Le recorrió un cosquilleo desde la mejilla hasta la nuca. Cuando él se apartó, Clara seguía inmóvil. Había contenido incluso la respiración.

—Hola... —consiguió responder.

Su propia voz sonó irreconocible. Álvaro sonrió con un brillo divertido. Había percibido perfectamente el efecto que acababa de producir. Y aquello, lejos de incomodarlo, parecía divertirlo.

—Espero que podamos volver a ser amigos.

Clara tragó saliva. Amigos. Si él supiera la cantidad de mentiras que acababa de contarle...

—Será agradable recuperar el tiempo perdido.

Ella asintió demasiado deprisa.

—Sí...

Intentó reír.

—Claro.

Él apoyó un codo sobre la mesa.

—Entonces... ¿por dónde empezamos?

Mientras hablaba, sus ojos descendieron apenas unos centímetros. Solo un instante. Pero Clara sintió aquella mirada como una caricia. El escote del vestido le pareció, de repente, demasiado pronunciado. Tuvo el impulso infantil de cubrirse con la mano. No lo hizo. La falsa Clara jamás habría mostrado pudor. Así que mantuvo la sonrisa. Aunque por dentro deseaba esconderse debajo de la mesa.

—La verdad... —dijo con una carcajada demasiado aguda—. Me tienes completamente desconcertada.

Álvaro arqueó una ceja.

—¿Yo?

—Estás... muy distinto.

Él inclinó ligeramente la cabeza.

—Tú también.

Su respuesta llegó acompañada de una mirada lenta. No descarada, Pero sí intensa. Como si estuviera descubriendo a una mujer completamente nueva. Como si quisiera memorizar cada detalle. Clara sintió un incómodo calor en las mejillas. Por un instante estuvo a punto de decirle la verdad. Que aquella mujer segura, provocadora y descarada no existía. Que todo era una representación. Que la auténtica Clara habría salido corriendo hacía rato. Pero la mentira volvió a imponerse. Levantó la barbilla con fingido orgullo.

—Me reinventé.

Álvaro dejó escapar una sonrisa casi imperceptible.

—Pues el resultado es extraordinario.

Sin pedir permiso, tomó su mano. No la sujetó con fuerza. Simplemente entrelazó sus dedos con los de ella. El gesto era sorprendentemente íntimo.

Clara sintió un vuelco en el estómago. Él acarició distraídamente el dorso de su mano con el pulgar. Despacio. Sin dejar de mirarla.

—Sigue diciéndome cosas bonitas —ronroneó ella, obligándose a continuar con aquella farsa—. Empiezan a gustarme.

Álvaro soltó una risa baja.

—Pensaba que las mujeres como tú estaban acostumbradas a recibir cumplidos.

—Nunca son suficientes.

—Tomo nota.

Clara intentó retirar la mano. Él no la soltó. Solo aflojó ligeramente la presión. Lo suficiente para que pudiera marcharse si realmente quisiera.

No lo hizo. Y eso la asustó todavía más.

—Hay algo que no entiendo —dijo intentando recuperar el control—. Esta mañana apenas me soportabas. Parecía que te molestaba hasta mi forma de respirar. ¿Y ahora? ¿A qué viene tanto cambio?

Álvaro sostuvo su mirada durante unos segundos antes de responder.

—Porque esta mañana solo veía a la niña que recordaba. La hija de la familia rival. La chica tímida que apenas levantaba la vista del suelo. La candidata perfecta para un matrimonio impuesto.

Hizo una pausa. Sus labios dibujaron una sonrisa lenta.




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