Clara cerró los ojos.
Durante un instante, el ruido del comedor se desdibujó a su alrededor. Solo existía el calor de Álvaro, la presión de su cuerpo contra el suyo y aquella voz grave que parecía deslizarse directamente bajo su piel. Necesitaba pensar. Necesitaba encontrar una salida antes de hacer exactamente lo contrario de lo que se había propuesto.
Y entonces se le ocurrió.
La solución era tan sencilla que estuvo a punto de llorar de alivio. Abrió los ojos y, con una sonrisa que esperaba que pareciera mucho más segura de lo que se sentía, le dio una palmada temblorosa en la mejilla.
—Quieto, tigre. De eso, nada.
Álvaro dejó escapar un sonido grave, casi un gruñido, que le provocó un estremecimiento desde la nuca hasta los tobillos.
Clara tuvo que recordarse que aquello era precisamente lo que quería conseguir. Asustarlo. Ahuyentarlo. Hacer que comprendiera que casarse con ella sería una pésima idea.
No sucumbir a él.
Por desgracia, su cuerpo parecía no haber recibido el memorándum.
—¿Nada? —preguntó Álvaro.
Su mirada descendió hasta la boca de Clara.
Ella sintió que el corazón le daba un vuelco.
—Nada.
Intentó apartarlo empujándole el pecho. Fue un error. Los músculos bajo la tela de la camisa eran firmes y cálidos. Demasiado reales. Demasiado tentadores. Sus dedos, traicioneros, se deslizaron hasta el cuello abierto de la camisa. Solo pretendía apartarlo, se dijo. Solo eso. Pero entonces encontró la piel de su garganta. Y el pulso.Un latido rápido y poderoso bajo las yemas de sus dedos.
Clara se quedó inmóvil. Álvaro también. Durante un segundo ninguno de los dos habló.
La expresión de él cambió ligeramente. Una sombra de satisfacción apareció en sus ojos.
Clara retiró la mano como si acabara de tocar una superficie ardiendo.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Mirarme así.
Una sonrisa lenta apareció en los labios de Álvaro.
—No sabía que hubiera una forma incorrecta de mirarte.
—La tuya.
—Entonces tendré que seguir practicando.
Clara apretó los dientes. Aquel hombre era insufrible. Y peligrosamente atractivo.
—¿Por qué dices que de eso nada? —preguntó él.
La voz le salió más ronca de lo habitual.
Álvaro se aseguró de que su espalda quedara entre Clara y Sofía. Desde el otro extremo de la mesa, su abuela no podía ver exactamente qué estaba sucediendo.
Clara sí podía verlo. Y aquello no la tranquilizó. Álvaro le atrapó los dedos antes de que pudiera retirarlos del todo. Se los llevó lentamente a la boca y depositó un beso en ellos.
Clara dejó de respirar.
Después él rozó con los labios la punta de su dedo índice. El gesto fue descaradamente íntimo. Y absolutamente devastador.
Clara sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
—Álvaro…
—¿Sí?
La miraba con una tranquilidad exasperante. Como si no acabara de convertir su sistema nervioso en un incendio.
—Mi abuelo.
La palabra salió entrecortada.
—¿Tu abuelo?
—Sí.
—No parece una explicación demasiado romántica.
—No pretendo que lo sea.
Álvaro esperó.
Clara tragó saliva. Tenía que mantenerse firme. Había llegado hasta allí precisamente para conseguir que aquel hombre renunciara a la idea de casarse con ella. Había exagerado su descaro, había fingido ser superficial, interesada y absolutamente incapaz de comportarse como una mujer sensata.
Y ahora Álvaro parecía encantado.
Aquello era un desastre.
—Me vuelves loca —confesó finalmente.
Los ojos de Álvaro se oscurecieron.
Clara se apresuró a continuar.
—Pero mi abuelo jamás me perdonaría que dejara que llegaras más lejos sin ponerme primero una alianza en el dedo.
Álvaro la soltó. La rapidez con que desapareció el contacto debería haberla tranquilizado. No lo hizo.
Él se quedó mirándola durante unos segundos, inmóvil. Su rostro se había vuelto inescrutable.
—¿Primero boda y después sexo?
Clara sintió que el alivio le aflojaba las rodillas. Lo había conseguido. Por fin. Álvaro no quería casarse. Un hombre como él no iba a aceptar semejante condición.
—Exactamente.
Intentó imprimir seguridad a su voz.
—Una chica debe velar por sus intereses.
Álvaro ladeó ligeramente la cabeza.
—Una chica…
—Una mujer —se corrigió ella.
—Mucho mejor.
—Y una mujer inteligente sabe cuándo debe protegerse.
—¿De mí?
Clara sonrió.
—Especialmente de ti.
Algo parecido a una sonrisa apareció en los labios de Álvaro, pero no alcanzó sus ojos.
—Eres dura de pelar, ¿verdad?
Su tono había cambiado. Ya no sonaba divertido. Había algo acerado debajo de aquella calma. Clara lo reconoció inmediatamente. Álvaro estaba molesto. Y, por primera vez desde que lo había conocido, se preguntó si había ido demasiado lejos. Aquel hombre tenía una capacidad desconcertante para pasar de la provocación al control absoluto en cuestión de segundos.
—No tanto —contestó ella, procurando que la voz no le temblara.
—No estoy de acuerdo.
—Pues yo sí.
—Eso explica muchas cosas.
Clara frunció el ceño.
—¿Qué cosas?
—Por ejemplo, por qué llevas toda la noche intentando convencerme de que eres una mujer interesada exclusivamente en el dinero y en conseguir un marido rico.
Ella se quedó petrificada.
Álvaro la observó con una intensidad que le hizo comprender que quizá había estado jugando con fuego desde el principio.
—Yo no…
—Sí.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
Clara sonrió. Una sonrisa demasiado amplia. Demasiado artificial.
—Tengo hambre.
Álvaro parpadeó.
—¿Qué?
—Hambre. Creo que voy a comerme mis patatas.
Se volvió hacia la mesa con una dignidad que no sentía. Necesitaba distancia. Necesitaba comida. Necesitaba, sobre todo, que su corazón dejara de comportarse como un animal atrapado dentro de su pecho.