Un momento inesperado

Capítulo 10: Lucas

Lucas llegó a la humilde vivienda con algo de nervios, estaba muy expectante por hablar con el pequeño. Le pidió a Mariana que lo llevara a algún centro comercial o al parque infantil del hotel, pero tanto ella como Alberto se negaron, se tuvo que morder la lengua.

Tocó y enseguida se abrió la puerta, Mariana lo saludó con un «buenas tardes» y le hizo señas de que pasara. Lucas entró y miró todo con curiosidad, el niño no se veía por ningún lado. Alberto estaba serio al fondo en una mesa de comedor pequeña y muy humilde, la imagen de su amigo en esa mesa le causó un impacto inesperado. Acostumbrado a lujos, se acomodaba sin problemas en esa pequeña vivienda. No se saludaron, se miraron con recelo.

—Ya traigo al niño, siéntese. ¿Quiere algo? —preguntó la chica. Lucas negó con un gesto y se sentó.

—¡Mariana! —La detuvo. Estiró dos paquetes—. Ella lo miró con cautela y los tomó—. Algunos dulces para el niño, ropa para él y para ti.

—¿Para mí? —preguntó extrañada. Sus grandes ojos escanearon los de él.

—Sí, no es por nada, es solo que le traigo algo a él, no me pareció no traerte algo a ti —explicó con torpeza, en su mente se veía y se oía mejor. Se sintió avergonzado. Ella lo miraba con amabilidad.

—Claro, como a los niños. Uno no le lleva a uno sin llevarle al otro. No soy una niña, pero gracias por la cortesía —dijo con candidez y se dirigió al cuarto, notó que Alberto miraba la escena con expresión adusta.

Mariana salió de la habitación con el niño tomado de la mano. Lucas lo vio y sonrió enseguida, se acercó a él y lo saludó con un gesto con la mano. Lucas sintió que su pecho latía más rápido, por fin podría hablar con el hijo de su hermano.

—Hola, Biel, soy Lucas. Somos familia. ¿Te explicó Mariana? —preguntó al niño. Estaba emocionado.

—Sí. Eres hermano de mi papi Mateo.

Lucas se sorprendió. Miró a Mariana, que mantuvo una expresión serena. Sentó a Biel en el sofá y lo dejó con Lucas, se sentó con Alberto en el comedor.

—Así que sabes de tu papá Mateo.

—Sí. El amor de tres.

—¿El amor de tres?

—Me ama mi mamá, mi mami Ana y mi papi Mateo. —Llevaba la cuenta con sus dedos pequeños—. Que ellos me parieron.

Lucas se echó a reír y negó con la cabeza.

—Te concibieron, fueron quienes te concibieron, no que te parieron. —Rio. Tenía tiempo que no reía así. Sentía el pecho hinchado de felicidad por ver y conversar con el niño.

La expresión del niño se puso seria y bufó.

—Es malo corregir a la gente.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Quién te dijo eso? —preguntó Lucas aún riendo.

—Mi mamá me dice eso —habló bajo.

—¿Qué más sabes de tu papá Mateo?

—Corría en motos, mi padrino me da muchas motos como las de él. Y me dio sus premios. Yo los tengo. Son grandes. ¿Quieres verlos?

—Algún día querré volver a verlos, sí.

Lucas asintió y sintió una punzada en el pecho, le dolía que Alberto hubiese estado siempre en la vida de su sobrino sin decirle, «no lo perdonaría nunca», pensó, además, le dejó al niño a una chica de diecisiete años, sola, además. ¿Cómo pensó que eso era buena idea? Suspiró y miró risueño al niño, quien había comenzado a explicar las diferencias de las motos de carrera y las de paseo.

Era físicamente igual a Mateo y, mientras hablaba de las motos, a Lucas se le quisieron asomar algunas lágrimas, adoraría a su hijo, sería feliz, todo pudo ser tan diferente, se atormentaba pensando por qué le dio la espalda también. El dinero que su padre le retuvo a Mateo y que él le ayudó a quitarle, lo hubiese usado para su hijo, quizás lo necesitó. Ahora todo estaba en un fondo que sería para Biel.

—Eres muy inteligente, Biel.

—¿Me vas a regalar un teléfono?

—¡Biel! —gritó Mariana desde el comedor.

—Eres muy pequeño. ¿Para qué quieres un teléfono?

Se encogió de hombros. Él niño sonreía con malicia.

Lucas miró a Mariana y a Alberto, quienes lo veían con expresiones serias. Continuó hablando con el niño, sacó juguetes, ropa, era muy parlanchín y algo mandón, notó Lucas, sospechaba que la chica lo dejaba hacer lo que quisiera. Como le advirtió Mariana, él quiso saber qué hacía en su casa la vez pasada, le explicó y el niño le contó que antes de llegar a esa casa, los sacaron a empujones de otro lugar y que a Mariana la golpearon mucho, que él no la pudo ayudar.

Lucas sintió que el cuerpo se le puso frío, no imaginaba al niño pasando por esa situación, viendo esas cosas. No le quiso preguntar nada más y le aseguró que en adelante estarían muy bien y nunca más les pasaría eso. El niño parecía con sueño y Mariana le insistió en que fuera a dormir. A regañadientes accedió y se despidió de Lucas con un gesto amigable chocando los puños.

Lucas observó sus lentes, sus dientes, le pareció que estaba sano y bien cuidado, al menos físicamente, parecía de peso y tamaño acorde a su edad.

—¿Qué fue eso de que los sacaron a golpes de un sitio? —preguntó serio Lucas cuando Mariana regresó de dejar al niño en el cuarto.




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