Lucas se fue y Alberto aún se veía molesto. Mariana se mantenía cautelosa a su lado sin hablar, él le lanzó una mirada de reproche que ella le rehuyó. Ella sentía que Alberto estaba molesto por las conversaciones con Lucas, pero mantenía las esperanzas de que, a pesar de su soberbia y altivez, no fuera tan malo en el fondo y la entendiera. «No creo que me quite al niño, parece que lo quiere, no le hará daño apartándolo de mí», pensaba ella.
—¿Crees que es tu amigo ahora? No le compres su falsa simpatía —advirtió Alberto con tono apagado.
—No, sé bien que me amenazó, pero no tengo por qué ser grosera con él como lo fue conmigo. Trajo un presente, no lo vi mal. Creo que exageraste devolviéndolo.
Alberto apartó la mirada y negó.
—No lo comprendes, Mariana, no tomes nada de él, ni un chocolate que traiga.
—¿Lo que trajo a Biel?
—Es para el niño, es diferente, él es su familia.
Mariana asintió resignada. Daba vueltas alrededor de él sin atreverse a preguntar por esa afirmación que hizo a Lucas. Ordenó algunas ropas sobre la máquina de coser y las clasificó. Alberto revisaba cabizbajo su teléfono.
—Sé que podría convencerlo de que no me quite al niño, seré buena con él, y justa como mande un juez o, sin eso, dejaré que lo vea, como hoy. Sabrá que son su familia.
—Mariana, no lo conoces. No te confíes.
Ella suspiró preocupada, necesitaba albergar esas esperanzas, porque no tenía nada más.
—¿Por qué le dijiste que nos iríamos contigo? —Se atrevió a preguntar por fin ella.
—Mariana, lo siento, no debí decirle eso sin hablar contigo, me ofusqué mucho por su prepotencia, reconozco que yo no me estoy controlando mucho con él, debí hablar contigo.
Ella lo miraba expectante, dejó lo que hacía y se sentó frente a él.
—Habla —lo animó Mariana.
—Lo he estado pensando, ahora que él sabe todo, no veo porqué no puedas volver a la ciudad, con el niño, los dos.
Mariana sonrió y afirmó con un gesto suave, se llevó las manos a la cara juntas, parecía conmovida.
—¿Querrías volver? —preguntó Alberto acercándose a ella con gesto amable.
—Sí, me gustaría ver a mis padres, aunque sea de lejos.
Alberto hizo una mueca dejándole saber que la comprendía.
—Aquí estás lejos de todo, hay que tomar un avión para venir a verte y al niño, estando allá podré soportarte mejor, como siempre debió ser. ¿Acá tienes algo importante? —preguntó cauteloso.
—No, la escuela de Biel. Nunca hice lazos en ningún lado porque debía moverme constantemente. También creo que estaremos mejor allá.
—Qué bueno que estés de acuerdo.
—¿Pero dónde viviremos? ¿Tendré que vender esto? —inquirió ella.
—Sí. Llegarás conmigo mientras tanto —dijo con tono preocupado, que no pasó desapercibido para Mariana, entendió que le preocupaba su novia Isabel.
—¿Isabel se molestará?
—Espero que entienda —respondió y bajó la mirada.
—A Biel le va a encantar —opinó Mariana con una sonrisa, él estuvo de acuerdo, los dos sonrieron risueños por un momento.
—Allí estudiarás. Buscaremos una niñera. Podrás trabajar, estarán bien —prometió Alberto.
—Él me preguntó cuánto ganaba, obviamente no mucho, casi nada, pero tengo del poco dinero que dejó Mateo —afirmó ella con tono de complicidad.
—Claro que lo tienes, por eso vives como vives —le dijo con tono de reproche—. No te sientas mal por lo que te voy a decir: deberás usar ropa un poco más nueva, no es que importe la apariencia, pero ellos son muy altivos, dirán que no eres nadie porque no vistes de marca.
Ella lo miró algo avergonzada, bajó la mirada con las mejillas algo coloradas. Sabía que vestía de forma descuidada, desde que se quedó con Biel, nunca se preocupó por su apariencia, ni lo que vestía, esas cosas solo le empezaron a mortificar ahora que él estaba en su casa y se avergonzaba un poco por no tener mejores piezas de ropa o zapato, fue puro descuido de ella. Había decidido ya hacerse unas camisas nuevas y un par de faldas.
—Yo me hago ropa, pero donde estaba era más fácil, usaba los retazos de las telas que me quedaban, sin embargo, aquí nadie manda a hacer grandes trabajos, solo remiendos. No me queda nada y no sé dónde queda la tienda para comprar telas, quizás sea lejos —comentó sin mirarlo, casi como si pensara en voz alta.
—Claro, esta zona es muy humilde, se nota —comentó Alberto.
—Pero no vestiré de marca. —Sonrió para disimular su vergüenza.
—No hace falta. Me da vergüenza decirte eso, pero no los conoces. —Soltó un suspiro.
—Son muy amigos tuyos —observó Mariana con curiosidad.
—Estudié con Lucas en el colegio desde siempre. Cuando me gradué, al salir de la universidad, entré a trabajar con él en la corporación de su familia, Lucas es uno de los directores, quizás algún día sea el presidente. Ellos no se relacionan con gente fuera de su círculo, por eso Mateo sufrió tanto cuando conoció a Ana.