Caminaron por el aeropuerto como una familia. Biel brincaba emocionado por todos lados, se tomaba de la mano con Mariana y Alberto. Este último notó que ella también estaba emocionada, no lo manifestaba como el niño, pero estaba contenta, emocionada y se le notaba en el brillo de sus ojos, en las sonrisas excesivas en la insistencia de su mirada sobre las vitrinas. Sobre todo las de ropa.
Alberto sintió un impulso de entrar con ella a cualquier tienda y motivarla a elegir piezas, pero no lo hacía porque no quería hacerla sentir mal, porque él notó el rojo que subió a sus mejillas cuando le hablo del tema, ella aún estaba a tiempo de vivir esa vida que su hermana Ana quería para ella. Recordó con nostalgia una conversación que tuvieron tiempo atrás.
—Me duele no tenerla cerca, Alberto, pero, ¿yo que le puedo ofrecer? Que les saque la carrera universitaria a mis padres, al menos eso, al menos ella —dijo Ana.
—Ella quiere estar contigo.
—No quiero que sufra las consecuencias de mi destino. Yo asumo lo que me tocó, pero ella no tiene porqué pagarla.
Alberto se sintió mal con él por no haber hecho más por Mariana, pero las cosas iban a cambiar, empezaría por hacerla entrar a esa tienda de ropa. La tomó de la mano y cargó a Biel, entró a una de las tiendas más grande del aeropuerto.
—Mariana, aquí puedes elegir algunas cosas, yo pago —dijo Alberto sonriéndole.
—¡Para mí! Yo quiero también —gritó Biel emocionado.
—También, pero Mariana debe comprarse algo bonito para ella. Ayúdala a elegir —le dijo al niño.
—Sí, mami, yo te digo que te vas a comprar. —La jaló por la mano y la hizo entrar a la tienda.
—Alberto, no, yo puedo hacerme ropa. Compraré tela, no tienes que pagar nada.
—Está bien, lo pagarás tú. —Rio.
Ella negó con la cabeza y sonrió. Biel la llevó hasta unos escaparates con trajes de gala, largos con brillantes y lentejuelas, señaló uno color plata muy elegante.
—Este, mami.
Alberto y Mariana rieron.
—¿Para llevarte al colegio? ¿Te parece? —se burló Mariana.
—O para que consiga un novio —dijo Alberto de forma descuidada.
Biel se puso serio, quien ya los veía con expresión curiosa.
—Mi mamá no va a tener novio, ella es mía. ¿Verdad, mami? —preguntó con tono dulce.
—Sí, mi amor —respondió Mariana sonriendo.
Alberto negó con un gesto. Ya sospechaba lo que consentía Mariana al niño, pero eso ya era mucho.
—Mariana, no está bien que le digas esas cosas al niño. El día de mañana te enamoras y el escándalo que te va a hacer este niño será enorme, y es solo un niño, no debe opinar sobre esas cosas, él no es tu dueño, tú eres su madre —la regañó él.
—Él es todo, Alberto, de verdad no estaría con nadie, yo juré que me dedicaría a él y eso hago —respondió seria, desvió la mirada y siguió recorriendo la tienda con la mirada.
Se acercó una dependienta de la tienda, quien la ayudó a elegir un par de jeans, uno negro y uno azul; tres blusas, una manga larga color vino de botones al frente, una manga corta de botones en rosado y una franela blanca con un estampado divertido, unas sandalias de plataforma y un par de zapatos deportivos. Ella lo pagó, no dejó que Alberto pagara. Él le insistió sobre un bolso, que finalmente incluyó en la cuenta.
Alberto sabía que ella se atrevió a gastarlo solo por la presión que le hizo él. Le compró al niño más ropa que no necesitaba, así como zapatos y una chaqueta que insistió en tener. Alberto reía.
—Lo has malcriado mucho —le comentó.
—Sí, admito que un poco, pero Biel es mi mundo. ¿Cómo no?
—Te va a dar dolores de cabeza después.
Abordaron el avión y Biel miraba todo con interés, preguntaba por todo, emocionado. Cuando aterrizaron Alberto tomó un taxi y Mariana se acercó a él con el niño tomado de la mano, él le hizo un gesto para que subiera mientras él subía las maletas al taxi. Llamó a Isabel para avisarle que ya había regresado a la ciudad.
—Estoy en tu casa —le anunció ella.
—Oh, ya veo. Está bien. Como te dije, no voy solo —dijo a través de la línea de teléfono, se giró para ver a Mariana, pero ella estaba distraída mostrándole la ciudad al niño a través de la ventana.
—¿Pasa algo? —preguntó Isabel.
—Nada. Te extrañé. Nos vemos en casa. —Colgó y suspiró cerrando los ojos. Esperaba muy en el fondo que Isabel entendiera. Siempre fue muy celosa, ahora él llegaba con una mujer y un niño de los que nunca le habló. Y no sabía qué le había dicho Lucas.
Llegaron al edificio y Alberto junto con el taxista bajaron las maletas, Mariana tomó una y le pasó una al pequeño Biel que insistía en ayudar.
—Como la basura, mami, como yo te ayudo a botar la basura —dijo.
—Isabel está arriba —comentó Alberto a Mariana, quien le sonrió con inocencia y asintió.
—¿Aquí vamos a vivir? —preguntó Biel.