Odiaba usar chofer, prefería manejar, pero quería impresionar a Biel y dejarle en claro a Mariana las obvias diferencias entre la vida que él podía ofrecerle al niño y la que ella le daba. Miró de soslayo el teléfono y lo tomó entre sus manos, Isabel le confirmaba que Alberto no faltaría a su cita, Lucas la puso sobre aviso y ella quedó en darle un ultimátum a su novio. Funcionó.
Cuando el auto más grande y lujoso que poseía se detuvo frente al edificio, se bajó y se dirigió a buscar al niño él mismo, se adentró en los ascensores y apretó en sus manos el muñeco guerrero que le compró. Tocó con paciencia y la puerta se abrió, su mirada se cruzó con la mirada marrón claro de Mariana, era una mirada tímida y asustadiza, sintió una mezcla de triunfo por verla asustada, pero por alguna razón se conmovió también.
—Hola, ya traigo al niño —dijo Mariana con voz suave.
Llevaba un poco de maquillaje sobre sus ojos, el resto de su piel permanecía pálida, llevaba una camisa color vino de manga larga y unos jeans negros, con botas deportivas, Lucas sintió algo de diversión al verla, parecía raro, pero no se veía mal, era una chica y esas cosas le lucían, amarró su cabello en una cola de caballo y le pidió que se sentara.
Esperó al niño sentado en el sofá de su amigo, él que era su amigo, ya no podía considerarlo como tal, eso le dolía, pero estaba tan molesto con Alberto que la rabia nublaba el dolor.
Biel salió con un pantalón de vestir, una camisa de manga larga verde y un chaleco tejido verde, sus lentes a juego y bien peinado, sonrió al ver a Lucas, quien se levantó y chocó los puños con él.
—¿Cómo estás, campeón? Mira lo que te traje. —Estiró el muñeco en su dirección. Biel lo tomó con la boca abierta y brincando.
—Me gusta, me gusta.
—Da las gracias, Biel —le ordenó Mariana con tono dulce.
—Gracias. ¿Cómo te llamo? —preguntó el niño con sonrisa pícara.
—Tío, soy tu tío, pero puedes llamarme Lucas.
Biel se rio y se cubrió la cara mientras soltaba una risa tonta. Hacía movimientos exagerados doblándose de risa.
—¿Qué es gracioso? —preguntó él.
—Tú nombre, es gracioso, no es bonito.
—¡Biel! —le espetó Mariana, pero reprimió una risa. Lucas se dio cuenta.
La miró de forma retadora y la señaló con el dedo.
—Ni se te ocurra, ni lo pienses —le dijo con expresión seria, ella reprimió una risa apretando los labios y asintió.
—Estamos listos —dijo ella.
—¿Y Alberto? —preguntó con prepotencia, aunque sabía la respuesta. Fue a ver a Isabel, porque lo hacía o ella lo dejaba de una vez.
—No podrá acompañarme —contestó Mariana encogiéndose de hombros.
Lucas la miró por unos instantes y se sintió mal por querer humillarla, se veía inocente y risueña, no parecía una mala chica. Él no imaginaba lo que pasó mientras cuidó a Biel y admitió para él que el niño se veía muy bien de salud.
—Bien, vamos —dijo. Salieron del apartamento, que ella cerró, y guardó las llaves en un bolso. Él esperó a que ella entrara en el ascensor con el niño tomado de la mano.
Ella mantenía la mirada en el suelo, parecía nerviosa. Notó que se mordía el labio inferior y agitaba el pie derecho. «Es bonita, tiene un lindo rostro», observó Lucas. Biel hacía volar el muñeco en el aire y, mientras lo hacía, simulaba un ruido con la boca, escupiendo un poco además.
—Biel, no seas cochino, te llenarás de saliva. No hagas eso —lo regañó ella.
Él niño la miró y se limpió los labios con la camisa. Lucas sonrió al verlo.
Cuando salieron del edificio, el chofer se acercó a ellos y saludó. Se regresó al auto y Lucas abrió la puerta para que se subieran. Biel no pareció notar que tenía chofer, pero a Mariana no le pasó desapercibido, y Lucas lo notó por una expresión seria que mantuvo en el rostro, se vio incómoda.
—¿Sabes a dónde vamos? —preguntó Lucas al niño.
—¿Esté carro es tuyo?
—Biel, no se responde una pregunta con otra —le dijo Mariana con tono cariñoso acariciando su cabello.
—No sé a dónde vamos, tú eres el que nos llevas —respondió Biel haciendo un gesto con la mano.
—Vamos a casa de mis padres, tus abuelos —dijo Lucas. Mariana levantó el rostro y lo miró con preocupación. Ella negó con la cabeza y él no comprendió.
—¿Abuelos? ¿Tengo abuelos? ¿Pero cómo? Mi mamá no me dijo.
—Ella no sabía, los vas a conocer ahora —aclaró Lucas, comprendió la angustia de Mariana.
—Ellos son los padres de tu papi Mateo —le explicó Mariana.
—Ah, sus papás, no sabía que estaban vivos. ¿Por qué se murió primero? —preguntó Biel.
—Después te explico, mi niño —le dijo ella. Él se concentró en seguir jugando con el muñeco.
—Lo siento —contestó Lucas en voz muy baja en dirección de Mariana, ella se encogió de hombros.
Llegaron a la mansión Napolitano y el chofer se bajó a abrir la puerta y algunos empleados los esperaban emocionados, Biel pareció notar al chofer entonces. Miraba todo con curiosidad y jaló el brazo de Mariana cuando notó un improvisado parque infantil en el jardín.