Dejó las cosas del niño sobre una mesa cerca del sofá, Biel abrazó a Alberto sin hablar y siguió bostezando, por lo que Mariana lo llevó hasta la habitación para que descansara. Alberto la esperaba afuera de la habitación, siguió hasta la sala y allí lo alcanzó Mariana, se sentaron en el sofá frente a frente.
—¿Y bien?
—Horrible, Alberto, tenías razón, Lucas no entiende de razones, ellos creen que tienen la razón; y Biel, encandilado con todas las cosas que le compraron, mandaron a instalar un parque en el jardín y estaban construyendo una casa de juguete, la señora le dijo que se podía ir a vivir allí, él en su inocencia… —Se quebró y lloró un poco. Bajó la cabeza.
—Te lo dije. Sí, son orgullosos y prepotentes. Y Lucas es el que menos.
—Él insiste, yo no sé cómo hacerlo entender.
—Entenderá, Mariana, lo haremos entender. No pueden ser tan egoístas y descarados.
—¿Cómo te fue con Isabel?
—Un drama por lo que dirán nuestras amistades, por lo de Lucas.
—Lo siento.
—Vamos a estar bien, está calmada ahora. Comprendió, le expliqué todo desde el principio y se mostró más comprensiva.
—Igual en lo que me paguen lo de la casa de la Bahía me voy, es más, creo que ahora mismo debería hacerlo, Alberto, tengo como.
—No, no seas tonta, aquí no estorban, ella entiende. Sí quiero que busques estudiar —le dijo Alberto con tono paternal.
Ella asintió.
—Quiero armar la máquina de coser y buscar algunas telas para comprar y hacerme algunas cosas. Mañana saldré al centro.
Alberto sonrió.
—Me alegro de que estés pensando en ti. En hacer algo por ti. Yo te llevaré.
—¿Y no vas a trabajar?
—No, renunciaré.
—¡Alberto! ¡No! ¿Por esto?
—Es la compañía de los Napolitano, me siento incómodo trabajando allí ahora, no será fácil cruzarme con Lucas, no me lo ha pedido, pero creo que, si no renuncio, me pedirá que me vaya.
—¿Qué vas a hacer?
—Buscar otro trabajo mientras trato de emprender mi propio negocio.
—Lo siento mucho —dijo Mariana con tono comprensivo.
Él le sonrió. Mariana sintió mariposas en el estómago y pensó que sí debía irse de allí pronto, para no estorbarle y porque ella podría enamorarse de él, el enamoramiento platónico que sentía podía cambiar a un sentimiento más profundo, aunque él no hiciera nada para motivarlo a verlo de otra manera. Era muy bueno, guapo e inteligente, ella se sentía protegida y cuidada con él, después de tanto tiempo de estar sola con Biel, tener con quien contar así la hacía sentir muy bien. Como una familia.
—Iré a dormir —anunció Alberto.
—¿Qué comiste? ¿Te preparo algo? —preguntó ella desviando la mirada para que no notara lo sonrojada que estaba.
—No, comí con Isabel. Que tengas buenas noches —se despidió.
Se dio una ducha rápida y se metió a la cama, admiró a Biel dormir, repasó en su mente el día que tuvo. Haberse enfrentado a los Napolitano la hizo sentirse un poco más fuerte, aunque en el instante se valoró cobarde, se decía para ella misma que no sentirse inferior fue su triunfo. «No me afectan sus miradas de indiferencia», pensó.
Le preocupó mucho Bárbara, Lucas decía que se casarían y ella sería la madre de Biel, ese pensamiento la hacía sentir náuseas y ganas de llorar, al menos Lucas era su tío y parecía que lo quería, pero ella no le pareció más que una falsa y fría mujer. Sintió mucha angustia nada más de imaginar que ella la reemplazaría como figura materna de Biel.
«Le fallaría a Ana y a Mateo, a Biel, a Alberto y a mí», pensó. No puedo permitirlo, se dijo, se durmió pensando en eso. Cuando despertó Biel, la observaba sin sus gafas, puso su pequeña mano en su mejilla y le sonrió, sintió que su corazón se llenaba de amor, él era todo lo que más quería en el mundo y lo único que tenía.
—Te amo, mi niño.
—Te amo con el amor de tres, mami.
—Yo también te amo con el amor de tres, Biel.
—¿Hoy vamos a donde mis abuelos?
—No, iremos a pasear a la calle.
El niño se emocionó y ella lo alistó para que tomara el desayuno, Alberto ya estaba listo para dejarlos en el centro mientras él iba a poner su renuncia. Bajaron y en la salida del ascensor se cruzaron con Lucas, que iba a subir, Alberto bufó y negó con un gesto, Biel se lanzó sobre él a saludarlo emocionado y Mariana aspiró aire con fuerza.
—¿Ahora qué? —preguntó con fastidio Alberto.
—Quiero arreglar este asunto de una vez con Mariana —dijo serio.
—Ella tiene una vida y ahora está haciendo algo, mínimo debes avisar, no es empleada tuya para que esté disponible cuando te parezca. Existen los teléfonos.
—¿No puedes hablar por ti misma? ¿Él te representa? —preguntó Lucas a Mariana. Ella se mostró incómoda y evadió la pregunta.