El abogado miraba con atención la casa de Alberto, detallaba cada rincón con interés. Mariana le ofreció algo de beber, el hombre accedió con un gesto amable, ella le sirvió té y le dejó un par de galletas sobre un plato pequeño en la mesa. Alberto se sentó junto a ellos y se miraron con algo de nervios. El abogado, un hombre de unos cincuenta años, de piel muy blanca y cabello cano, lo miraba mientras le sonreía con amabilidad.
—Ya hicieron la solicitud de la custodia. Ya llegó la notificación —comentó Mariana.
—¿Y bien, abogado? —preguntó Alberto con expresión seria, sus manos estaban entrelazadas y mantenía medio cuerpo inclinado sobre la mesa redonda diagonal a la cocina, que debía ser usada como mesa de comedor, pero se mantenía inmaculada en esa esquina.
—Bien. Ya hablé con el doctor Pitas. Me envió todo. Revisé con calma toda la documentación. Lo primero que tenemos que dejar claro es que el señor Napolitano ha presentado una demanda de custodia. Un tercero distinto a un progenitor puede solicitar la custodia del menor. Por lo general esto se arregla si los padres hubiesen dejado un testamento indicando quién tendría la tutela del menor, como no es el caso, lo ideal es que entre la familia se pongan de acuerdo, si hubiese una disputa como en este caso, en efecto, la hay, debe un juez de familia determinar quién debe tener la custodia.
—¿Quién tiene más ventajas? —preguntó Mariana nerviosa.
—Se privilegia al guardián primario. Aquel que ha cuidado física, económica, emocional y mentalmente al niño, desde ayudarlo a hacer las tareas hasta cepillarse los dientes, a aquel que ve o ha visto todos los días en los primeros años de su vida.
—¡Esa soy yo, doctor! —dijo Mariana emocionada—. Yo lo he cuidado desde que era un bebé de meses, soy su madre, él me reconoce como tal.
—Sí —respondió él con tono de indiferencia, bajó la cara y la miró por encima de sus gafas de pasta negra, se las acomodó con un gesto con la mano—. Pero por qué fabricaste papeles donde dice que tú eres su madre, lo cual no es cierto, no presentaste una demanda de custodia, que fue lo que debiste hacer.
—Era menor de edad —se excusó Mariana, su sonrisa se desdibujó.
—Sí —respondió con fastidio y miró a Alberto, quien miró a los lados desviando la mirada.
—Yo debí solicitar la custodia —dijo como si recién cayera en cuenta. El abogado asintió con la cabeza.
—Pero ya, lo hecho, hecho está. Tenemos que vivir con lo que se hizo y contar una historia alrededor de la situación, legalmente, me refiero, hay que darle legalidad a la situación del niño, esos papeles donde dice que tú eres su madre no existen. Empecemos de cero. Tú también tienes que presentar una demanda de custodia ante el juez. Explicas que te lo quedaste y punto. Nunca necesitaste legalizarlo porque ni va a la escuela aún. Debiste hacerlo antes, pero, bueno…
—Sí va al colegio —respondió Mariana.
—No está en edad escolar, en ese colegio no van a emitir un reporte con sus notas, ni nada de eso, estabas en un pueblo muy humilde. Él no ha requerido una atención médica donde demanden la presencia del tutor legal, has pasado, como quien dice, colada, por debajo de la mesa. Esa es la historia que vamos a contar.
—¿Cree que tengo chance de ganar?
—Debes demostrar independencia económica, competencia. Creo que manejas un dinero que era de sus padres. ¿Cierto?
—Sí.
El abogado palmeó la mesa y asintió, luego negó.
—Ese va a ser otro tema. ¿Vives aquí en calidad de qué? No recuerdo si me aclararon si son pareja.
—No, no somos pareja, él solo me acoge por unos días. Buscaré algo.
El abogado afirmó con un gesto y le sonrió con candidez.
—Date prisa con eso. Vas a tener que justificar tus ingresos y no trabajas. ¿Cómo mantendrás al niño?
—Con el dinero que dejó Mateo, lo tenía en una cuenta con Ana, yo sabía sus claves y lo pasé a mi cuenta después de que fallecieron.
—No vuelvas a repetir eso. No tienes dinero y punto, aunque ellos investigarán y harán la trazabilidad del dinero de su cuenta a la tuya.
—Pero lo he usado en el niño, todo.
—Pero no se sabe, no puedes demostrarlo, ciento por ciento. ¿O has guardado cada factura? No hubo transparencia, ni legalidad, orden, verán que sacaste el dinero de ellos a tu cuenta.
Mariana bajó los hombros en señal de rendición. Miró a Alberto con angustia. Él acarició su mano con ternura.
—No importa, yo puedo ser malo contigo, te pediré de todo y te llevaré al límite para que estés preparada para enfrentarlos —explicó el abogado—. Haremos todo lo mejor que podamos hacer, creo que tienes una ventaja, pero nunca se sabe. Tienen abogados caros, quizás quieran echar mano de algunas cosas que les has dejado muy fácil.
Mariana asintió.
—Lo sé. —Soltó un suspiro de frustración.
—¿No han intentado conversar contigo? ¿Tener un acuerdo? —preguntó el abogado, y Mariana se cruzó una mirada con Alberto.
—Sí. Lucas me ha ofrecido pagar mis estudios y un apartamento para que me concentre en mis cosas y él ocuparse del niño.