Lucas no dejó de notar cómo Mariana y Alberto se intercambiaban miradas nerviosas. Ella mantenía los brazos cruzados sobre su estómago y se veía pálida, sus labios temblaban. Llevaba una blusa de un rosado pálido que no contrastaba mucho con su piel blanca, se veía algo aniñada.
El abogado que la acompañaba tenía fama de usar métodos poco usuales para llevar sus casos. Era independiente, no como los de Lucas, quien contrató toda una firma de abogados; él era economista, alguna vez se tentó a estudiar derecho, pero sus padres le presionaron para que entrara a la corporación y dejó de lado su interés en el derecho, como antes dejó su interés por los automóviles de carrera, a diferencia de Mateo, él cedió a la voluntad de sus padres.
La jueza, vieja amiga de la familia Napolitano, cosa que seguramente desconocía Mariana, pero no Alberto, miró los papeles y los miró a ambos con una expresión amable. Miró a Mariana por unos segundos sin hablar.
—¿Tú eres Mariana Montenegro? —preguntó con tono cortante.
—Sí —contestó ella, no sin antes sobresaltarse un poco.
—Bien, estamos aquí y no ante un juicio de una vez porque el señor Napolitano ha insistido en una mediación para alcanzar un acuerdo, yo no tengo que estar presente ahora, debo aprobar, sí, el acuerdo al que lleguen. De no haber ningún acuerdo van a pasar dos cosas: una, que me habrán hecho perder el tiempo; y dos, que tendré que asignar la custodia temporal a alguno de los dos hoy y seguir con el juicio para la custodia permanente. Así que, ¿qué tienen para decir?
—Señora jueza —dijo Lucas, se aclaró la garganta—. Solicito la custodia permanente del niño y permitir un régimen de visita a su tía materna, incluso permitiendo que se lo lleve por algunas festividades y lo lleve a su casa de visita, dónde sea que sea su casa.
—Bien, él señor Napolitano se está ofreciendo a ocuparse del niño y dejarla a usted estar en la vida del menor. ¿Qué responde?
Mariana negó con un gesto y aspiró aire con profundidad.
—Yo lo he estado criando desde que era un bebé. No quiero compartir la custodia, quiero seguir siendo su madre.
El abogado de Mariana abrió muchos los ojos y bajó la cabeza al oírla.
—Sí, sobre eso. Hay muchas irregularidades en su caso, señorita Montenegro, el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, entiendo que ahora, y de eso me ha convencido su abogado, usted está haciendo los mejores oficios para regularizar la situación legal del niño.
—Sí, señora, eso quiero —dijo nerviosa.
—Pero usted no es su madre, ha sido su cuidadora, porque ni tutora legal es, imagino que el niño la llama mamá y eso. ¿Sí?
Ella asintió con un gesto.
La jueza le dedicó una mirada acusatoria y ladeó la cabeza.
—Usted ni lo parió ni lo adoptó, el niño no es su hijo, ni biológica ni legalmente. Usted es su tía. ¿Está claro o se cree que sí es su madre?
Mariana se puso roja y asintió bajando la cabeza con un movimiento brusco.
—Bien, tengo evidencia aquí que respalda que usted es su cuidadora primaria, vacunas, visitas médicas. Ahora estos papeles lo señalan como hijo suyo, esto quizás no sea admitido en un juicio, porqué, ¿quién es Biel Montenegro? Existe Biel Napolitano. Sin embargo, esto será trabajo de su abogado.
—Nosotros no fuimos sus cuidadores porque no encontrábamos al niño, tuve que contratar a un investigador especializado para que diera con ellos —aclaró Lucas.
—¿Se estaba escondiendo? —le preguntó la jueza.
—No, solo, no…
—Bien, él ha manifestado interés en dejarla participar en la vida del niño, pero usted no, además, no le notificó del paradero del niño a la familia paterna, eso lo entiende el tribunal como que usted impediría en un futuro que la familia Napolitano participe en la vida del niño, eso es uno de los factores que nos ocupamos de verificar que sea cumplido. No podemos saberlo a ciencia cierta. ¿No?, pero las evidencia de lo que pasó y sus declaraciones pesan.
—Yo sí dejaría que él lo viera y estuviera en su vida, lo he hecho ahora —respondió Mariana.
—No al principio, tengo testigos de que ella mintió sobre el origen del niño y me negó verlo.
—Tenía miedo y no sabía quién eras. ¿Cómo iba a dejar que un extraño visitara a mi hijo?
—No es su hijo, señorita —dijo la jueza, le dedicó una sonrisa y negó con un gesto.
—Al niño pues.
—¿Cómo piensa mantener al niño? ¿Dónde vive?
Mariana miró a Alberto y se puso nerviosa, titubeó un poco antes de decir una frase comprensible.
—Soy costurera. Y vivo con un amigo.
—Costurera y vives con un amigo. ¿Son pareja?
—No, estoy recién mudada y estoy esperando el dinero de la venta de la casa de Bahía para alquilar o comprar algo aquí.
La jueza los dejó solos por unos minutos, en los cuales cada parte afinaba sus argumentos y evidencias. Lucas intentó hablar con Mariana, pero ella se negó. Alberto se puso entre los dos. Cuando la jueza regresó, todos se pusieron alertas.