Dos días después le tocaba visitar a Biel. Decidió hacerlo solo y no sacarlo de la casa de Alberto, para que el niño se fuera acostumbrando a él. Habló con una amiga de Bárbara que era terapeuta al respecto, pero decidió buscar ayuda profesional para ver la mejor forma de hacer el cambio para el niño. Tocó la puerta y abrió Mariana. Lucas apreció su rostro pálido y sus cabellos abundantes recogidos en un moño alto, estaba descalza y con ropa cómoda. «Sus ojos son hermosos», pensó. Ella le sonrió y lo dejó pasar.
—Buenas tardes, Mariana —saludó con tono amable. La miró a los ojos con intensidad, ella bajó la mirada.
—Hola, puedes sentarte allí, ya busco a Biel, está jugando en la habitación.
Lucas notó que ella había improvisado un pequeño taller de costura donde antes Alberto tenía una mesa de billar. Era una pequeña máquina y tenía estaciones de trabajo armadas. Tenía mucha ropa sobre unos muebles y otra guindada en un perchero. Averiguó por fin con Isabel qué hacía Mariana, vendía ropa estándar que ella cosía. Estaba empezando a aceptar pedidos supo ella, lo cual ocasionó una pelea entre Alberto e Isabel. La chica no salía de su casa e Isabel comenzaba a impacientarse. «Eso le explotará en la cara a Mariana y lo voy a aprovechar», pensó Lucas.
—¡Tío! —gritó Biel. Lo sacó del estado contemplativo en el que estaba.
—¿Cómo estás, Biel? Te traje dulces. —Se rio. Miró a Mariana buscando aprobación.
—Sí, no importa, él no se los come de una vez, de hecho creo que ya tiene suficientes para montar una pequeña tienda de dulces.
—¿Quieres ser un vendedor de dulces? ¿Qué me vas a vender? —le preguntó Lucas entre risas.
—Lo que quieras —dijo encogiéndose de hombros—. Le puedes comprar un dulce a mi mamá.
Lucas la miró y alcanzó un paquete de encima del sofá, se lo tendió a Mariana. Ella lo tomó dubitativa.
—Ya le he traído algo —dijo mirando al niño.
Biel se colocó junto a Mariana a esperar que abriera el paquete. Ella dudaba, lo miró a los ojos y sus mejillas se pusieron rojas. Abrió la bolsa y descubrió una cámara profesional. La miró extrañada y regresó la vista a él.
—Para que tomes fotos de la ropa que haces. Las puedes publicar. Una buena foto vende. No quiero tu mal, Mariana.
Ella cerró los ojos y bajó ligeramente la cara, guardó la cámara y se la devolvió. Biel la agarró en el aire.
—Yo la quiero.
Mariana y Lucas se vieron y rieron, ella negó con la cabeza.
—¡Biel! No.
—¿Por qué no la recibes? —preguntó Lucas con una media sonrisa.
—No y punto —dijo. Lo miró a los ojos reprimiendo una media sonrisa.
—Yo la quiero —insistió Biel.
—Ni sabes para qué es. Anda, guarda lo que te trajo tu tío.
Él asintió como si hubiese recordado de pronto los dulces y corrió hacia ellos, los llevó a su habitación. Mariana y Lucas se miraban sin hablar.
—Llévatela y punto —dijo Mariana más seria.
—La voy a dejar aquí. ¡Sí te la regalo, Biel! —gritó—. Es para ti, préstasela a Mariana cuando la necesite. ¿Alberto te dijo que no me recibieras nada?
—No. ¿Vienes a ver al niño o a mí? Estoy ocupada —dijo desviando la mirada, y regresó a su estación de trabajo y se sentó frente a la máquina. Él la miró con una mueca de diversión.
De verdad no quería su mal, «ojalá ella pudiera ver que solo la voy a ayudar». «Podrá hacer tantas cosas, yo podré ocuparme del niño mientras ella va a hacerlas», pensaba. Pasó unas pocas horas con Biel y miraba de vez en cuando a Mariana, que apenas se levantó en par de ocasiones al baño, tenía agua cerca de su estación de trabajo, se esforzaba mucho, no paraba. Le pareció admirable. Hizo una pausa para servir unas galletas y chocolate, Lucas se lo recibió y le pidió que comiera con ellos, que no regresara aún al trabajo, ella accedió.
—¿Tienes muchos pedidos?
—Algo.
—¿Sabes hacer vestidos de novia?
—No, y tu novia no se haría un vestido conmigo ni aunque volviese a nacer —se burló Mariana.
—No es para ella. Aún no le pido que se case conmigo, no tendría porqué estar pensando en vestidos de novia.
—¡Ah!, no sabes nada. Claro que ya debe haber pensado en el vestido de sus sueños. Todas lo hacen.
Lucas le sonrió afirmando con la cabeza.
—¿Tú has pensado en el vestido de tus sueños?
Ella se puso seria y negó.
—No.
—¿Por qué no? Eres joven, te puedes enamorar, querer casarte como todas y…
La puerta se abrió y apareció Alberto, quien lo miró con recelo y siguió sin saludar hasta la cocina.
—¡Padrino! —gritó Biel.
—¡Dios te cuide, Biel! —dijo Alberto y siguió.
Lucas se puso serio y miró al piso por unos segundos.
—¡Me voy! —anunció.