Un momento inesperado

Capítulo 21: Alberto

Mariana cerró la puerta y se giró a ver a Alberto. Él esperaba su mirada, negó con un gesto.

—Lo siento. Tienes que verlo porque estamos aquí. Pronto me iré…

—¡Basta! No es por eso. Es que creo que es un pesado, lo conozco. No le creas su cara amable, te quiere engatusar. —Se acercó al sofá y tomó la cámara—. ¿Y esto?

—Una cámara que le trajo a Biel —respondió nerviosa y bajó la mirada.

—Una cámara Fujifilm X-S10 sin espejo… —leyó la caja—. ¿Para Biel? ¿Qué hará Biel con esto? ¿Va a hacer una exposición de sus dulces en alguna galería? Es un regalo ridículamente caro.

—¡Yo qué sé! Así gastan los ricos —respondió sonriendo.

—¡Ay, Mariana! Te lo ha traído a ti.

—No se lo recibí. Te lo juro.

—Pero aquí está.

—Porque gritó que entonces se lo dejaba a Biel.

—No le recibas nada, sé lo que te digo, no es tu amigo, te lo estoy advirtiendo, no creas que porque comen galletas juntos en el piso es tu amigo, sabes lo que quiere, no tendrá compasión.

—Solo fui amable, acepté comer con él y con el niño, yo…

—No me tienes que dar explicaciones. Te estoy advirtiendo.

Ella bajó la cabeza y se sentó en el sofá.

—Me iré pronto, lo juro, escuché que discutiste anoche con Isabel otra vez por mi culpa. Lo siento, por oír y por causarte problemas.

—No vuelvas a disculparte, esto ha sido mi decisión, después de la audiencia comprendí que debí hacer más, mucho más antes. Ya Isabel entenderá, no todo puede ser color de rosas, que discutamos no es el fin de nada —dijo y soltó un suspiro.

—Y gracias. Tus amigas me han ayudado a vender mucho. Estoy agotada y casi no veo ya, pero he vendido bastante.

—Te podemos conseguir una máquina más moderna. Quizás puedas contratar a alguien para que te ayude.

—Por ahora no quiero gastar en nada que no sea necesario, me da pena contigo, ya ayudas mucho. Demasiado.

—No me pesan. Ustedes no me pesan —respondió mirándola a los ojos, ella le sostuvo la mirada con una media sonrisa.

—¿Quieres comer algo? Hice una pasta a la carbonara —ofreció con sus mejillas rosadas, Alberto sospechaba que con él siempre las tenía así. Sonrió en su dirección.

—Sí. Muero de hambre.

Ella le sirvió la comida y se sentó en el comedor junto a él.

—¿Y?

—Me gusta. Está muy rico. Cocinas muy bien.

—Sí, lo sé. —Rio.

—Te mereces todo lo bueno del mundo. Por eso me preocupa que bajes la guardia con Lucas. Recuerda cómo te trató en la audiencia, no se guardó nada.

—Sí, me di cuenta. Sabía que haría eso, a mí no me engaña. Sé que tiene mal concepto de mí y quiere tratarme como si yo fuera su amiga.

—Qué bueno que te diste cuenta.

Alberto notaba cómo lo miraba Mariana seguía preocupado porque ella confundiera sus sentimientos, en el fondo él mismo temía confundir sus sentimientos por ella, no quería reconocer lo que le molestó verla sonriente con Lucas en el piso. Sonó su teléfono y atendió, porque era la gente con la que trabajaba ahora. Se levantó de la mesa.

—¿Sí? ¡Sara!

—Todo bien, Alberto. Sabes que no he dejado de notar a la chica que tienes en tu perfil con el niño. Las fotos que compartes a veces. ¿Modela?

—No modela, es mi amiga. Ella hace la ropa con la que sale en las fotos, la ayudo a venderlas dándole exposición y explicándole cómo usar las redes sociales—dijo alejándose del comedor.

—Sí. Funciona, eres un experto. Un cliente ha insistido por ella.

—Ella no es modelo, Sara.

—Lo dijiste, lo sé. La campaña que estas mujeres quieren lanzar, son emprendedoras, es con chicas que se ven normales, sin los labios inyectados, así como tu amiga, están fascinadas con ella. La quieren.

Alberto cerró los ojos y sopesó por un momento que sería más trabajo y más dinero para ella.

—¿Y cómo supieron de ella?

—Casi las perdíamos, en mi desespero les mostré las redes sociales de algunos de nuestros aliados, entre ellos tú, cuando les mostré tu perfil, notaron a la chica, creen que has trabajado con ella antes en esto y han insistido. ¿Sus padres firmarían el contrato?

—No es menor de edad, tiene veintiún años. Sé ve mucho más joven, pero…

—Perfecto. Mejor aún, avísame, por favor, y casi que dependo de esto para retenerlas. —Colgó.

Alberto se dirigió a la sala y ahí estaba Mariana en su rincón, cosiendo. Colocó sus manos sobre sus hombros y la palmeó con un movimiento suave.

—Descansa, chica. Ya es tarde.

—Prefiero adelantar lo más que pueda, hasta que no caiga de sueño. Biel me ocupa tiempo en el día. Ya se durmió, pero, cuando no, debo estar detrás de él, anda explorando tu casa, avancé hoy porque estuvo Lucas con él. El bendito parque no lo olvida y me quiere hacer bajar todo el día.




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