Despertó un poco más tarde que de costumbre, estaba cansada, la semana fue agotadora, pasó tiempo con el asunto de la campaña, que finalmente aceptó, y completando los pedidos que tenía, Alberto le recomendó no aceptar más pedidos mientras se dedicaba a lo de la campaña, pero ella no quería perder ningún trabajo, necesitaba todo el dinero posible.
La cama de la casa de Alberto era muy cómoda, había aire acondicionado, muchas almohadas, le costaba salir de la cama. Se revolvió un poco y abrió los ojos, Biel la veía con la cara apoyada en sus manitas. Suspiró y estiró su mano hasta su brazo y la sobó.
—¿Qué pasó, bebé? ¿Por qué esa carita?
—Estoy cansado, trabajamos mucho.
Mariana se rio y lo abrazó, le dejó un beso en la mejilla y lo apretó mucho más a ella. Sonrió feliz.
—Te amo con el amor de tres.
—Yo también te amo con el amor de tres, mami.
—No repitas eso de que trabajamos mucho, van a creer que te pongo a trabajar —dijo, y se levantó.
La noche anterior salieron tarde del estudio, solo veían de qué iría todo, ni siquiera comenzaba a hacer algo y ya estaba agotada, él los acompañó, dormía a ratos, solo durmió bien en la cama. Era Domingo y Lucas pasaría por él para llevarlo a una carrera de autos. Ella aprovecharía de sacar unos pedidos adelante, Alberto iría a visitar a la familia de Isabel. Se duchó y luego lo alistó. Él eligió qué usar. Pantalón de pana gris y camiseta blanca con chaqueta gris. Se veía en el espejo y se peinaba solo.
—Eres muy presumido con tu físico —se burlaba Mariana. Ella le sirvió el desayuno y él comió impaciente esperando al tío.
Tocaron a la puerta y Mariana se apresuró a abrir. Era Lucas. Le sonrió con amplitud, ella no dejó de notar que llevaba ropa mucho menos formal, pantalones de mezclilla y una camisa y chaqueta, zapatos deportivos. Pensó que se veía muy bien, admitió.
—Ya Biel está desayunando. ¿Quieres algo? —preguntó sonriente.
—Café. Un poco sí.
—¡Tío, no! Ya terminé. Vámonos —gritó Biel emocionado. Se bajó de la mesa del comedor.
Todos rieron.
—¿Cuál es la prisa? —preguntó Lucas. Se sentó en el comedor e hizo un gesto de que esperaría.
Mariana pensó que el niño no salía mucho, pero no lo diría en voz alta, sentía que todo lo que dijera podría ser usado en su contra después.
—Siéntate, termina de comer y yo me tomo un café.
Mariana se lo sirvió. Se sirvió uno para ella y regresó a su estación de trabajo.
—Tú no te has cambiado —le dijo Lucas.
—¿Yo? —preguntó extrañada.
—Claro, vas con nosotros. ¿Verdad, Biel?
—Sí, mami.
A ella no le provocaba ser el blanco de las miradas despectivas y curiosas de Bárbara. Negó con un gesto.
—¿No crees que puedas con el niño? No es un salvaje —dijo Mariana seria.
—Pensé que querrías ir. Que el niño se acostumbre a una relación armónica entre nosotros. Al final cuando Dios mediante él se gradúe o se case ahí vamos a estar.
—Yo no me voy a casar, que asco —se quejó Biel. Todos rieron.
—Ahora no, dentro de muchos años, pero muchos —le aclaró Lucas.
—No me siento cómoda con tu novia.
—No viene, no le gustan estas cosas. ¡Vamos! No te hagas de rogar, tienes ojeras, estás pálida, te hace falta salir —dijo.
Mariana se mostró sorprendida por sus palabras y formó una o con la boca, pero no dijo nada, pensó en la campaña y que tal vez si le convenía tomar algo de sol.
—Vamos, mami, se va acabar todo, ¡apúrate! —espetó Biel batiéndole la mano.
—Bien, ya me bañé, solo me pongo algo rápido y salgo.
—¡Sí! —gritaron Lucas y Biel al unísono. Ella los miró extrañada y fue a la habitación.
Sin pensar mucho se puso un jean y una franela divertida, no se la había estrenado, zapatos deportivos y se armó una cola desordenada. Ni se preocupó en maquillarse y salió. Lucas la miró divertido, asintió con un gesto de aprobación. Cruzaron sus miradas.
—Hará frío. ¿No tienes un abrigo?
«¡Bendito abrigo! Necesito uno», pensó. Negó con un gesto imperceptible.
—Usas mi chaqueta, no hay problema.
—Las mías no te quedan —le dijo Biel como para excusar que no le ofrecía la suya, ella le sonrió.
—Le pediré a Alberto que me preste una. —Tomó el teléfono.
—¿Entrarás a su habitación? ¿A Isabel no le molesta eso?
—Están en el lavandero —aclaró ella apenada, bajó la mirada.
Lucas se acercó y le quitó el teléfono. Negó con un gesto.
—Usarás la mía y ya. Vamos. —Le devolvió el teléfono y ella fue tras ellos.
Subieron a Biel atrás.
—¿Y tú chofer? —preguntó Biel.