Un momento inesperado

Capítulo 24: Mariana

Notó que Alberto la miraba intrigado desde el sofá. Estaba trabajando en su portátil, pero la miraba de vez en cuando. Ella hacía algunas piezas en la máquina y atendía a Biel.

—¿Qué? —preguntó Mariana.

—Fuiste con él a pasear.

—Con ellos. No fue una cita. Salí con ellos.

—No me tienes que dar explicaciones, ya te dije. Nada más no creas que Lucas es tu amigo.

—Sí, ya me lo dijiste —respondió e hizo una mueca de dolor. Recostó la cabeza de la mano.

—¿No se te quitó el dolor con el calmante? —preguntó Alberto suavizando el tono.

—No. Me duele la cara de este lado. —Señaló su lado izquierdo.

—¿La cara?

—Como con una presión.

—La muela. ¿No te has sacado la muela del juicio?

—No. Esas son las cordales. ¿No? No me habían salido.

—Pues parece que ahora sí. Son molestas. Debes sacarlas.

—No gastaré en odontólogo ahora.

—Le pediré el favor a Isabel —dijo, sacó el teléfono y comenzó a marcar.

Mariana se quedó petrificada, sintió un nudo en el estómago. «Esa mujer me odia», pensó. No podría.

—No hace falta. Sí voy al odontólogo. Vi uno en el centro que cobra económico —dijo rápido y se levantó de la silla.

—Isabel es odontóloga, se graduó recién, pero ella tiene rato trabajando en un consultorio, estarás bien con ella.

Mariana aspiró aire.

—Isabel, Mariana tiene las cordales, parece que una le está molestando. ¿Puedes atenderla? —preguntó, asintió y miró a Mariana como evaluándola.

Mariana se puso muy cerca de él, negando, juntó sus manos en señal de súplica.

—No parece urgente, pero es mejor salir de eso, porque requerirá descanso y está en lo que te dije. —Colgó.

—No es necesario molestarla, Alberto.

—Vamos, te va a revisar ahora mismo.

—¡Alberto, no!

—Mariana, no te va a sacar los órganos, es una muela.

Ella no quiso decir que no temía a la silla de un odontólogo, sino a esa mujer hermosa y altiva, quien la ignoró y miró con desprecio, y quien constantemente le pedía a Alberto deshacerse de ella. Tragó grueso y miró a los lados. Sacudía su pie de forma frenética.

—¡Mariana! Ya le dije a ella, aceptó. Vamos.

Ella lo siguió resignada, llevando al niño con ella tomado de la mano. Bárbara le caía mal, con ella sentía un impulso de contestarle, de no dejarse, pero con Isabel era diferente, era la novia de su amigo y benefactor, no quería problemas con Alberto. Su novio vivía con una chica y un niño, quería entenderla también.

—Qué pena, no hace falta.

Llegaron al consultorio de Isabel y su asistente los hizo pasar enseguida, ella se quedó con el niño. Mariana vio cómo se saludaron de forma afectuosa y bajó la mirada.

—Cuéntame, Mariana. ¿Qué sientes? —preguntó directa.

—Me duele la cara, la muela, pero siento que es la cara porque es la mandíbula y junto al oído, es como una presión.

—Sí puede ser la cordal, te voy a examinar y te vamos a hacer una placa. Primero vamos a revisarte. Siéntate aquí y abre la boca grande.

Mariana se sintió un poco contrariada por su tono amable y tranquilo, se veía bella y confiable con su uniforme, se sentó y quedó debajo de la lámpara, ella la ajustó un poco hasta que comenzó con su examen.

—Una boca muy sana, no tienes caries, te hace falta una limpieza, puedo hacértela ahora mismo.

—¡No! —gritó Mariana de forma inteligible, Isabel rio.

—Claro que no, con ese dolor no resistirás nada. Puede ser luego, aunque con anestesia todo es posible.

—Voy afuera con el niño —anunció Alberto.

Mariana se preocupó, pensó que, ahora que estaban solas, ella le diría sus verdades a la cara y sería mala, pero Isabel continuaba su exploración, le dio en una parte interna de su boca que la hizo sobresaltarse y hacer una mueca de dolor.

—Sí. Claro, te duele. ¿Verdad? Sí, es que hay una muela allí saliendo, eso te debe molestar mucho.

Palmeó su brazo y apartó la silla.

—Vamos para que te hagan la placa —le dijo y la condujo a un pequeño cuarto. Le tomaron las placas e Isabel solo la miraba con los brazos cruzados con un aire muy profesional.

—Ya las entregarán, me las llevan al consultorio, vamos por Biel para revisarlo.

—¡No hace falta! Qué pena, ya le dije a Alberto que no quería abusar.

—No seas tonta, nada me cuesta, es el ahijado de mi novio —respondió con frialdad.

Biel, como de costumbre, se dejó subir a la silla del odontólogo y se portó bien mientras lo revisaban.

—Este niño está muy tranquilo, pero qué bello, no se queja, no llora, se está portando muy bien —dijo Isabel sorprendida.




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