Vio a Lucas cruzar la puerta. Cerró los ojos y lo llamó, él se giró.
—¿Qué sucede? —preguntó Lucas
—Tu chaqueta. Espera un segundo —dijo y corrió a la habitación, regresó con ella y se la mostró.
Lucas rio.
—Quédatela.
—No necesito tu caridad y tu lástima —dijo ella entre risas, con doble sentido, sentía que él le mostraba mucha lástima y esa sensación no le gustaba. También pensaba que en un futuro cercano necesitaría que le tuviera lástima y no le quitara al niño. Era confuso, pero no quería analizarlo mucho.
—No es caridad, te la quiero dar, te queda bien.
—Algo grande.
—Conozco a alguien que hace trabajos de costura, puedo hablar con ella para que le ajuste algo.
—Es una chaqueta de cuero, no soy tan experta como para modificar una chaqueta de cuero.
—¿Quién dijo que hablaba de ti? —Sonrió de medio lado.
—Dudo que conozcas a otra persona qué sea costurera y le hables. Puedes conocerla, pero seguro la pisas y escupes cuando pasas cerca.
Lucas estalló en risas y negó.
—Claro que no. ¿Por quién me tomas?
Mariana se encogió de hombros, reía mucho.
—Por un pesado.
—Mira, es una chaqueta, no te queda tan grande, eres una chica, puedes usarla, se te ve bien, créeme —insistió.
—Me la voy a quedar, pero tienes que aceptarme un regalo a cambio.
Lucas se cruzó de brazos y puso una expresión divertida.
—A ver, sí. Lo acepto. ¿Qué me vas a dar?
—Espera un segundo, siéntate —le pidió ella con misterio.
Él se sentó en el sofá y se reía divertido. Ella corrió entonces a la habitación, regresó con una pequeña caja y cuidando de que Biel no la viera, estaba entretenido jugando. Le tendió la caja a Lucas, quien la miró con una mueca graciosa, la tomó y la abrió.
—¡Asco! ¿Qué es esto?
—¡Silencio! —le murmuró ella, cubrió la boca de él con su mano y abrió muchos los ojos, insistía en que callara. Él la miró fijo a los ojos, su mirada era muy intensa y la incomodó un poco.
—No puedes decir nada, era de Biel, insistió en tenerla y ahora ni la mira, ni pregunta por ella y es un estorbo, debo darle comida, limpiar sus porquerías, no la quiero —dijo Mariana. Notó que sonreía, Lucas asintió, y ella lo soltó.
—Esto no es un regalo, me estás dando uno de tus problemas. —Rio con burlas—. Pero, ¿qué voy a hacer yo con una tortuga? Huele mal además.
—Es un regalo. Te lo doy, no puedes ser descortés. Deshazte de ella si quieres, pero habrás sido tú, no yo.
—Estás loca. ¿Y sí Biel pregunta por ella?
—Le diré que te la presté. Porque se parece a tu novia y te la recuerda. —Rio.
Lucas rio con ella negando con la cabeza.
—La voy a tomar. Tú te entenderás con Biel por esto —dijo—. Me alegra que no estés tan triste.
Mariana ensombreció su expresión y le sonrió con timidez.
—Gracias por la chaqueta.
—Entiendo que no fue fácil reencontrarte con tu madre, pero fue imprudente llevar al niño.
—Creí que le gustaría verlo, que al verlo se ablandaría —dijo con semblante triste. Hizo una mueca como para evitar llorar.
—Bueno, no te atormentaré más con ese asunto. Debo irme. Que estén bien. —Se levantó y tomó la caja con la tortuga señalándosela. Ella sonrió.
Esperó a que él se fuera. Tomó a Biel y lo hizo tomar la siesta y, tal como predijo Lucas, esperó a que el niño durmiera para entregarse a un llanto desconsolado. Se esperaba que su madre la recibiera con frialdad, con distancia, pero nunca con el odio y la rabia con el que la trató. Le pidió irse lejos y no volver, que la habían hecho ya pasar vergüenza, que se olvidara de ella y de su padre.
«Eres mayor de edad ¿Qué quieres?, ya vete», esas palabras se repetían en su mente una y otra vez. «¿Qué quería? Ver a mi madre, la extrañaba muchísimo», pensó. Lloró con amargura preguntándose porqué era tan dura con ella. Valoró que era peor que los Napolitano, ellos buscaban a Mateo, eran tóxicos, pero lo querían, a sus padres no les importaba su paradero. Todo estuvo bien con ellos hasta que decidió ir con Ana.
Ella seguía enviando mensajes de felicitaciones los días de sus cumpleaños, el día de padre y el día de la madre, en su cumpleaños les enviaba un mensaje agradeciéndoles haberla tenido, nunca recibía respuesta, pero ella se sentía bien con ella misma, eran ellos los que se resistían a reconciliarse, ella hacía los esfuerzos. Ella actuaba bien, ellos no. Sonó el teléfono y atendió limpiándose las lágrimas.
—¡Hola! —dijo Lucas sobre la línea.
—¡Hola! ¿Qué pasó? ¿Ya te cansaste de Rosenda?
—Para eso llamaba. ¿Cómo se llama la tortuga? ¿Estabas llorando?
—No. Claro que no. Pues ya sabes, se llama Rosenda.
—¿Quién le puso ese nombre tan feo?