Un momento inesperado

Capítulo 32: Alberto

Tras una atención rápida en la enfermería del juzgado, Mariana reaccionó, fue necesario darle un calmante. Alberto no esperó al abogado, llevó en brazos a Mariana hasta su auto y la sentó en el lado del copiloto, la vio acurrucarse en el asiento con la mirada perdida, muchas lágrimas recorrían sus mejillas, Alberto le retiró algunas y acomodó su cabello, la abrazó antes de poner en marcha el auto.

—Podemos apelar en otra instancia, debe haber mano negra de los Napolitano, esa jueza se veía muy nerviosa. Lo arreglaremos. Lo prometo.

—¡Ana, ayúdame! —Sollozaba Mariana—. No dejes que nos separen.

Ella reanudó su llanto desconsolado. Alberto besó sus cabellos y quiso aguantar sus ganas de llorar, pero no pudo, lloró con ella, se abrazaron por un instante.

—Tienes que ser fuerte como siempre —le dijo Alberto.

—¿Cómo voy a estar sin él? Él me va a extrañar, no ha vivido con alguien más, somos él y yo, no lo voy a resistir, Alberto, no puedo, él es mío, mi bebé, mi sobrino, mi hijo, mi niño, mi vida. Lo único que me quedó de Ana. Duermo con él, me despierto con él, como con él, no voy a vivir, Alberto, si me lo quitan. No puedo. —Lloró y soltó un grito ahogado.

—¡Mariana!

—¿Cómo se los voy a entregar? No puedo, no quiero, llévame lejos, Alberto, me lo quiero llevar ya, no se los puedo dar.

—Siento que te fallé, le fallé a Mateo y a Ana, no los he cuidado como debía —se lamentó Alberto.

—No es tu culpa —lo consoló ella.

—No puedes estar así delante del niño, ya le avisé a Isabel, lo mantendrá en el parque.

Ella se recostó de la ventana con los ojos cerrados. Empezaba a hacer efecto el calmante. Alberto le dijo a Isabel, quien se puso a llorar enseguida, Alberto debió regañarla para que se mantuviera tranquila delante del niño. «Espero que no sea traumático para Biel», pensó Alberto. Manejó con cuidado, estaba triste, abatido y confundido, guardaba la débil esperanza de que Lucas no actuara de esa forma, pero también sabía que la presión que su familia ejercía sobre él era intensa.

Llamó el abogado.

—¿Sí?

—Mañana la emiten, la sentencia. Podrá visitarlo con un régimen que tendrá que acordar con los Napolitano. —Suspiró—. Ya manifesté la intención de llevar a otra instancia esa decisión. La jueza debió recusarse. Los negocios de su marido con los Napolitano…

—Sí, lo sé. Fue una trampa siempre, nunca hubo oportunidad.

—¿Cómo está Mariana?

—Se está quedando dormida.

Al colgar con el abogado no se resistió y llamó a Lucas.

—¿Alberto? —Su voz sonaba apagada.

—¿Estás contento? Por favor, no te vayas a llevar al niño de forma abrupta. Mariana está muy mal.

—No pensaba hacerlo así, Alberto, ojalá pudieras entender.

—No puedo, Lucas, no puedo entenderte, cada día con su actuar solo me confirman que Mateo tenía razón. Te pido —se giró a ver a Mariana que ya dormía—, te ruego, te suplico que, por favor, dejes las cosas como están y le dejes el niño a Mariana, estarás en su vida, tu familia también. ¡Por favor, estoy suplicándote!

Lo oyó suspirar a través de la línea.

—Lo mismo le digo a ustedes, Alberto, eres su padrino, ella es su tía, estarán en su vida, no los echaré. Conmigo estará mucho mejor, con mejor educación, mejor vivienda y calidad de vida. Las oportunidades que yo le puedo dar…

—No tienes que tenerlo contigo. Puedes darle todo eso sin quitárselo a Mariana, ¿o aún crees que ella es una vividora que te quitará tu dinero?

—No, claro que no. Sé que es buena chica, pero es eso, una chica, casi que necesita que la terminen de criar a ella.

—Es más fuerte e independiente de lo que parece. Ella ha podido sola todos estos años. No te necesita, ellos no te necesitan.

—Biel me necesita. No tiene a su padre vivo.

—No vas a cambiar de opinión. Te vi sinceramente preocupado por Mariana y pensé que podías recapacitar.

—Me preocupa, pero será peor si no lo hago yo. Ella estará en su vida, te lo garantizo.

Colgó y se sintió frustrado. Entendió las palabras de Lucas. Si la acción la tomara sus padres, si sus padres o Claudio lideraran el asunto de la custodia de Biel, no dejarían que Mariana lo viera nunca más. Solo faltaba ver que Lucas cumpliera su parte, sin embargo, igual estaba dispuesto a seguir luchando.

Al llegar, bajó a Mariana cargada, ella se despertó y pidió que la bajara. Se abrazó a él de nuevo sin emitir sonido.

—Si me voy ahora, podré estar muy lejos para cuando vengan por el niño.

—¡Mariana! Ya no puedes hacer eso. Basta de huir, será peor. ¡Escúchame!

—No quiero, quiero quedármelo.

—No le darás una vida normal entonces. Y eres la segunda a ocuparte de él si a Lucas le pasara algo.

Ella asintió y lloró de nuevo, estaba algo débil y somnolienta. Alberto la hizo acostarse en su habitación. Ahora temía dejarla sola con Biel. Llamó a Isabel.




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