Un momento inesperado

Capítulo 33: Lucas

Miraba a su familia: estaban felices celebrando, haciendo planes, y no podía sacar de su cabeza la imagen de Mariana, lo dolida que se veía. Destruida. Miró a Bárbara, que conversaba con su madre, sonreía y finiquitaban los detalles para la fiesta de cumpleaños de Biel, le pareció absurdo que Biel pasara su cumpleaños con Bárbara, a quien había visto siquiera un par de veces, en lugar de con Mariana, a quien consideraba su madre.

—Debo irme —anunció. Se levantó de la mesa y salió de prisa para no dar explicaciones. Bárbara fue tras él.

—¿Qué pasa? ¿A dónde vas? ¿Qué puede ser más importante?

—Debo poner en orden algunas cosas antes de llevar al niño a la casa.

—Tu mamá me está diciendo que deberías traerlo para acá. Así no estará con extraños cuidándolo. Tú y yo trabajamos y quedaría con niñeras. Ella lo puede atender. Muere por hacerlo.

«Y tú por no hacerlo», pensó Lucas, pero también pensó que después de todo no era su obligación y no tenía porqué hacerlo, no era justo pedírselo y esperar que lo hiciera gustosa.

—Después veré eso. Debo irme ahora —dijo, le dejó un ligero beso sobre los labios y salió rápido antes de que su padre lo detuviera.

Mientras manejaba rumió las palabras de Alberto. No había salida fácil en la situación. Su padre iría por la custodia si él no lo hacía. Él dejaría que Mariana estuviese en su vida y siguiera siendo su madre, todo estaría bien, Mariana podría estudiar y tener tiempo para ella. Estacionó el auto y aspiró aire con dramatismo, pasó la mano por su cara y notó que no se había afeitado en días, se quitó la chaqueta y la dejó dentro del auto, se acomodó el cabello y subió, botaba aire por la boca de forma exagerada, estaba nervioso, no sabía qué hacía allí, pero sentía que debía ir. Se arremangó las mangas de la camisa y tocó la puerta.

Después de un par de minutos, se convenció de que no abrirían o no estarían allí, pensó por un microsegundo en las palabras de Claudio. «¿Habrá huido?», quizás Mariana sola lo habría hecho, pensó Lucas, pero Alberto no, él no dejaría que lo hiciera ahora con una sentencia de la corte. «Alberto», pensó que podrían estar en su apartamento. Llegó hasta allí y tocó la puerta. Comenzaba a sudar.

Se abrió la puerta y vio a Isabel acomodándose la cartera, le dedicó una mirada de reproche y le volteó los ojos.

—Sí, solo debo atender a un par de pacientes, regreso cuando termine. Espero que estén bien —dijo y salió sin siquiera dirigirle la palabra a él.

Entró sin esperar a que lo invitaran a una casa de donde incluso tenía copia de las llaves. Miró a Alberto, que yacía sentado en el sofá con expresión de cansancio.

—¿Y Mariana?

—Duerme. Isabel acaba de acostar al niño junto a ella. Él se durmió hace un par de minutos.

—Lo siento, Alberto, sé cómo se ve todo, pero estoy haciendo lo mejor que puedo hacer. ¿Por qué no lo ven?

—¿Por qué no ves tú lo que estás haciendo?

—Ella está mal, lo entiendo, pero esto no es sobre ella. No la creí nunca una persona egoísta, pero así se comporta, esto no es sobre ella, es sobre el niño.

—Y el niño brincará en un pie cuando lo separes de la que ha creído su madre todo este tiempo. —Gesticuló con las palmas abiertas.

—Será poco a poco, Mariana deberá ayudarme en ese proceso.

—De paso quieres que te ayude.

—Es por el bien del niño. Si lo que dices es cierto, a ella le convendrá ayudar a que esto pase por una transición armoniosa. Vengo diciéndoselo desde hace rato, pero es una chica inmadura.

Alberto bufó y negó con la cabeza.

—Has estado sacándola de paseo, comprándole regalos, confundiéndola, haciéndote pasar por su amigo, manipulándola, tratándola como si fuera una boba, es una chica muy inocente y buena, tanto que te creyó, a pesar de que se lo advertí, que no confiara en ti. Ella decía que eras amable con ella, estaba muy convencida de que no le quitarías el niño.

Lucas cerró los ojos y expresó un gesto de lamento. Aspiró aire con fuerza.

—No estaba manipulándola, ni nada. Me agrada, creo que es buena chica, ya te dije. Pero ella no puede criar a Biel.

—¿Qué haces aquí? ¿Te llevarás al niño ya? —preguntó Alberto, se puso de pie y le señaló la puerta.

—Quiero ver a Mariana.

—Está dormida, debí darle un calmante, estaba mal.

—Esperaré.

Alberto lo miró con desdén, fue hasta el área del bar y le sirvió una bebida, se la tendió y Lucas la tomó, lo miró sorprendido. Se sentó junto a él.

—Lucas, te pido como un favor, por la amistad de tantos años que tuvimos y por el cariño que si le tengo a tu familia a pesar de todo, y por cariño que le tenía a Mateo, que, por favor, hagas las cosas con delicadeza. No hagas sufrir más a Mariana, no te perdonaría que hicieras sufrir al niño.

—No es mi intención hacer sufrir a nadie. Los cambios son duros siempre. Haré todo con mucha delicadeza como pides.

—Dios —exclamó Alberto lamentándose.

—Son hermanas de sangre —dijo Lucas.




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