Alberto le dejó un té sobre la mesa de centro y la abrazó, besó sus cabellos y la apretó a él.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? Te aprecio mucho. Eres una gran chica, Mariana, no estás sola, has sido muy fuerte y muy valiente, tienes que seguir siéndolo. Entiendo que estés muy abatida, pero necesito que recuperes un poco de tu brillo. Biel lo necesitará.
—¿Cómo puedo, Alberto? Siento que no tengo alma, que me abandonó.
—Esa decisión se puede revertir.
—Pero ¿cuándo? ¿Y si vuelvo a perder?
—Te juro que me robo al niño y me escapo contigo, pero agotaremos primero las vías legales. Lucas… creo que duda. Podría aún convencerlo.
—Es malo, lo odio, me engañó. Es muy malo, como decía Mateo.
—No te engañó, tú decidiste creer lo que quisiste, te advertí.
—Tienes razón, disculpa.
—No te disculpes.
—¿Mami, ya te sientes bien? —preguntó Biel bostezando desde la puerta.
—No, bebé, aún me siento algo mal. —Se levantó hacia él y lo abrazó fuerte.
—Ya va a ser mi cumpleaños.
—Sí y tú tío Lucas nos ayudará. Mañana —hizo una pausa para contener las ganas de llorar, sonrió—, vas con él, para que yo me mejore y puedas planificar con él la fiesta. ¿Quieres?
—¿Y cuándo vas a ir tú?
—Después, cuando me sienta mejor.
Biel la abrazó y besó sus sienes.
—Así se te quita.
—Gracias, mi amor, así se me va a quitar.
—Vamos a la casa —dijo.
Mariana miró a Alberto.
—Si quieren, pueden quedarse hoy. ¿No quieren?
—No, yo quiero mi casa —dijo Biel.
—Ya nos vamos —dijo Mariana. Se abrazó a Alberto y se despidió de él—. Gracias por todo.
Ya en el pequeño apartamento, Biel corrió a su habitación, ella lo siguió y lo observó. Sacó una caja de dulces de una gaveta y seleccionó con cuidado, sacó cuatro y los colocó sobre la cama. Cerró la bolsa donde los tenía dentro de la caja y lo metió dentro de la gaveta. La cerró. Tomó dos de los dulces y se los llevó a ella.
—Toma, mami. Para que no estés triste.
—¿Estoy triste?
—Sí. Porque te sientes mal. ¿Sí me los puedo comer? —preguntó con una risa cómplice.
—Sí, puedes comerlos.
Esa noche después de cenar se acostó en la cama junto a él, besó sus cabellos y esperó a que se durmiera. Acomodó su ropa en pequeñas maletas y no dejó de llorar mientras las hacía, dejó algunas cosas en el armario. Acomodó sus zapatos. Se quebró y fue a llorar a la sala para no despertar a Biel.
«Perdón, Ana. Perdón, Mateo. Me lo dejé quitar». «No puedo dejar que me lo quiten», pensó. Sopesó que aún no era tarde para huir como planificó, no contaría con Alberto, sabía que pensaba que era una locura y no se arriesgaría a pedirle ayuda a Isabel, lo haría sola. Se levantó llena de un impulso enérgico y se asomó por la ventana, sonrió sola y se cubrió la boca. La ciudad dormía, las calles estaban solas y apenas iluminadas.
«Puedo hacerlo, puedo irme ahora mismo con Biel». Sabía dónde conseguir papeles falsos en la ciudad. Volvería a Bahía, pero a una zona distinta, no la buscarían allí, tenía menos dinero, aunque eso no sería problema, cargaría con pocas cosas, entre ellas su máquina de coser. Con los ahorros del trabajo que hizo para la campaña de moda podría alquilar algo discreto y amoblado en Bahía, o ir a aquel lugar que estaba a su nombre y no quería usar, lo haría si tenía que hacerlo. Tendría que olvidarse de Alberto, no lo podría perjudicar.
Corrió a su habitación y arregló un bolso para ella también, algo pequeño, no tenía mucho. Se dio un baño, recogió artículos de aseo personal en una pequeña bolsa y recogió algunas cosas de la cocina para comer en el camino. Cuando creyó tener todo, cargó a Biel fuera de la cama como pudo, pesaba mucho, y al final se despertó.
—¿Qué pasa, mami? ¿Nos vamos?
—Sí, a Bahía, como antes, mi amor, solos tú y yo. ¿No quieres?
—Sí, sí, mami, eso quiero. ¿Pero y mi cumpleaños?
—Tu tío Lucas irá después.
El niño asintió y la abrazó fuerte, le besó la frente y se sacudió para que lo bajara.
—¿Ibas a dejar mis dulces?
Mariana rio esperanzada.
—Lo olvidé de verdad. Búscalos.
Biel salió de la habitación con dos bolsas llenas de dulces, los guardó en el bolso de mano de Mariana. Ella se rio, era mucho.
—Y los juguetes, mami.
—No podemos llevar todos. Trae solo un poco.
Trajo varios y decía que quería llevarlos todos. Mariana asintió y sacó parte de sus cosas y guardó sus juguetes.
—Vamos, mi amor.
Cerró el apartamento, estaba convencida de que no volvería jamás. Le sonrió a Biel y llamó al ascensor. Entró con algo de dificultad, un bolso de ella con juguetes de Biel, dos maletas de Biel y la máquina de coser, pequeña pero pesada.