Un momento inesperado

Capítulo 35: Mariana

El taxista le sonreía con excesiva amabilidad y la miraba por el retrovisor, tanto que ella comenzó a ponerse nerviosa. Apretó mucho a Biel, quien dormitaba. Sacó su teléfono del bolso y lo mantuvo en su mano desbloqueado, buscó un mensaje plantilla de emergencia y se mantenía a la expectativa. El hombre recibió una llamada y ella tragó grueso, analizaba cada uno de sus movimientos, estaba temblando ya.

—Señorita, disculpe, debemos volver al edificio, olvidé entregar mi carnet, debo hacerlo porque está será mi última ronda —explicó.

Mariana asintió con nerviosismo. Llegaron al edificio nuevamente, el hombre se giró para verla.

—Lo siento —dijo, y se bajó del auto.

Ella se quedó confundida mirando a los lados, tocaron a la ventana, miró nerviosa y era Alberto. Cerró los ojos y negó. La atrapó. Quiso llorar. Bajó la ventanilla del auto de forma manual.

—¿Te ibas sin despedirte?

—Alberto, yo…

—Yo te entiendo, pero esto no está bien. Elige tú. Ya estás en ese taxi montada, puedes decirle al taxista que te lleve o bajarte y hacer lo correcto.

—¿Lo correcto? Me lo van a quitar, yo sé esconderme.

—No, Mariana.

—¡Alberto! Se lo van a llevar —murmuró con lágrimas en los ojos.

—Sé que hasta ahora te he fallado, pero dame una oportunidad, una sola, te prometo que todo estará bien, no lo empeores. Si haces esto, no tardarán en encontrarte y a la cárcel vas a ir a tener, no podrás estar en la vida de Biel. Hazme caso a mí, que quiero el bien de los dos.

Mariana miró de frente y lloró amargamente, su pecho bajaba y subía, su rostro se congestionó. Lloraba desolada, Alberto chasqueó la lengua y abrió la puerta del auto, la ayudó a bajar, cargó a Biel y la abrazó.

—¿Lo ayudo con las maletas, señor? —preguntó el taxista.

—Por favor, sí. Y muchas gracias. Disculpe las molestias.

Ella se mantenía pegada a él. Ella debió abrir el apartamento que cerró pensando que no vería más. Alberto pasó hasta el cuarto de Biel con él cargado. Mariana permanecía acostada en el sofá llorando. Cuando regresó de la habitación hizo que se incorporara y la abrazó, tomó el rostro de ella entre sus manos.

—No estás sola, me duele cuando crees que lo estás, porque estoy aquí, para ti, para Biel, para los dos. Me duele que pensaras irte así, no sabría más de ustedes y no podría ayudarlos.

—No se lo quiero entregar mañana, no voy a poder, Alberto. Me muero.

—Yo lo haré. Estaré aquí contigo. Ahora mismo me quedaré aquí.

Alberto guardó las cosas de Mariana en la cocina, en el baño y en su habitación, ella solo lo seguía con la mirada. Lo vio reír cuando notó los dulces y los juguetes, sus miradas se cruzaron y Alberto se los señaló.

—Esto me dio ternura, pero tristeza a la vez. Lucas no sabe lo que está haciendo. Lo haremos recapacitar.

—¿Cómo supiste que me iba? —preguntó con voz monótona.

—Hugo, el vigilante, me llamó, yo le había advertido que te echara un ojo. Me dijo que le pareció raro que tú llevaras tantas maletas y yo no estuviera ayudándote, no se creyó lo de que Isabel y yo te alcanzaríamos luego, él ya le había advertido al taxista que si se lo indicaba debía regresar. Que quizás estabas huyendo.

Mariana negó con la cabeza. Alberto se hizo espacio junto a ella en el sofá y se quedaron dormidos. Un golpe contra la puerta la despertó. Estaba adolorida, miró la hora y eran las siete de la mañana, apartó a Alberto y se levantó. Recordó lo que había pasado el día anterior y se sintió miserable y triste, se asomó por el hoyo en la puerta. Era Lucas.

Lloró contra la puerta y terminó enrollada en el piso llorando mientras él seguía tocando. Alberto se despertó y le preguntó qué pasaba.

—Lucas está aquí.

Mariana abrió la puerta y lo miró a los ojos.

—Es demasiado temprano —dijo ella entre llantos.

—Mariana. ¡Por favor!

—¡Por favor, tú! —le dijo y se echó sobre su pecho, lloró y él la abrazó. Frotó sus brazos y apoyó su cabeza sobre la de ella.

—Necesito que te calmes —le dijo Lucas con tono amable. Todo va a estar bien. Te lo prometo, no tienes que ponerte así. Serán unos días. Los fines de semana lo tendrás aquí.

Ella negó y se apartó de él. Se echó sobre el sofá y se acurrucó con los cojines, se puso en posición fetal. Oyó a Lucas suspirar.

—El niño ni se ha despertado —dijo Alberto.

—¿Lo puedo esperar en tu casa? —preguntó Lucas con débil tono de voz.

—Sí, ve. Debes tener la llave. En un momento voy con el niño.

—Bien.

Mariana no quiso mirarlo, mantuvo el rostro contra el cojín. Oyó la puerta.

—Mariana. Hagamos esto, es duro, yo sé, pero más temprano que tarde estarás de vuelta con el niño como antes.

Mariana siguió a Alberto, quien despertó al niño y lo preparó para entregarlo. Mariana le sirvió desayuno.




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