Un momento inesperado

Capítulo 36: Lucas

Se sentía destruido. Abatido. Dudó de llevarse al niño, ahora tenía una sentencia emitida por una corte y su familia esperándolo. Suspiró desesperado, buscaba más aire que respirar. Le dolió el alma ver a Mariana así y quiso llevarla con él también. No era lógico hacerlo, estaba fuera de sí y confundido, le confió la situación a su lado racional, debía llevarse al niño y eso haría. Aunque no se sentía feliz, estaba triste y destrozado. Mariana le importaba más de lo que se había dado cuenta y eso lo motivó a no doblegarse, no podía sentir nada por ella, no era lógico ni estaba bien, era lástima lo que sentía por ella, eso debe ser, se dijo.

Cuando se abrió la puerta del apartamento de Alberto, vio pasar a Biel, y Alberto cargaba sus maletas. Las colocó en el suelo y los hombres se vieron con cautela, Biel corrió hacia Lucas y se abrazó a sus piernas, Lucas rio y se levantó. Sacó de detrás del mueble un pequeño auto rojo convertible, Biel brincó sin parar sobre el mismo punto.

—Un carro, un carro, vamos a mostrárselo a mi mamá, tengo un carro, padrino, la puedo llevar ahora al centro —gritó emocionado, Alberto y Lucas se echaron a reír.

—Yo creo que ella no cabe —dijo Alberto divertido.

—Lo hacemos más grande. ¿Verdad, tío?

—Claro.

Biel se subió al auto y Lucas lo ayudó a encenderlo, la cara de felicidad del niño iluminaba todo el apartamento, avanzó en el pequeño auto con las manitas al volante y hasta la puerta muy derecho, Alberto hizo un gesto de que estaba sorprendido y Lucas le mostró el control remoto que lo conducía, Lucas abrió la puerta y Biel salió, lo detuvo con el control un segundo.

—Despídete de tu padrino.

—Chao, padrino, nos vemos en mi fiesta. ¡Yuju!

—Nos vemos, Biel —respondió con la voz quebrada, y pasó a Lucas las maletas, Lucas asintió con un gesto y se dio media vuelta. Notó que Albero lloraba.

Se abrieron las puertas del ascensor y Biel seguía manejando su pequeño auto, así estuvo hasta la planta baja, reía y gritaba en el lobby que era mucho más grande y el auto tomó más velocidad. El vigilante le sonrió y corrió a abrir las puertas para ellos. Cuando estuvieron frente al auto de Lucas, detuvo todo y cargó a Biel fuera, guardó las maletas y el auto, y lo sentó en la parte de atrás.

—¿Me dejas manejar este auto?

—No. —Rio Lucas.

Al llegar a su apartamento, toda su familia lo esperaba con globos, decoración infantil, comidas y bebidas, había una pequeña fiesta de bienvenida improvisada, y Lucas se molestó, les advirtió que no hicieran nada de aquello, al niño le dirían la verdad poco a poco, le lanzó una mirada rabiosa a Bárbara. Biel se vio confundido y se quedó estático.

—¿Ya es mi fiesta? —preguntó.

—No, mi amor, es una bienvenida porque no habías venido a la casa de Lucas. ¿Cierto? —dijo su abuela. Él niño asintió y la abrazó, le dejó un beso en la mejilla y ella le hizo mimos.

—Qué hermoso, dios te cuide, mi Biel Mateo, eres muy hermoso, bienvenido, mi niño —dijo ella al borde de las lágrimas.

Todos celebraban con el niño y él no dejaba de pensar en Mariana. Caminó de prisa hacia donde estaba Bárbara.

—Ven —le dijo con tono molesto.

—¿Te gustó, mi amor? ¿La sorpresa?

—¿Qué sorpresa? Te dije claramente que mucha discreción, que no estuvieran todos, y mucho menos una fiesta, el niño por ahora cree que lo cuidaré porque Mariana se siente mal.

—Ya se enterará de la verdad, es mejor, míralo feliz, no se baja de su pequeño auto —respondió.

—Eso no lo decides tú, Bárbara. Te agradezco todo, de verdad te agradezco el apoyo en estos años, pero no creas ni por un segundo que puedes tomar ese tipo de decisiones con el niño.

—¿Qué? Pero lo habíamos hablado, yo seré su madre y claro que puedo…

—Tiene madre, es Mariana, tú eres mi novia.

—¡Lucas! Ella te gusta. ¿La quieres? —preguntó angustiada.

—¡Por Dios, Bárbara! ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? El niño ya tiene una idea de que ella es su madre, si eso va a cambiar deberá de ser de forma gradual, no quiero que el niño sufra, no es para eso que lo busqué y no es tu obligación cuidarlo. No te pediré eso.

—Ahora ella es su madre y tú tienes la custodia. ¿Cómo va a funcionar eso más o menos? —pregunto llorando.

—¿Ahora ella es su madre? Lo ha sido desde hace años.

—¿Y por qué se lo quitaste?

—Lo vamos a compartir. Ella es su familia, pero nosotros también.

Ella bufó.

—Para eso no tenías que quitárselo.

Se quedó en silencio, era cierto, pero sus padres sí lo harían sin contemplación, por eso lo hacia él.

—No quiero pelear contigo, te agradezco mucho, pero esto fue demasiado, que dure poco, no quiero al niño muy agitado —dijo. Ella asintió.

—Ya está todo bien, hijo, han sido días duros, pero al fin la familia está completa —dijo su padre. Él asintió con una media sonrisa en los labios, estaba cansado.




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