Tocó a la puerta con el niño en brazos. No abrían. Esperó un segundo más antes de usar la llave que le entregó Alberto, si Mariana no estaba, debería ir con Alberto o con su madre, pero esa sería la última opción. Reconoció en ese instante porqué Mateo acudía a su amigo, porqué siempre prefería ir con Alberto antes que ir con él. No le perdonaría aún lo de esconderle la existencia y el paradero de Biel, pero lo entendía y lo extrañaba. Como no abrían, usó la llave.
El apartamento se veía en orden, pero vacío, no había nada en la cocina y el área de trabajo de Mariana permanecía igual, parecía que no la hubiese tocado en días. Acostó a Biel en el sofá y tocó su frente, aún ardía y se preocupó, la enfermera le dijo que no debía dejar que le subiera mucho la temperatura, ya le había dado la medicina, sin embargo, la fiebre no cedía, se desesperó por un instante, «puede convulsionar o algo peor».
Fue a la habitación de Mariana y estaba vacía. Fue a la habitación de Biel y ahí estaba ella, dormida en la cama de Biel, abrazada a su almohada. Llevaba la misma ropa del día que él se llevó a Biel. La movió para despertarla y ardía en fiebre también, se llevó las manos a la cabeza. «¿Y ahora?».
—Mariana, aquí está Biel. ¡Mariana! ¡Por favor, despierta! ¡Mariana! El niño tiene fiebre, te necesito, y tú también.
Dejó de moverla y llamó a Alberto.
—¿Qué pasó?
—Estoy con el niño en el apartamento de Mariana, está prendido en fiebre, ella también. ¡Ayúdame!
—Estoy con Isabel aquí en el apartamento, ya vamos. —Colgó.
Llevó a Biel a la cama con Mariana y lo acostó a su lado. Mariana se despertó por fin y lo miró extrañada, miró a los lados y, al ver a Biel, se echó a llorar y lo abrazó.
—Está hirviendo.
—Como tú. Tómate esto, es de él, pero debe hacerte efecto.
—No, es pediátrico, no me hará nada. Debo tener en… no sé… no recuerdo.
—Ya vienen Alberto e Isabel.
Mariana se recostó en la cama de nuevo abrazada a Biel, besó sus mejillas y lloró, pero trató de levantarse, Lucas notó que estaba débil y la sostuvo.
—Quédate aquí. Dime qué busco y lo hago.
Ella le dio las explicaciones y él corrió por el apartamento, escuchó la puerta y abrió, eran Alberto e Isabel, ella enseguida le quitó lo que tenía en las manos y fue a atender a Mariana y a Biel.
—¿Qué pasó? —preguntó Alberto.
—Biel tiene dos días con fiebre y Mariana está igual, lleva la misma ropa de hace dos días. ¿No la habías visto?
—No, Isabel y yo le insistimos en que nos acompañara en el apartamento, pero dijo que tenía muchos encargos y que prefería concentrarse en eso, le escuchaba la voz quebrada, pero suponía que seguía triste, no nos abrió la puerta, la llamamos y dijo que quería dormir.
—Creo que ni ha comido —dijo Lucas.
Alberto cerró los ojos y se lamentó.
—Solo le fallo una y otra vez, debí estar pendiente, debí suponer que no estaba tan bien, pero insistió mucho en quedarse sola, apenas me escribía mensajes.
—Voy a prepararle algo de comida —dijo Lucas.
Alberto lo miró con extrañeza.
—¿Ahora cocinas?
—Algo aprendí a hacer —contestó, y caminó con confianza hacia la cocina.
Lucas cocinó una pasta como vio a Mariana hacerlo la vez anterior, y buscó en internet, hizo suficiente para todos. Una vez que estuvo lista la comida se acercó a la habitación.
—¿Y bien? —preguntó desde la puerta.
—Se le bajó la fiebre a los dos, pero Mariana está muy débil.
Lucas le tendió un vaso de jugo de Naranja con zanahoria, Alberto e Isabel intercambiaron miradas, Alberto lo tomó en sus manos y se lo dio a Mariana, ella lo bebió y afirmó confirmando que estaba dulce, se sentía mejor.
—Mientras come, ya está lista la comida, pero quizás sea un poco pesada —explicó Lucas.
—Me baño y como.
—Cuidado, Mariana, estás muy débil —le advirtió Isabel.
—Alberto, por favor, pasa al niño a mi cuarto —dijo Mariana, y miró a Lucas, como pidiendo permiso, comprendió Lucas que ella no sabía porqué estaban allí, si se llevaría el niño de vuelta. Lucas asintió.
Lucas sirvió la mesa para los cuatro, Biel aún dormía. Mariana salió envuelta en una bata de baño y el cabello muy húmedo, descalza.
—Mariana no has debido de lavarte el cabello y ponte zapatos —la regaño Isabel.
—Ya me lo seco, no quiero que Biel me vea tan fea —dijo, y todos rieron.
—Después de comer, Mariana cambió las sábanas de la habitación de Biel, y acomodó más almohadas allí. Lucas la veía desde la puerta.
—Estabas muy mal —le dijo él.
—No me quería levantar de la cama —dijo ella.
—El niño también estaba mal, debí llamarte y buscarte desde el primer momento, pero pensaba que, si el niño debía quedarse conmigo, tenía que saber manejarlo.