Un momento inesperado

Capítulo 39: Mariana

Cuando cerró la puerta, al ver salir a Lucas, gritó alto y fuerte; pensó que quizás la escuchó, pero no le importó. Tenía a Biel, no se lo quitarían, no los separarían más. Corrió a su habitación y abrazó a Biel, quién veía televisión arropado en la cama de Mariana.

—Mi amor, te amo, estoy feliz de que estemos juntos, no nos vamos a separar más.

—Claro que no, mami. ¿Por qué no podemos tener un televisor como el de la casa de mi tío Lucas?

—Este vino con el apartamento. Eso nunca te importó antes.

El niño se encogió de hombros y suspiró mientras continuaba avanzando en los canales de televisión con el control.

—No sabía que había unos tan grandes. Tengo uno, mi tío Lucas dijo que era mío. ¿Me lo puedo traer?

—No, Biel, esas son solo cosas. Ya hay un televisor aquí.

—Pero aquel es más grande y es mío —espetó.

Ella tocó su frente. No estaba enfermo.

—Deliras, pequeño.

—Bueno, así cuando vaya a donde mi tío Lucas tengo ese televisor allá, y tengo un cuarto, mami, es muy grande, y mi cama es un carro rojo grande, y mi tío dice que rueda.

—Creí que la habías pasado muy mal allá, qué Lucas no sabía cuidarte —comentó con picardía en un gesto de complicidad.

—No sabe, mami, no sabía cómo hacer nada. —Hizo un gesto de desdén con la mano.

—¿Pero te agrada tu tío?

—Sí, todos, todos ellos, mi tío Jonás es el que más sabe de videojuegos, me enseñó mucho, y mi tío Claudio, él me da muchas cosas, muchos juguetes y dulces, ropa y de todo.

—Ya veo —comentó Mariana contemplando su cara, mirándolo sin creerse que estaba con ella de nuevo—. ¿Y tus abuelos?

—Me aman, me adoran mucho.

—¿Y Bárbara?

—Ella es tonta.

—¡Biel! No está bien que digas esa palabra, ya te la he oído varias veces.

—Es que es tonta, mami.

Mariana lo observaba y pensaba que Biel adoraría a Mateo, él era tan cariñoso y zalamero como ninguno de sus hermanos. Ana sería más estricta con él, «si tan solo su hermana lo hubiese visto crecer», pensó, después se dijo que no tenía cómo saber si de hecho no lo veían, desde donde estuvieran, siempre se sintió acompañada por ellos de alguna forma.

—¿No te sientes mal? Vas a dormir hoy conmigo porque quiero saber si vuelves a enfermar.

—Y yo te cuido a ti, para que no te vuelvas a enfermar.

—Gracias, mi amor, eres mejor que todos los médicos.

—Menos Isabel.

—Ella no es médico, es odontóloga.

—Bueno, mami, un médico de los dientes.

Mariana rio.

—Sí bueno, una doctora de dientes. —Besó su frente y lo abrazó, se sentía feliz y completa. «No necesitaba nada más en la vida», pensó.

—Mami y mi tío tiene una rana gigante horrorosa, dice que es su mascota.

Mariana rio a carcajadas. Sintió alivio de que Biel no reconociera a la tortuga.

—Qué bueno que tenga una mascota.

—¿Puedo tener un perro?

—No.

—¿Un gato?

—No.

—Fui a la playa con mi tío y la tonta de Bárbara. Me bañé, mamá.

—¡Biel! Seguro te sentó mal el sol y la playa. Con razón estás tan rosado. Y deja de llamar tonta a Bárbara.

Se había quedado dormida cuando escuchó que tocaron a la puerta. Se incorporó en la cama y revisó a Biel, quien dormía tranquilo, la temperatura de su frente estaba fresca, Mariana suspiró aliviada.

Se levantó de la cama y se levantó con pesadez, caminó con cuidado para no despertar a Biel, pensó que podía ser Alberto, se asomó por el hoyo de la puerta y vio a Lucas. Sintió un inevitable nudo en el estómago: «Mintió o se arrepintió, dijo que vendría, pero no creí que lo haría», pensó. Abrió la puerta y tragó grueso, lo miró con amabilidad manteniendo una sonrisa nerviosa, él le sonrió con amplitud y pasó de largo. Llevaba varias maletas y un bolso.

—¿No recuerdo que todo eso fuera de Biel? —preguntó ella.

—No, no todo es de Biel, este bolso es mío —dijo señalando un bolso de mano—, y el pequeño señor me ha pedido muchas cosas.

—¿Te vas de viaje? ¿Tan mal te dejó Biel? —Rio ella nerviosa.

—No bromeaba, Mariana, te veías muy mal cuando llegué con el niño, me quedaré por hoy para ver que ambos estén bien, la enfermera me dijo de todos los peligros de que la fiebre le suba mucho.

Mariana lo miraba con curiosidad.

—Sé de todos esos peligros, lo he cuidado desde que era un bebé —afirmó Mariana con vehemencia, como si le molestara tener que dejárselo claro.

—Cierto, pero yo no, y me aterré —confesó derrotado.

—Te entiendo. Asusta, siempre asusta, y más si nunca has cuidado a un niño y estás solo.




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