Durmió tranquilo. Al despertar debió reconocer, además, que hacía mucho tiempo que no dormía tan bien, descansó y su mente estaba despejada, solo al recordar lo que sería tener a su familia encima, por la decisión que tomó, se preocupó. Salió aún descalzo a la pequeña sala y vio a Mariana sirviéndole desayuno a Biel en la cocina. No hizo ruido para contemplarlos mejor.
—¿Quieres jugo, Biel?
—Después que me coma el cereal —dijo el niño.
—¿Por qué no quisiste el huevo con tocineta?
—Comí demasiado de eso con mi tío Lucas, ahora no quiero de eso más.
—Fueron solo unos pocos días. —Rio ella.
—Y todos los días me daba lo mismo. No como tú, mami, tu comida es rica.
Mariana rio a carcajadas y Lucas no aguantó y se asomó al pequeño comedor sonriendo. Biel se echó a reír con malicia.
—¡Lucas! ¿Por qué estás aquí? —preguntó Biel.
—Para verlos por si enfermaban, pero parece que están bien los dos. Buenos días —dijo mirando a los ojos a Mariana, ella sonrió y lo saludó de vuelta.
—Ya te sirvo el desayuno —dijo Mariana.
—Comeré en el camino, dormí de más, es tarde —respondió.
—¿Dónde dormiste, Lucas? ¿Me trajiste mis cosas? —preguntó Biel.
—¿Por qué me quitas el tío? Y sí, te las traje, dormí en tu cama.
Biel se bajó de su silla y alzó los brazos para que lo cargara, Lucas lo abrazó y lo hizo girar en el aire y el niño reía a carcajadas.
—No importa, yo te presto mi cuarto, mi mamá va a limpiar las sábanas después.
Lucas se rio y su mirada y la de Mariana se encontraron nuevamente. Biel se abrazó a su cuello con intensidad y así permaneció un rato, mientras él mantenía el contacto de sus ojos con los de Mariana, ya no sonreía ninguno. Sus miradas se hicieron intensas y Lucas no se sintió incómodo como para bajar la mirada.
—¿Jugamos? —preguntó Biel tomando el rostro de Lucas con sus pequeñas manos, interrumpió la mirada que dedicaban los adultos.
—Debo ir a trabajar, y a ti hay que llevarte al colegio, hay que hacerlo, ya hablaré con Mariana al respecto —contestó y miró a Mariana, quien asintió.
—¡No tengo amigos! ¿Y mi fiesta?
—Ya pronto hablaremos de eso. Es en dos días ¿no?
—Sí.
Lucas dejó a Biel sobre la silla y siguió hacia el baño. Después de darse una ducha rápida, se preparó para salir, Mariana lo despidió en la puerta.
—No hui en la madrugada.
—Me di cuenta, gracias por no huir. —Rio él.
—Gracias por preocuparte por nosotros. No huiré porque sé que puedo contar contigo. ¿Sí? —preguntó risueña.
—Sí, claro qué sí, puedes estar segura de que conmigo puedes contar. —Sonrió.
—Te preparé un emparedado y lo envolví. Cómelo en el camino —ofreció ella con las mejillas rojas, él asintió y lo tomó de sus manos.
—Gracias, muy útil. ¿Te sientes bien? ¿Segura?
—Sí, estoy muy bien.
—Deberías ir al médico y llevar al niño.
—Lo haré.
—Hablaré con Alberto para que contacte a tu abogado y dejemos todo en orden. Me reuniré con él hoy. Solo pediré que me dejes llevarlo conmigo y mis padres algunos fines de semana y durante las fiestas.
—Sí, está bien, muchas gracias, Lucas, de verdad, esto significa mucho para mí —comentó. Sus ojos brillaban.
—Nos vemos —dijo él e intentó dar media vuelta.
Ella lo tomó del brazo, se colgó de su cuello y le dejó un beso en la mejilla, él se quedó sorprendido y le sonrió con nerviosismo, miró sus ojos y sintió un vacío en el estómago, miró sus labios y supo que quería besarla, tragó grueso y se apartó rápido de ella, se despidió con la mano mientras ella lo miraba con amabilidad.
Suspiro de alivio al internarse en el ascensor. «¿Qué fue eso?», pensó. Tal vez no estaba siendo sincero lo suficiente con él mismo, ella le gustaba y fue el motivo por el que se quedó la noche anterior allí, le aterraba dejarla sola con el niño, recordó el terrible estado en el que la encontró y se aterró. «Debo estar loco, esto no puede ser», se dijo. Disipó esos pensamientos listando todo lo que debía hacer en el día mentalmente.
Lucas salió camino a la oficina, mientras manejaba comió lo que le preparó Mariana, algo a lo que nunca estaba acostumbrado; pero se sentía feliz de comerlo, comer algo que ella le preparó especialmente, se regañó mentalmente de nuevo por sentirse así y dejarse ir en esos pensamientos y sentimientos que calificó de absurdos.
«Estás siendo un débil», se dijo.
Al menos se sentía tranquilo con la decisión que tomó, pensó; aunque sabía que debía enfrentar a su familia tarde o temprano, prefería tarde, así que mentiría a su padre, al llegar se encerró en su oficina con la esperanza de no verlo y respondió los mensajes de su madre asegurándole que todo estaba bien.
Su teléfono sonó, era Jonás.