Llegaron a un restaurante de hamburguesas con parque infantil, Biel ni pidió permiso ni espero a que le dijeran nada, corrió directo al parque al bajarse del auto como si tratara de hacerse invisible para que no lo vieran, Lucas y Mariana se miraron y rieron.
—¿Lo dejamos? —preguntó Lucas.
—Sí, podemos sentarnos en estas mesas de afuera y vigilarlo.
Él estuvo de acuerdo, se sentaron en la mesa más cercana al parque, el niño los vio y los saludó con la mano y sonreía. Mariana lo miraba risueña y Lucas la miraba a ella de la misma forma, ella lo notó y desvió la mirada del niño hacia él.
—¿Qué?
—Nada. Te ves muy bonita hoy.
Ella se sonrojó y reprimió una sonrisa.
—Estás muy amable hoy.
—Por Rosenda, no sabía que era la compañera de vida que necesitaba. —Rio.
—Y es muy sexi lo sé. —Rio Mariana con él.
Se miraban sonriendo como tontos cuando un empleado del lugar los interrumpió al abordarlos.
—Buenas noches. ¿Van a desear algo?
—Sí —dijo Lucas, y señaló a Mariana, quien tomó el menú y eligió una hamburguesa de pollo y nuggets de pollo para Biel.
—¿Papas fritas grandes o medianas, y el refresco? —preguntó el empleado.
—Doble ración de papas fritas y todo extra grande, tres helados también —respondió Lucas. El empleado asintió y se retiró.
—¡Lucas! Eso es demasiado, ¿tienes mucha hambre?
—Ahora sí. En casa no podía ni respirar.
—No sabía que te gustaba comer en estos sitios, pensé que eras más sofisticado.
—Yo también. —Rio e hizo un gesto negando con la cabeza.
—Eres muy diferente a cuando te conocí —comentó ella.
—Sí, me siento diferente también —contestó con expresión más seria—. Siento todo por lo que pasaste.
—Ya pasó. Ya recapacitaste, como dijo Alberto que harías, y ya estamos bien. Ya pasó.
—Hablo de todo, de cuando ellos…
—¡Oh! No fue tu culpa, Lucas. Yo decidí hacerlo así, Alberto me ayudó. Estábamos bien. Estamos bien.
—Quiero que estudies y hagas tus cosas, no quiero que pierdas nada en la vida por haberte dedicado a Biel.
—No perdí nada, perdí a mi familia, pero por cuidar a Biel no he perdido nada, he ganado mucho, he vivido muy feliz con él. Ha sido mi mayor consuelo. —Su voz se quebró—. No me debes nada, Lucas. Nada.
—¿Por qué siento que sí?
—Por qué estás loco. —Rio ella. Él también hizo lo mismo, pero se mantuvo nostálgico.
—Tal vez.
—Tienes que dejar ir a Mateo.
Lucas clavó sus ojos en los de ella con expresión seria.
—¿Tú dejaste ir a tu hermana?
—Sí. No está. No puedo hacer nada para que esté. Su partida es definitiva. Tú crees que lo de Mateo es tu culpa o que pudiste evitarlo y no es así.
—Sé que no, pero pude estar con él, en su vida, eso me duele más —admitió con una mueca de dolor en el rostro, sus ojos estaban llorosos, Mariana estiró su mano y tomó la suya entre las de ella.
—Él te amaba, solo quería mantener protegida a su familia. No supo hacerlo de otro modo.
—Nosotros tampoco.
—No te atormentes, Lucas, él fue muy feliz. No sabes lo feliz que era. Yo no entendía cómo él y ella eran tan felices, como si no estuvieran en este mundo ya, como si sus almas vibraran en una frecuencia distinta. Irradiaban tanta luz juntos.
—Te envidio. Viviste con ellos.
—Y me quedé con su vástago. —Rio.
—El niño es perfecto.
—Sí que lo es —dijo Mariana mirándolo a lo lejos.
El empleado trajo el pedido, Lucas sonrió de nuevo y se levantó a buscar a Biel, quien protestó, sacudía los pies negándose a comer.
—No comiste nada en casa de tu abuela —le dijo Mariana.
—Me comí las orillitas, pero tú no viste —decía.
—Come, Biel, es poco, son papas fritas y pollo —dijo Lucas con firmeza.
Biel hizo caso y se comió todo, cantaba distraído mientras comía, nadie más habló en la mesa. Lucas y Mariana no dejaron de mirarse sin hablar. Solo se dedicaban unas sonrisas tontas y miradas pícaras.
Al subirse al auto, Biel se quedó dormido enseguida.
—¿Te puedo preguntar algo? —habló Lucas.
—Sí.
—¿Cuál era esa canción que se reproducía cuando te llevé al niño, cuando te encontré con fiebre?
Mariana sonrió.
—Ana me la dedicaba cuando estábamos separadas, a veces yo me ponía mal porque estábamos separadas y ella me cantaba esa canción al teléfono.
—Eran muy unidas ¿no? —preguntó. Él recordó que las hermanas solo se tenían la una a la otra, ni sabían que eran adoptadas.