Susana se acercó a la puerta de la oficina con misterio.
—Alberto está aquí.
Lucas supo porqué estaba allí, sabía que no dejaría pasar el haberlo visto así con Mariana. Asintió e hizo un gesto con la mano para que lo dejara pasar.
—Hola, Alberto. ¿Me extrañaste?
—Sabes porqué estoy aquí.
—No, no soy adivino, a ver cuéntame.
—¿Qué pretendes con Mariana?
—¿Qué te importa?
—Me importa.
—Pues no te importará mucho porque la dejaste sola por años.
Alberto hizo un gesto de fastidio y meneó la cabeza.
—No sabes nada.
—Tú tampoco.
—Lucas, ella no es una chica cualquiera de la que te puedas encaprichar, le dijiste que terminaste con Bárbara. ¡Por Dios!
—Terminé con Bárbara.
Alberto echó la cabeza hacia atrás dejándose ver asombrado. Recorrió la oficina con su vista brevemente. Soltó un suspiro y lo miró a los ojos. Lucas lo miraba impasible.
—¿Estás interesado en Mariana?
—Sí.
—No es una chica para pasar el rato, te voy a partir la cara, Lucas, te lo juro que…
—Espera, espera ahí… ¿Acaso tú estás interesado en Mariana? —preguntó con la mandíbula tensa.
—No. ¿Cómo se te ocurre? La vi crecer, la conocí cuando era una chiquilla de quince años.
—Pues ya no es una chiquilla de quince años.
—Me doy cuenta de que lo notas —replicó Alberto alzando la voz.
—Pues creo que tú también lo notas.
—Basta, claro que no, no sabes lo que dices. No quiero que un sinvergüenza se aproveche de ella porque la ve vulnerable y cree que está sola.
—No me quiero aprovechar de ella, Alberto, no tengo que darte explicaciones, pero ella me importa, me importa mucho, terminé con Bárbara por Mariana, es en serio.
—¡Tú! Lucas Napolitano. Tú, ¿Tu precioso círculo la aceptará?
—Sabes que no frecuento a nadie, Alberto, lo sabes, deja de decir esa estupidez ya.
—¿Tus padres?
—No hemos salido la primera vez y ya quieres que hable de mi familia.
—Sabes cómo es tu familia, es una familia controladora y castrante. Sabes a qué me refiero. No quiero que ella sufra, ya ha tenido mucho. ¡Por favor! No te le acerques ni la ilusiones si no tienes serias intenciones con ella.
—No tengo que darte explicaciones. No soy una mala persona y lo sabes. No sé qué pretendes. No le metas cosas en la cabeza a ella.
—Como no se las metiste tú a Isabel, me costó convencerla después de las cosas que inventaste.
—No inventé nada, tú fuiste quien dijo que se casaría con Mariana y andabas diciendo que Biel era hijo tuyo, de hecho ahora estoy recordando toda esa porquería y estoy muy furioso contigo. Ahora soy yo el que quiere partirte la cara.
—Pues yo estoy recordando que querías separar a Biel de su madre —gritó Alberto.
Lucas sintió vergüenza y bajó la mirada.
—¡Basta! Lo único que te voy a decir es que ella me gusta, no te voy a decir que con ella me siento como con ninguna, que quiero que sea la madre de mis hijos, ella me gusta. Me gusta estar con ella y no veo nada de malo en intentarlo.
Alberto se levantó y batió la silla.
—No me gusta, no me da la gana, aléjate de ella —espetó.
Lucas bufó y meneó la cabeza.
—¿Pero quién te crees?
—Alguien a quien ella sí le importa. Mira cómo dejas a Bárbara de lado para aventurarte con Mariana porque puedes, después la dejarás porque sabes que Bárbara regresará a ti.
—Pero qué necio.
—Estás encaprichado con ella como con…
—¡Basta! —gritó endureciendo su expresión, levantó su dedo señalándolo—. Sal de aquí.
—Viste como ella si es solo un capricho.
Lucas lo miró salir de su oficina, le costó concentrarse en las cosas que hacía. Llamó a Mariana para asegurarse de que Alberto no la hubiese envenenado en su contra.
—¿Sí?
—¿Cómo estás? —preguntó con una sonrisa en sus labios que no pudo evitar.
—Bien, como hace una hora estaba bien. ¿Te volverás acosador?
Lucas rio sobre la línea. Lo hacía reír, lo hacía sentir bien.
—Por aquí estuvo Alberto —dijo. Escuchó a Mariana suspirar con pesadez al otro lado de la línea.
—Sí, cuando te fuiste se puso pesado.
—¿Te habló muy mal de mí?
—¿Tiene material para hablarme mal de ti?
Lucas rio de nuevo.
—Yo hablé mal de él a Isabel, quizás quiera vengarse.