Lucas regresó a la sala. Mariana lo miraba con angustia en sus ojos, su padre conversaba con su madre, quien se veía confundida, Claudio de un salto estuvo junto a ellos, Vincenzo colocó su mano sobre el hombro de Claudio y le explicaba algo con naturalidad, Claudio asentía. Sintió los brazos de Bárbara rodeándolo.
—¿Qué pasó, mi amor?
—Puedes dejar el teatro, ya le dije sobre nosotros a mi padre —le dijo con fastidio. La separó de él con delicadeza.
—Lucas, me has tratado horrible, no lo merezco y sé que es por esa…
—Cuidado con lo que dices de ella.
—Ah, pero mírate, la defiendes —dijo abriendo mucho los ojos, su expresión era de asombro y dolor.
—Lo siento, Bárbara, tuve una discusión pesada con mi padre. Por favor, no es el momento para que tú y yo hablemos.
—Te vi, los vi cuando llegué, tomados de mano, esas miraditas, la cercanía, Lucas. —Meneó la cabeza y tragó grueso, reprimió lágrimas en vano, porque comenzó a llorar.
Lucas la abrazó y la consoló, miró a Mariana, que mantenía los ojos sobre él, ahora su expresión era de curiosidad.
—Hablaremos bien, Bárbara, ahora no es el momento. No es el momento, créeme.
—Yo lo sabía, yo te lo dije, como la veías, era tan obvio, la odio. —Lloró, todos en la sala los miraban.
—Bárbara. Por favor. Nos miran.
Se oyó el llanto de Biel que venía con la cabeza hundida en el cuello de una de las empleadas, Mariana se levantó corriendo a su lado y lo cargó, Biel se abrazó a ella llorando. Todos dejaron de hacer lo que hacían para acercarse a él.
—¿Qué pasó, mi amor? ¿Por qué lloras así? Me partes el alma —dijo Mariana.
—Esos niños no me quieren, me lanzaron de todo y me dijeron que yo era un extraño que no sabían de donde me sacaron, no quieren jugar conmigo. —Lloró.
—¡Ay, mi amor! —le dijo Mariana y lo besó en los cabellos.
Lucas se acercó y lo alzó en brazos, Biel apartó sus lentes y se los dio a Mariana, hundió su cabeza en el pecho de Lucas, y suspiró con dramatismo, Jonás y Alberto, junto con Isabel, estaban rodeándolo. La madre de Lucas sostenía una de sus manitas.
—Abuela, no me quieren —gritó Biel.
—Mi amor, eres un niño rodeado de amor, todos los que estamos aquí te amamos, te adoramos, tú los sabes, no llores.
—Pero ustedes no son niños.
—Lucas, ¿no lo has puesto a hacer amistad con los vecinos del edificio? Pero qué descuido, un niño necesita jugar con otros niños —opinó Giovanni.
—Pero Lucas no lo tiene, nos engañó, se lo dejó a Mariana y ella sigue obsesionada con mantenerse encerrada, cuestión de costumbre de cuando se escondía de nosotros, y el niño no tiene amigos —comentó Claudio con amargura.
—¡Basta! No estás ayudando —reclamó Lucas.
—No importa, Lucas, me enseñarás a jugar pelota con mi tío Jonás —susurró Biel.
—Sí, Biel, jugaremos a la pelota, pero también debes jugar con niños —respondió Lucas.
—Pero ellos me odian —se quejó sollozando con amargura.
—No te odian, no digas eso, no te conocen, solo no te conocen —le dijo Lucas para consolarlo.
—Vamos afuera con todos esos niños groseros, claro que van a jugar todos contigo —dijo Isabel. Lo bajó de encima de Lucas, lo tomó de la mano y llamó a todos los adultos a que la siguieran. Biel no quería.
—No quiero —chilló Biel.
—Vamos, verás que sí juegas y la pasarás bien —insistió Isabel.
Llegaron al jardín, unos ocho niños se mantenían jugando en el parque.
—¿Están disfrutando de la fiesta de Biel Mateo? —preguntó Isabel molesta.
—Sí —contestó uno de los niños.
—¿Y por qué no lo dejan jugar con ustedes, en su casa, con sus cosas?
—Isabel —le espetó Lucas.
—No, espera —insistió ella. Todos la miraban expectante.
—Es que no lo conocemos —dijo una niña.
—Ah, pues se los presento. Se llama Biel Mateo, es el nieto de los dueños de esta casa y hoy es su cumpleaños.
Biel se mantenía con la cabeza gacha, tomado de la mano de Isabel.
—Hola, Biel, vamos a jugar —dijo uno de los niños más grandes. Él levantó la cara y miró a Isabel dudoso.
—Soy odontóloga, ya voy a llamar a sus padres para ofrecerles revisarles los dientes a todos, ya que no quieren jugar.
—Sí queremos jugar —dijo una niña, tomó a Biel de la mano y lo llevó con ellos al parque.
Isabel regresó junto a Alberto, que reía mucho y la besó en la mejilla, la abrazó a él.
—¿Qué fue eso? —preguntó Alberto.
—A mí me lo hacían todo el tiempo, me excluían porque era más pequeña, pero estos son unos descarados, es la fiesta de Biel, no dejaré que le hagan el feo en su cumpleaños.