Todos rodeaban un enorme pastel en forma de pista de carrera, Biel estaba muy emocionado, se abrazaba a ella y la besaba en la mejilla.
—Estoy muy feliz, mami, me encantó mi cumpleaños.
—Qué bueno, mi amor —respondió ella nostálgica.
Recordó los cumpleaños que pasaron juntos, los de ella y los de él, solo con un pastel y algún regalo sencillo. Era siempre Alberto quien enviaba arreglos de dulces, flores, juguetes y ropa. Esta vez fue diferente, Biel compartía con su familia paterna. Ya no eran solo él y ella.
—¿Por qué estás tan pensativa? —le preguntó Lucas riendo.
—Ay, cuidado te ven hablándome y se arma el saperoco.
—¿El qué? Deja eso, ya te dije, todo está bien. Ven, vamos a ayudar a Biel a picar el pastel.
—No, no, no, señor, no vamos a picar este pastel —espetó Biel.
—Mi niño, sí, claro que sí. ¿Cómo no? —preguntó la abuela.
—No quiero que lo piquen, es una pista, mira, es grande y es mía.
—Te mandaré a hacer una de plástico, pero esta hay que comérsela —le aclaró el abuelo riendo.
—¿Sí?
—Sí —gritaron todos.
Repartieron el pastel y Biel parecía arrepentido de haber dejado que lo picaran. Se sentaron los tres en una mesa a comer el pastel.
—Claudio no me quita la vista de encima, me mira con un amor que me tiene derretida —comentó Mariana.
—No le prestes atención.
—Mami, mi abuela quiere que me quede con ella hoy. ¿Puedo? —preguntó ladeando la cabeza mostrando una sonrisa con los labios juntos.
—No sé, Biel. —Miró a Lucas.
—Sí, no hay problemas. La custodia es tuya, Mariana. Ellos no pueden hacer nada.
—Bien, puedes quedarte, pero nunca habíamos pasado el día de tu cumpleaños alejados.
—Ya estoy grande, mami.
Ella sonrió y asintió con la cabeza, no podían ser tan egoístas como querían o pretendían ser los Napolitano. Debía ser mejor que ellos.
—Está bien. No me extrañes mucho.
—Creo que tendré una cita esta noche. —Rio Lucas.
Ella negó con la cabeza.
Biel salió corriendo a donde su abuela a decirle que se quedaría con ella, la madre de Lucas lo alzó y abrazó, lloró un poco sin contenerse y el niño limpiaba sus lágrimas.
—Se pone muy sentimental cerca de Biel —comentó Lucas.
—Entiendo. Además, se parece tanto a Mateo.
—Lo extraña mucho y no lo ha superado.
—Creo que una madre no podría superar nunca a un hijo. —Suspiró.
—¿Extrañas a tus padres?
—Sí, a veces sueño con que me necesiten para algo y tengan que buscarme.
—Para rechazarlos.
—Para abrazarlos —dijo con la voz quebrada y bajó la mirada.
Lucas acarició su mano y apartó sus cabellos del rostro.
—Te prometo que tendremos la mejor cita del mundo.
Mariana rio y limpió una lágrima que amenazaba con caer por su mejilla. Jonás se acercó con Laura.
—Ya todos se están yendo. Nosotros nos vamos —dijo Jonás.
—Adiós, Mariana, hasta luego —se despidió Laura.
—Deberíamos irnos nosotros también —propuso Lucas. Mariana afirmó con la cabeza y buscó a Alberto con la mirada.
Se acercaron a Biel, se colgó del cuello de Mariana y la abrazó un rato.
—Te amo, mami, con el amor de tres. —Besó su mejilla con intensidad.
—Yo también te amo con el amor de tres, Biel. Que la pases bien.
Lucas colocaba el número de Mariana en el teléfono de su madre.
—Así por cualquier cosa te llama —le explicó a Mariana.
—Está bien.
—Mamá, duerme con él en su habitación, no creo que aún esté acostumbrado a dormir fuera de casa, se sentirá extraño al levantarse.
—Así lo haré, Lucas.
En la puerta coincidieron con Isabel y Alberto, que se dirigían a su auto. Alberto los miró de arriba abajo.
—No hace falta que la lleves. Voy a casa, puede venir conmigo —dijo Alberto.
Lucas puso los ojos en blanco y meneó la cabeza.
—Yo la llevo. Basta, Alberto, yo la voy a llevar, vete tranquilo, gracias, Isabel, por todo.
—A ti. Que estén bien —se despidió ella.
Mariana mantuvo la mirada baja.
—Te estoy vigilando, Lucas —comentó Alberto, y se subió al auto.
Mariana soltó un suspiro de alivio y se giró hacia Lucas.
—No sé si esto esté bien, yo mejor…
—Mariana. No dejes que Alberto te lave la cabeza. Tenemos planes, vamos.