Una semana después.
Llegó a casa de sus padres. Esperó que lo anunciaran como a cualquier otro. No lo dejaron pasar con la libertad de siempre, pero no le extrañó. Pasó a la oficina de su padre cuando por fin lo dejaron pasar. Lo esperaba Claudio, su madre y su padre.
—¿Cómo están?
—Dolidos con todo lo que estás haciendo, Lucas, nunca creí que nos traicionarías de esa manera. La custodia podría ser nuestra, pero interferiste de una forma... —dijo su padre con expresión de lamento.
—Lo que es igual, no es trampa, ustedes interfirieron la primera vez —respondió Lucas con altivez.
—Exponernos así —comentó su madre con una expresión de dolor.
—Es lo que son —replicó.
—Somos, tú participaste de aquello, ahora te quieres hacer pasar por santo —comentó Claudio con expresión cautelosa.
—No, no te confundas, fui cobarde y los dejé hacer, pero yo no robé a Mateo, ni inventé deudas para quitarle el dinero, ni traté de incriminar a Ana en nada, no los defendí, ese fue mi pecado, sin embargo, no hice nada de aquello.
—Esto lo podíamos haber arreglado en familia, pero no —reclamó su padre.
—Pero no creas que terminamos o que nos daremos por vencidos —dijo Claudio.
—No me importa. ¿Qué van a hacer? No los dejaré —espetó Lucas.
—Yo quiero seguir viendo a mi nieto, Lucas, no sé qué te hizo esa mujer y por qué prefieres ayudarla a ella que estar del lado de tu familia, tú también, hijo, no quiero dejar de verte, ¿por qué nos haces la guerra? No quiero dejar de verte —suplicó su madre.
—Yo entiendo su sorpresa cuando se presentaron en la oficina del juez esperando atropellar como siempre a todo mundo, sin importar qué, y que yo saliera con las cosas que ustedes le hicieron a los padres del niño cuya custodia ahora reclaman, sé que lo sintieron como una traición, un golpe bajo, pero es que enfrentarán algún día a Biel con esto, es mejor que se arrepientan ahora y asuman el papel que jugaron y nos dejen en paz.
Vincenzo se levantó y se quedó muy junto a él.
—Fuiste implacable contra nosotros que somos tu familia, como no lo fuiste contra ella cuando debiste serlo. Me duele, esto me duele mucho, Lucas, esperé a que reconsideraras lo que estabas haciendo, pero esto solo me confirmó que estás perdido, que has perdido la cabeza.
—Sí. Loco estoy.
—Yo también. Ya llamé al abogado, te voy a sacar de mi testamento, estás desheredado, ya no eres mi heredero, ni tienes nada que tenga que ver con mis empresas.
—Me lo esperaba, de hecho supe que ese cambio lo hiciste hace unos días, no vengas con hipocresías, papá. Sácame, déjame sin nada de lo tuyo, yo tengo mis propios recursos, ¿o me los vas a quitar como hiciste con Mateo?
—Si tengo que hacerlo, lo voy a hacer. Vete, no eres bienvenido en esta casa tampoco —gritó.
—Vincenzo —gritó su madre—. Quiero ver a mi hijo y a mi nieto.
—Pues tu hijo no quiere.
—Pueden visitarlo, puedo traerlo, si no lo van a secuestrar ni nada. Puedo hacerlo, son su familia, no se los voy a negar. Me voy —dijo, y los observó con paciencia antes de darse la vuelta para salir, también le dolía aquello, pero no sería él quien cedería para complacerlos. No dejaría que Mariana y Biel sufrieran.
Se fue escuchando el llanto de su madre detrás de él, Claudio la consolaba, y su padre lanzaba todo lo que tenía sobre el escritorio haciendo escándalo. Sabía que las cosas se pondrían así de duras con su familia, estaba dolido, pero la otra opción era dejarse pisar, hacer lo que ellos querían, no entraban en razón y debió zanjar el asunto con firmeza.
Se cruzó con Jonás antes de salir, lo miraba inquieto.
—Todo está bien, Jonás.
—Papá está furioso contigo.
—Ya se le pasará.
—¿Y si no se le pasa?
—Pues no puedo hacer nada, no voy a sacrificar a unos por otros por sus berrinches.
—Quiero visitar a Biel y a Mariana. ¿Puedo?
—Claro Jonás —le dijo, y se despidió de su hermano con un abrazo, le recordaba a Mateo, aún más tímido que Mateo.
Llegó al restaurante donde se encontraría con Eugenio Montenegro. La mujer que lo atendió le sonreía bastante con coquetería que él ignoró, ella lo hizo esperar en una mesa apartada. Revisó el teléfono y vio mensajes de Mariana, le pasaba fotos de Biel y ella, se sintió feliz, sabía que estaba tomando las decisiones correctas, aunque dolieran.
—Hola, Lucas —saludó Eugenio.
A Lucas se le pasó por la mente la historia que le contó Mariana de cómo sacó a Ana de su casa cuando supo que estaba embarazada de un bebé que perdió luego. Le sonrió y saludó dándole la mano.
—¿Cómo está?
—Bien, me alegra que aceptaras verme. Hablé con Mariana, ella está algo sensible, pero quiere vernos, nosotros queremos verla.
—Su esposa la sacó a empujones de su casa, no la dejó pasar —dijo Lucas con expresión severa, Eugenio bajó la mirada y se notó incómodo—. Ella iba de la mano con el niño, con Biel, pensaba que les gustaría conocerlo, fue tan inocente que cuando se bajó del auto me dijo que quizás se quedaba, que no era necesario que la esperara, a los segundos vi a su mujer empujándola y corriéndola de su casa. No se me va a olvidar nunca cómo lloraba Mariana ese día.