Alberto la miraba con insistencia, pero ella se negaba a hablar. Levantó a Biel del sofá y recogió sus cosas. Le sonrió con timidez y se dirigió a la puerta. Se sentía cansada y agotada emocionalmente.
—Mariana.
—Gracias, Alberto, nos vemos —se despidió con frialdad.
Alberto la detuvo en la puerta.
—¿Qué pasó?
—También sabías lo de los padres de Lucas y te callaste. Sí que sabes guardar secretos —le dijo en tono de reproche y se dirigió al ascensor con Biel.
—Lo siento, Mariana, solo queríamos evitar que pasarás por otro momento de crisis como por el que pasaste cuando perdiste la custodia de Biel. No estuviste bien, te pusiste muy mal, secundé a Lucas con eso.
—Gracias por preocuparte por mí.
Se internó en el ascensor dando pasos rápidos. Suspiró y aspiró aire. Controlaba las ganas de llorar por Biel, quien le contaba todo lo que hizo.
—Mami, no quiero que trabajes. ¿Quién me va a cuidar? Te quiero a ti, mamá, a más nadie. No trabajes, yo le pido dinero a Lucas, se casa contigo y no tienes que trabajar.
—No me gusta que pienses así, Biel.
—Mami, te amo mucho y te quiero siempre cuidándome, no dejando que me ponga cochino, que coma...
—Quieres una esclava.
—Quiero estar contigo, mami.
—Eres digno hijo de tu padre. Trabajaré, Biel, y tú irás al colegio —contestó seria.
Buscó entre sus cosas lo más presentable para asistir a la cena con sus padres, optó por un vestido rosado ajustado y tacones, quería verse madura, mayor, a Biel lo vistió con lo más formal que encontró.
—Biel, hoy vamos a conocer a tus otros abuelos, los padres de mami Ana, mis padres. ¿Estás emocionado?
—Sí, más familia. ¿Hay niños ahí?
—No mi amor, eres él único.
Hizo un gesto de fastidio y se echó en el sofá.
—Voy a pedir un taxi —le dijo Mariana.
—Lucas nos va a llevar —le dijo él.
—Lucas no va.
—¿Por qué no? Quiero que vaya.
Mariana desvió la mirada y llamó al lobby.
—Hola, Hugo, por favor, ¿puede llamar un taxi para mí?
—¿Cómo está, señorita? Aquí está el señor Lucas esperándola.
Se sorprendió. Soltó un suspiro.
—Gracias, ya bajamos —le dijo al vigilante.
Miró al niño que estaba echado sobre el sofá con cara de fastidio.
—¡Vamos, Biel!
—Mamá, falta Lucas.
—Está abajo, vamos.
—Yupi —gritó alzando los brazos.
Mariana rodó los ojos.
—Me gusta esta casa, mamá, es bonita, y tiene parque, y tiene piscina, aunque nunca me dejas usarla, me gusta mi casa, mamá, gracias. —Besó su mano.
—Ay, mi amor, que bello, también me gusta nuestra casa. —Sonrió.
Cuando llegó abajo, Lucas estaba de traje recostado de su auto, se adelantó unos pasos y cargó a Biel por los aires, el niño reía. Lo besó en la mejilla y Biel se abrazó a su cuello. Ignoró a Mariana, ella se dio cuenta y abrió la parte de atrás del auto, Biel se ubicó en su puesto y ella se sentó en el puesto de copiloto.
—Buenas noches —dijo ella con mal tono.
—Buenas noches —respondió él con tono parco.
—No pensé que vinieras.
—Sí, siempre es incómodo en medio de una ruptura entender cómo quedan los compromisos que se tenían en común, pero a Biel no lo dejaré solo en esa casa, no es por ti —le dijo con firmeza, pero lo vio reprimir una media sonrisa.
A ella le dolió su comentario, rodó los ojos, lo entendía. Estaba molesto con ella. Suspiró y miró por la ventana, el camino se le hizo eterno y, además, estaba ansiosa por volver a ver a sus padres, sentía ganas de llorar, de gritar. Al llegar, Lucas la ayudó a bajar a Biel, quien se colocó en medio de los dos, tomado de la mano de ambos. Mariana puso mala cara, aún no entendía porque le molestaba la idea de que Biel lo quisiera como padre. A él niño le hacía falta una figura paterna constante.
La madre de Mariana abrió la puerta y la abrazó enseguida, Mariana se aferró a ella y lloró en su hombro, extrañaba su olor, sintió que el alma le regresaba al cuerpo. Biel no la soltaba, ella lo alzó para que viera a la mujer, Biel escondió la cara en su cuello y llamó a Lucas para que lo cargara. Él lo tomó y lo abrazó.
—Debió reconocerla de la vez que lo echó a empujones de aquí —dijo Lucas en un susurró.
—¡Lucas! —lo regañó Mariana.
La mujer desvió la mirada.
—Lo siento, lo siento mucho, hija, pasa, pasen —dijo nerviosa.
Mariana vio todo con nostalgia, la casa no había cambiado mucho, lloró, se cubrió la boca con la mano y recorrió todo con la vista, emocionada, su padre la abrazó y ella se recostó de su pecho, lloró en silencio así un rato, se separó de él sin soltar su mano.