Un momento inesperado

Extra 2: Navidad con los Napolitano

Lucas se despertó temprano al oír ruidos en la habitación, era un día feriado, no se suponía que despertara temprano, sobre todo porque pasó la semana trabajando hasta tarde y esperaba descansar un poco. Abrió los ojos y se incorporó en la cama, Mariana sacaba cajas del cuarto de vestir. La miró ladeando la cabeza.

—Buenos días. ¿Qué estás haciendo? Además de despertarme —dijo Lucas somnoliento desde la cama.

—Lo siento, mi amor. Busco qué ponerme.

Lucas miró la hora.

—Son las 5:16 am, creo que tienes bastante tiempo para decidirlo en el día.

—Perdón, tú vuelve a dormir.

—Ya me despertaste, ahora deberías compasarme —dijo con picardía—, ven.

—No, de verdad debo buscar el vestido perfecto, la ropa perfecta para los niños, todos debemos vernos perfectos —dijo Mariana abriendo cajas de forma frenética sobre el suelo de la habitación.

Lucas se restregó los ojos, colocó los pies en el suelo y la miró atento.

—No es como que vayan a juramentar de presidente a alguno de los dos, solo es una cena de navidad en casa de mis padres.

—La primera para mí, con los niños, como tu esposa —dijo nerviosa.

—Sí, entiendo la presión —dijo Lucas mientras rascaba su cabeza—, pero te repito, como nos veamos vestidos no es problema.

—Pues hubo un tiempo en el que lo era… —dijo sin alzar la vista.

—Hemos estado con ellos ya.

—Sí, pero no en su casa, así como familia… desde nuestra boda quizás.

—El bautizo de Bianca—le recordó Lucas.

—¡Oh! Cierto, ese día —dijo Mariana afirmando sin mirarlo.

Lucas negó, entendía sus inseguridades, las heridas familiares se sanaban poco a poco, no era fácil estar todos en la misma habitación y respirar el mismo aire sin que cierta incomodidad los rodeara. Fueron muchos años de odiar y recriminar, al menos, sabía él, estaba con la mujer correcta, ella no odiaba ni guardaba rencor, solo quería estar en paz con todos. Era muy buena.

—No estés nerviosa. Relájate. Nos iremos apenas te sientas incomoda, o yo.

—Ay, Lucas, no me des ánimos así —dijo mirándolo de rodillas entre los vestidos.

—No te voy a mentir. Mi papá aún no supera que dejara la compañía, aún me insiste en que lo ayude, el otro día discutimos porque acosa a Jonás para que trabaje con él, está muy molesto y mal humorado porque dice que lo abandonamos, por el otro lado peleo con Jonás para que no haga lo que mi padre le dice, y no cometa mi mismo error. Y ni hablemos de Claudio.

—Deberías dejarlo cometer sus propios errores.

—No, no entiendes. No —negó, aspiró aire—, conseguiste arruinarme la mañana.

Se levantó al baño. Cerró la puerta con fuerza tras de sí.

Mientras se bañaba pensaba en lo que no le gustaba discutir con Mariana, pero a veces le molestaba que tenía la misma respuesta y solución para todos los problemas. Ella le recriminaba la actitud que mantenía con su padre y Claudio, sí, debía perdonar y dejar ir, pero no era fácil, y en ese sentido no se presionaba, no mientras quisieran hacer lo mismo con Jonás, someterlo al yugo de sus voluntades.

Se colocó un pantalón de algodón gris y una camisa blanca, caminó descalzo hasta el comedor, Mariana servía el desayuno, bajó la mirada al verlo, Biel saltó de la silla a abrazarlo, lo hizo sonreír de inmediato.

—¡Buenos días, campeón! —dijo y besó su frente.

—Papá, hoy me van a dar mis regalos. ¿Ya puedo tener un teléfono? Ya estoy grande.

—No, Biel Mateo, a los diez años, y te falta bastante para cumplir diez, ahora es que te falta —dijo riendo.

Biel arrugó el entrecejo y se sacudió para bajarse y liberarse de los brazos de Lucas. Regresó a su silla con semblante serio.

—No te molestes, bebé, ya lo habíamos hablado —dijo Mariana acariciando su cabello—, pero sí tienes Tablet, es hasta mejor, no entiendo porqué quieres un teléfono.

—No entiendes nada —espetó con la voz a punto de llanto.

—No le hables así a tu mamá, Biel. ¿Qué pasa? —lo regañó Lucas mientras alzaba a la pequeña Bianca en brazos.

—No, pero que ironía, sí fue lo que me dijiste tú —dijo Mariana con reproche en su tono, continuó de espalda sirviendo el plato.

Lucas se quedó mirándola sin decir nada, se sentó y colocó a la bebé en su silla, y tomó el plato que Mariana le tendió.

—No puedes ponerte así de grosero, Biel, no hay cosa que no tengas.

—Un teléfono —replicó.

—Tu mamá tiene razón, tienes una Tablet.

—Pero sin internet —se quejó zapateando en la silla.

—Porque no te portas bien y solo quieres ver vídeos todo el día. Te gustará tu regalo de navidad —insistió Lucas con firmeza.

—No creo, porque quería un teléfono —dijo inflando las mejillas.




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