CAPÍTULO II:
Destreza.
—¿De verdad? —gire a ella otra vez. Sus pasos me desesperaban—, ¿sabes que soy un adulto?
—No parece —dice sonriente, llena de una malicia que me revuelve el estómago.
—Ya puedes irte —toque el timbre de mi casa.
—Bueno… Conozco tu dirección, me será fácil recordarla —ríe mostrando parte de sus dientes.
Un escalofrío recorre parte de mi cuerpo, la sensación de saber que quiere choca con todos mis sentidos, inhumano lo que siento, jamás lo había vivido en mí de esa manera.
Una risa ahogada me saca de mis nubes, frente a mi Jasper con los brazos cruzados, mirándome con el desprecio que siente hacía la basura.
Trató de evitar su mirada, aunque dolorosa al principio, pero me acostumbro, aunque me cueste aceptarlo, él siempre ganará, sea lo que sea.
—Es linda —me detengo—. Es linda pero rara… —ignoró sus palabras, sabiendo a quién se refiere no le tomó mucha importancia.
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—¡Basta! —gritó irritado de los constantes golpes a mi ventana.
Reúno el mayor esfuerzo que tengo y subo a mi silla que me ha acompañado casi siempre. Las cortinas se corren a los costados, el sol me pega sobre mis ojos, casi dejándome ciego, pero después de ver quién era, prefiero morir de una pedrada.
Abro la ventana sin creer que sea posible su temprana visita. —¡Qué haces aquí! —trato de no gritarle a la mocosa.
—Ayudame, tienes un personal que da miedo —extiende sus brazos al aire, creyéndome capaz de levantarla.
—¿Acaso eres ciega por las noches? ¿O te falla la memoria? Soy un cero a la izquierda, no puedo levantarte —respondo a su petición que para mí es imposible.
—Bueno… —Piensa—. Si me das una sola mano, me sería más fácil, no tienen porqué ser dos siempre.
—¿Qué pasa si caes? —cuestionó.
—Caeríamos los dos… Así que no nos conviene cometer un error.
Después de su insistencia, y de escuchar a uno de los trabajadores acercarse, saque de uno de mis cajones una soga que por casualidad estaba ahí guardada hacía año. Sujeté una punta de la cama, le lancé la otra y jalé hacia mí evitando como pudiera dañar mis muebles.
—Hijo, ¿está todo bien?
—Rápido al armario —La empuje sin dejarla ponerse de pie al cien.
—Calmado —susurró.
—¿Hazel? ¿Todo bien? —preguntó ahora forzando mi puerta.
—Claro que sí, sólo que tomaré una ducha pero ya estoy en el baño —mentí sin dejar de “guardarla”, en el armario.
Las preguntas de mi mamá cesaron, sus pasos se alejaron, y por fin pude respirar. Abrí ese armario de golpe.
—¿Qué pasa contigo? ¿Estás drogada? —Negó—. Por qué no me dijiste que vendrías.
—Claro, olvidé decirte que entraría a tu casa sin permiso, solo para decirte que por la noche se te cayó ésto —extendió una de mis pulseras—. Y que aprovecharía para ver si todo estaba bien. Para la próxima pensaré primero en el dinero.
Sus cachetes se inflaron de coraje, colorada dejo mi pulsera sobre mi regazo, botandola sin sentimiento. La vi alejarse con las cejas fruncidas y la boca torcida, en escasos segundos había desaparecido.
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El sonido de los cubiertos me enfadaba, las risas me irritaban los oídos, todo parecía raro. Ajeno.
—Saldré —dije dejando de lado la comida.
—¿Tan temprano? —preguntó mi mamá viendo el reloj.
—Déjelo tía, tal vez no puede regresar a casa tan tarde…
Aparté el rostro de ellos, negándole especialmente a él que viera el dolor que me causa; siempre será así, podrá burlarse de mí si lo desea, porque el ser inteligente y atractivo, lo es todo para ellos.
¿Qué hay de mi? ¿Acaso valgo menos por estar en esta situación? Claro que puedo correr como él en los deportes, claro que tengo un atractivo, por supuesto que soy inteligente… Pero, ¿cómo se convierten los sueños en realidad?
Con las manos en los bolsillos salí de casa, haciendo de las noches otra ruina más, porque salir una o dos vez por semana, era un ritual, en cambio, salir constantemente deja de ser emocionante, deja de parecer un ritual que me renueva en alma y piel… Se vuelve algo cotidiano como beber del mismo vaso de aguas.
—Maldición —maldije al verla sobre esa banca, con las rodillas pegando a su pecho, arrancando el dolor en llanto.
Pase a su costado, la ignore… No la conozco, no quiero conocerla.
—No llevas que te cubra del frío… Deberías regresar a casa antes de agarrar un resfriado —sugerí sin mirar sus problemas.
Pero de ella solo salió un sollozó que comprendí; detrás de esto existe una injusticia que ella prefiere aceptar, algo que no quiere pelear por la verdad, aún siendo difamada con falsas acusaciones.
—Olvidalo.
Ahora mi saco yacía sobre sus hombros. Su llanto se quebró aún más, crucé mis dedos esperando que ella dijera algo, le di un par de miradas más, tal vez más de tres, puede que también le haya susurrado un “todo estará bien”.
Extendí mis guantes a ella con la esperanza de escuchar un “no”, pero vaya, que confianza entre nosotros; menos de diez segundos le tomó cubrir sus manos delgadas, casi congeladas.
—Qué harías si tú ex viene y te dice que te extraña, que lo perdones por lo imbécil que es, pero es el mismo que rompió contigo porque no eras lo suficiente —me vio—, pero quiere retomar todo, ya cuando la otra descubrió cosas de él que solo tu conoces.
—Dime, ¿cuántas veces más te quieres sentir así?, ¿quieres llevar la cuenta de las noches que nos veremos tu y yo, en esta situación?
Volteó su rostro sonriente.
—Me caes mal, eres un niño rico que tiene en sus guantes mi salario de dos meses.
—Y tú una rara que entra a casa sin avisar.
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—¿Podrías pasarme los archivos? —pedí a una de mis asistentes—. Ah, y dile a Daisy que saldremos al café.