Cuando Fernando regresó a la misa, se colocó a un lado de su hermana y se aseguró de que nadie se hiciera ideas.
Al terminar, con mucha duda, se acercó a su abuelo.
—Aún no entiendo por qué ayer celebramos su nacimiento y hoy lo bautizaron.
—Por lo que pude escuchar, el niño nació hace un mes, y el duque conmemoró ayer su primer mes de vida. Incluso para mí es confuso… pero bueno, es el rey.
—Pues creo que es algo en lo que ambos estamos de acuerdo.
—Sabes, el rey me comentó que quería conocerte. Sabes muy bien que estima mucho a tu padre, así que ve, y recuerda que estarás frente al rey del Imperio Español.
—Pero lo conocí justo antes de la fiesta, el otro día.
—No cuestiones nada. El rey pidió hablar contigo y nada más. No lo repudies.
—Está bien, lo tendré en mente.
En ese momento llegaron por detrás los guardias del palacio, quienes iban a escoltarlo hasta el lugar del rey. Fernando, en el camino, no iba muy tranquilo; se sentía nervioso y asustado hasta que llegó donde estaba el monarca. Uno de los guardias dio un golpe con su lanza en el suelo y la puerta se abrió.
Fernando entró despacio, con algo de miedo, y por fin pudo ver al rey sentado frente a la chimenea. Ordenó que le trajeran una silla y vino para su invitado. Las criadas cumplieron al instante: Fernando se sentó junto a él y le sirvieron una copa.
—Es un gusto verte de nuevo, hijo de Lorenzo.
—El placer es todo mío, su majestad, y no lo digo solo por mera educación.
—Sigo creyendo que eres un gran joven, aunque no te conozco de siempre. Pero tengo fe en que tu padre te educó como debía y serás un gran noble.
—Eso espero, su majestad. Estaré a su disposición para lo que sea necesario.
—Muy bien. Bebe conmigo, hijo de Lorenzo.
Aunque a Fernando no le gustaba beber, en ese momento no tenía muchas opciones, así que lo hizo, pero a tragos pequeños.
—A tu padre le confiaba todos los problemas de ser rey. Lo considero más un amigo que un miembro de mi corte, y por eso lo envié a América: necesitaba a alguien de confianza para encargarse de ese puesto. Es importante para España, y no confiaba en ninguno de los nobles ni en los virreyes de la Nueva Granada y la Nueva España… pero no pude colocar a tu padre en ese cargo.
—Disculpe si la pregunta ofende, pero ¿por qué no pudo?
—Tu padre no quiso. Es un hombre que acepta los cargos que le otorgo, pero cuando le ofrecí ser virrey de la Nueva España, se negó rotundamente y prefirió ser ministro. Nunca entendí por qué.
—Mi padre está muy agradecido por su bondad al dejarlo como ministro en Santiago de Guatemala.
—Claro que lo está. Tu padre ha sido el mejor hombre que he conocido desde que ascendí al trono. Los reyes, incluso mi propia corte, esperan solo el momento en que muera. De todos, tu padre ha sido el más amable y empático con mi condición.
—Creo que ahora sé por qué no aceptaba esos altos cargos.
—Tu padre es inteligente, muchacho, y se dio cuenta de ello. Muchos quieren el poder, pero no saben manejarlo.
—Creo que, para ser un buen rey, se tiene que criar desde niño. Se debe forjar el carácter de alguien para estar preparado.
—Verdad dices. Pero a veces se descubre que se puede ser rey solo cuando ya se está en el trono. Y ese es uno de los motivos por los cuales te mandé a llamar: necesito un heredero, y quiero que seas tú.
—Con todo respeto, su majestad, no puedo aceptar esa oferta. No soy capaz de desempeñar tal cargo.
—Necesito un heredero, Fernando. No he podido engendrar uno y ya me resigné a que no lo lograré. No quiero que la corona caiga en manos de ningún reino de Europa. Tu padre es mi amigo, y sé que él te guiará por el camino correcto. Claro que eres el más apto.
—Su majestad, sería un gran honor, pero no puedo aceptarlo. Es demasiado para mí y pienso que no estoy a la altura.
—Quiero que me mires, Fernando. Los doctores creyeron que no viviría después de los siete años, y aquí estoy. Ahora me dicen que no llegaré a cumplir cuarenta. Francia quiere el reino, y desde que era un niño firmaron quién quedaría como heredero cuando yo muriera. Pero sigo vivo y no puedo engendrar hijos. Entiende mi situación.
—Mi rey, este puesto es de suma importancia y no creo ser el indicado para ostentarlo como se debe. No me gustaría ser un mal rey.
—Yo puedo colocarte sin necesidad de tu consentimiento; tengo el poder para hacerlo. Pero no quiero que estés en algo que no crees poder manejar. Hablaré con tu abuelo y también con tu padre sobre esto. Si necesitas un favor, solamente pídelo. Puedes retirarte.
—Ahora que lo menciona, Su Majestad, necesito que me conceda ese favor y perdone el atrevimiento.
Fernando permaneció hablando con el rey por el resto del día, incluso compartiendo un almuerzo con él. Luego, a la una de la tarde, solicitó que uno de los guardias lo llevara a la salida, pues no conocía el camino.
Mientras caminaba por el pasillo que conducía a la puerta principal, se dio cuenta de que allí estaba Rachel. El guardia lo había dejado cerca de ese pasillo, así que iba solo. Cuando Fernando vio a Rachel, aceleró el paso, pero al acercarse a la puerta sintió que lo detuvieron, como al cazador al que se le escapa la presa.
—Fernando, ¿por qué huyes de mí? ¿No ves que quiero caminar junto a ti?
—Perdón, pero no pude verte —dijo Fernando, incómodo—.
—No importa, el caso es que ahora sabes que estoy aquí. Podremos caminar a gusto.
—Claro, es una gran fortuna para mí —respondió Fernando con sarcasmo—.
—Creí que te habías ido con el señor Andrés.
—Ahora sí hubiera deseado irme con él.
—Sí estuve aquí, pero cuando terminó la misa bajé a la primera planta para ver las pinturas de nuevo.
—Veo que realmente te gusta el arte.
—Claro, amo tanto el arte como te amo a ti, y ahora que vi las pinturas pensé en ti.
—Escucha, Rachel. Tengo que irme preparando para mi partida.