Un vecino de ensueño

Capítulo 1: Vacaciones de verano

No extrañaré la secundaria en estas vacaciones de verano, aunque sí algunas clases y a ciertos profesores, que nunca me regañaron por leer en medio de sus clases o bien ponerme a escribir en la vieja tableta de mi madre, que ya necesita ser revisada de nuevo.

Digo, la secundaria es genial, pero… no si eres una solitaria completa, que no sabe socializar, que le gustan mucho los libros y se pierde en ellos, olvidando su entorno, y esto, en cierto modo, aporta a que seas una excluida.

«Pero no importa. Quizá encuentres amigos en estas vacaciones», me animo, y cierro el clóset.

Mamá no tuvo tiempo de doblar la ropa, así que la dejó toda en mi cama.

No me quejo, pues llega muy cansada de su turno como camarera de hotel, más si ha tomado horas extras, de esas nocturnas, que la hacen llegar de madrugada con el rostro cenizo, ojeras de mapache y el cabello muriéndose en su coleta alta.

Suspiro y me giro hacia la ventana.

No es que vivamos en un barrio de mala muerte, con pandillas por ahí, pero sí hay que tener cuidado al salir, como es normal. «Los autos no respetan a nadie, Mavka», suele decirme mamá cuando le pido permiso para salir y sentarme en algún parque. «No saques el teléfono. Mejor llévate algún libro de la biblioteca», y le he hecho caso.

Los ladrones siempre están al acecho.

Me acerco a la ventana, apoyo los codos en el alfeizar y miro hacia abajo.

Vivimos en el cuarto piso, donde menos se oye el ruido de fuera, aunque, si los vecinos se ponen creativos, las paredes retumban con su música a tope, sus discusiones extrañas o cuando están muy embriagados y, por lo tanto, risueños.

Acomodo el mentón en la palma de mi mano, ladeo la cabeza y observo, entretenida, al camión de mudanza.

«Nuevos vecinos», pienso con una sonrisa, la cual muere a los pocos segundos.

Quizá sea un anciano más al que sus nietos e hijos quieren abandonar lejos, pero como no tienen para pagar un geriátrico prefieren encerrarlos en apartamentos como este.

Presiono los labios y me desanimo.

«Todavía no tendrás amigos, Mavka, pero esfuérzate», vuelvo a animarme, y sonrío.

No alejo la mirada de la mudanza, de cómo sacan muebles viejos, pero sí una cama que parece nueva, ya que su colchón está blanco reluciente. Los trabajadores se sincronizan perfectamente y sacan, acomodan y trasladan todo sin reclamos ni obscenidades. No tardo en asociar su labor con un Tetris, como el que tengo por allá en una caja, dañado y roto.

Luego los escucho cerca, por la escalera, y me sorprendo yendo a la puerta para ver a través de la mirilla.

Mis labios se separan.

Habrá un nuevo vecino en el apartamento de al frente.

«Si tiene gatos, ojalá les limpie el areno con constancia», me río, y me cubro la boca porque no quiero que los trabajadores piensen que soy una chismosa más.

Bueno, ahora lo soy, porque la curiosidad me mata, pero no todos los días me pego a la puerta, con el oído en la madera, para saber qué ocurre, como la vecina del piso cinco, una anciana con lentes de botella que sale poco. Dice que le teme al exterior, que solo puede salir cuando se siente animada. «Agorafobia», como una vez escuché de su hijo mayor, un cincuentón alegre y de sonrisa muy paternal.

Sacudo la cabeza y me concentro en la entrada y salida de los trabajadores.

Ya han dejado la cama, los muebles de la sala y varias cajas.

Varios minutos después, dejan de salir, y me extraño.

—¿Eso es todo? —me susurro.

Me golpeo la barbilla con el índice al alejarme y me giro para ver nuestra sala.

Mamá se esforzó por mucho tiempo para comprarse unos muebles decentes, como ese sofá de dos plazas rojo oscuro, que lo obtuvo nuevo, embalado en plástico protector. Se le saltaron las lágrimas cuando me lo mostró y me prometió que traería más cosas nuevas. Y claro que cumplió: la mesita ratonera, el televisor —no es superguau, pero con tal de que transmita bien los canales es más que suficiente—, el sillón orejón, donde suelo sentarme para leer o bien jugar algún juego de mesa, y las sillitas de madera junto a la alfombra casi del mismo color del sofá.

Esbozo una sonrisa contenta y me lanzo en el sofá, abrazándome a los cojines.

Cierro los ojos unos segundos y deseo con todas mis fuerzas:

«Quiero un mejor amigo pronto. O una mejor amiga. Para que salgamos a jugar con el balón ese de fútbol, a caminar por los parques o comer helado. No por nada he ahorrado todas las monedas que me ha dado mamá todo este tiempo».

Exhalo con fuerza y me pongo de medio lado.

Hasta que un pequeño estruendo me obliga a ponerme en pie, nerviosa, y dirigirme una vez más a la mirilla para ver qué ocurre.

Cierro un ojo y me concentro.

Un hombre alto y robusto está encorvado frente a la puerta de la nueva o el nuevo vecino, con una caja a sus pies, la cual ha dejado salir todo su contenido.

Contengo la respiración y veo cómo se rasca la coronilla, de donde nace un cabello largo, que le llega hasta los hombros, y pone la otra mano en la cintura. Resopla y se inclina con mucho cuidado, cosa que me sorprende, y alza la caja, sin importarle el contenido desparramado. Se endereza y se adentra en el apartamento mientras cojea.




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