Me mira con las cejas juntas y la esquina de la boca doblada en una mueca de disgusto, y yo me vuelvo más pequeñita en su presencia. Se me encogen los hombros y me encorvo como el cachorrito que ha sido pillado en un acto rebelde. Pero pronto sus cejas se alivian y los labios se le vuelven una línea recta.
Cierra los ojos, cansado, y suspira.
—Eh, gracias —susurra con la voz ronca, como si el sueño fuera perpetuo en él, y extiende las manos para recibirme la caja.
Carraspeo para darme valor y se la extiendo.
—Lo siento si me sobrepasé —empiezo ya nerviosa—. Solo que escuché la caída de la caja y, como mi mamá me enseñó, quise ser una buena vecina —me sincero, y veo cómo acerca la caja a su pecho.
Comienzo a jugar con mis dedos y bajo la cabeza.
No es que sea una cobarde, o creo que sí. Es que su presencia es intimidante y su mirada azulada parece ejecutarte casi al instante.
No solo me empequeñece, sino también me fusila.
Me siento un soldado que desertó y al que han puesto frente a la pared de fusilamiento.
«Eso sí lo recuerdas, ¿no, Mavka?».
Alabado sea el profesor Santos.
—Sí, soy un poco torpe —contesta de repente, y me enderezo como si me hubieran dado el premio mayor. Nuestros ojos vuelven a unirse, una batalla entre el azul y el verde—. Así que eres la vecina de al frente. —Señala con su barbilla mi apartamento.
Sonrío.
—Mucho gusto, Mavka. —Le extiendo mi mano y espero a que la estreche, aunque la vergüenza me golpea porque ¿cómo lo hará sosteniendo la caja con ambas manos?—. Ay, lo siento.
Presiona los labios con una expresión divertida, que ahuyenta esa tristeza extraña de sus rasgos un poco toscos, y se gira para dejar la caja en el umbral de la puerta. Al regresar a su posición exterior, me invita a alargar la mano cuando extiende la suya, y no tardo en estrechársela con una nueva sonrisa, pero esta vez nerviosa.
—River —se presenta con una sonrisa plana, como si se le dificultara sonreír, y mueve nuestras manos de arriba abajo—. Un placer.
Le sonrío más amplio y alejo la mano para apretarla con la otra sobre mi pecho.
—Bueno, River, si necesitas algo, toca a nuestra puerta —la señalo con el pulgar, y ya las mejillas me duelen—. Mamá no está la mayor parte del tiempo, pero yo sí durante estas vacaciones, así que estaré encantada de ayudarte en lo que sea.
Se pasa los dedos por la barba espesa y parece arquear una sola ceja.
«Envidia de la buena».
—No creo que necesite mucha ayuda, pero te lo agradezco, Mavka.
Asiento varias veces y ahora le señalo su apartamento.
No estoy dispuesta terminar esta conversación en este momento.
«Primero dejo de llamarme Mavka. A este lo atraparé sí o sí como mi amigo, no importa que sea un adulto raro y con vibras de depresivo en paro».
—Aquí antes vivía una pareja de ancianos superraros.
La mueca de medio lado regresa.
—Ah, ¿sí? Bueno, con tal de que no hayan asesinado a nadie…
—Igual te recomiendo que te compres una luz UV para que revises cada esquina —sigo la broma, si es que lo es.
Su ceño se profundiza.
«¡Es malo saber mucho sobre asesinos y eso, Mavka! ¿Ves que es malo engancharte a los programas true crime que ve mamá?».
Dios, cuánto me gustaría golpearme el rostro ahora.
Pero su ceño se suaviza de nuevo y una sonrisa sincera reluce en su boca.
Tengo que pestañear varias veces, porque es deslumbrante.
—Colgate debería contratarte —digo en voz alta, y me cubro los labios lo más rápido que puedo.
Se me escapó el pensamiento.
«Mejor enciérrate y hazte bolita en la cama, por favor».
Su sonrisa se ensancha y de su pecho sale una carcajada y luego otra.
«Música para mis oídos».
—Qué niña más extraña eres. —Se pone la mano en la panza y respira profundo—. Sí, pediré por Amazon la luz UV. A ver cuántas manchas raras pillo en las paredes.
—Y en el piso, el baño, el techo… —Me callo.
«Cállate, cállate, cállate, tonta».
—Gracias, lo tomaré en cuenta —responde divertido.
Bajo las manos y me sobo el antebrazo derecho, apenada.
—Sí, bueno, River, espero que me busques si necesitas ayuda. ¡Chaíto! —Y huyo de la escena cual criminal que no supo robarse una paleta de dulce.
Cierro la puerta como un huracán y me apoyo en ella, aunque no evito mirar por la mirilla.
River sacude la cabeza, más divertido que antes, corre la caja con el pie y se adentra en su apartamento, cerrando tras de sí.
Me alejo de la puerta y me golpeo la frente.
—De verdad mis habilidades sociales son horribles —le digo a la sala al girarme, y regreso al sofá—. Debí presentarme mejor y no con eso de «Hey, quizá los vecinos anteriores eran asesino, así que andate con cuidado». —Me abrazo las rodillas—. Tonta, tonta, tonta.
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Editado: 23.04.2026