Una carta al amor

Capítulo 8. Se acabó

Alessandro Cooper 

—Ales, amor —exclama Rebeca, totalmente perpleja y desnuda. Se cubre como puede con la sábana y se levanta de la cama.

—¿Cómo pudiste, cómo? —grito mientras la rabia se apodera de mi cuerpo, algo caliente recorre todo mi ser. Rabia, dolor, mucho dolor, siento como una aplanadora aplasta mi corazón y luego un martillo lo hace añicos.

—Déjame explicarte por favor, Aless yo…

—Cállate, cállate, no quiero escucharte —grito muy fuerte. Y el sujeto que estaba en la cama a quien no conozco se levanta colocándose su bóxer, pero la rabia puede más y lo tomo del cuello propinándole un golpe que lo tira al suelo. Y voy encima de él para seguir golpeándolo. Solo escucho vagamente la voz de esa mujer traicionera e infiel a lo lejos. No sé cuánto tiempo ha pasado, no sé realmente que sucedió, ya no soy dueño de mi cuerpo, no soy dueño de mis actos, solo golpeo una y otra vez al hombre en el suelo. Hasta que siento unos brazos tirar de mí con fuerza para alejarme del hombre que está en el suelo prácticamente muerto, o no sé si sigue con vida.

Vuelvo a la realidad, al sentir el dolor en mis manos, la sangre en mis puños, a Rebeca llorando y a dos oficiales sujetarme muy fuerte. No me resisto, porque mis fuerzas se han acabado.

Pestañeo una y otra vez y luego me doy cuenta de lo que hice. Por culpa de esta mujer he matado a un hombre. Levanto la mirada para pisarla en ella. Ella llora mirándome también y todo el amor que le tenía se vuelve y se convierte en odio de pronto.

—¿Qué hiciste Ales? —reclama ella con llanto.

—Deberá acompañarnos, señor Cooper —me dice uno de los oficiales sabiendo quién soy, claro que lo van a saber.

Yo no pongo resistencia, no lo hago para nada.

—La ambulancia ya está llegando, señorita —se dirige a Rebeca y solo le dedico una última mirada para ser guiado fuera de la habitación por los dos oficiales.

La ira se apoderó de mí y maté a un hombre. Aún siento que estoy flotando en el aire.

Me llevan hasta afuera donde una patrulla me espera y las personas alrededor observan la escena.

En minutos llegamos a la comandancia y me despojan de mis pertenencias.

Al volver a la realidad lo primero que pido es hablar con mi abogado. Me otorgan el permiso de una llamada y solo lo llamo a él, al único que puede sacarme de aquí.

—Álvaro —exclamo angustiado.

—¿Ales, que sucede? —pregunta de inmediato.

—Estoy en la comandancia, necesito que vengas a sacarme de aquí.

—¿Qué fue lo que hiciste? —reclama algo alterado al otro lado.

—Mate a un hombre —es todo lo que digo cortando la llamada para luego dejar mi teléfono y ser llevado a una celda.

Suspiro profundo sentándome en el duro concreto al cual llaman asiento. Me aprieto la cabeza y es ahí donde me permito inclinar mi cuerpo hacia delante y llorar, sí llorar, no por lo que hice, sino por ver destruido mi vida en segundos, por ver con mis propios ojos que Rebeca nunca me amó, que Rebeca solo estaba conmigo, ¿Por qué? ¿Por mi dinero? ¿Por el buen pasar que le daba? ¿Por los lujos con los que la llenaba? ¿Y el amor y la atención que le daba qué? Nunca le importó, siempre se burló de mí.

Nadie me lo dijo, nadie me dijo que ella me engañaba, yo lo vi con mis propios ojos. Yo vi su traición a solo días de casarnos, a solo días de formar una familia. A solo días de condenar mi vida a su lado. Ahora entiendo su frialdad, ahora entiendo por que no era recíproco el amor que yo le daba.

Media hora más tarde levanto la cabeza para ver a mi hermano detrás de la reja moviendo la cabeza en negación.

—¿Qué fue lo que hiciste Alessandro? —reclama, pero para que explicarle más, si el cómo buen abogado ya estará enterado del más mínimo detalle.

Me levanto respirando profundo. —Mate al amante de esa mujer.

Llego hasta la reja apoyando mi cabeza en ella.

—No, afortunadamente no se murió, pero está muy grave en el hospital central. Ya envié a Octavio para que se encargue de que no muera el susodicho.

Pestañeo al escuchar a mi hermano. Es un hombre astuto, siempre está unos pasos delante. Octavio es nuestro primo, un capo de la medicina, ha salvado muchas vidas.

—Y no tengo que decírtelo, pero te lo dije, y no me place para nada hacerlo, porque eres mi hermano, pero joder, maldición Aless te lo dije, te dije que esa mujer no era de fiar. Papá te lo dijo, ¿Y qué hiciste?

—Sí, lo sé, lo sé hermano, pero el amor te vuelve ciego, tú no lo sabes porque no te has enamorado.

Guarda silencio, y solo suspira. —Yo pienso con la cabeza de arriba, no con el de abajo Alessandro. Esa mujer no te amaba y eras el único que no se daba cuenta de ello y mira ahora donde estás. En la cárcel, ¿Y ella?

—Ojala estuviera muerta —exclamo con rabia.

—Pero no lo está, está libre y con vida y tú estás aquí encerrado.

—Debes sacarme de aquí Álvaro, eres mi única solución, si tú no me sacas de aquí, nadie lo hará.

—Debería dejarte encerrado aquí un buen tiempo, ¿Sabes? Para hacerte pagar todas las estupideces que hiciste por culpa de esa mujer. Pero mamá moriría si te dejo aquí.

Inclino la cabeza. Porque tiene razón, claro que la tiene. Y mi santa madre moriría de dolor si me sucede algo. Y es que así son las madres.

—Ahora debemos esperar que ese hombre esté fuera de peligro. Octavio hará todo lo posible y me mantendrá al tanto de su estado de salud. Yo mientras tanto apelaré por la fianza. Hablaré con mi amiga la jueza Margareth. Por la amistad que tenemos, por el aprecio que le tiene a mamá y por nuestro apellido estoy seguro que me ayudará a sacarte de aquí.

—Gracias hermano, esperaré.

—No te queda de otra. Ahora solo ruega porque el hombre no muera, de lo contrario esto se complica para ti.

Suspiro hondo volviendo a caminar hacia el asiento de concreto para sentarme allí y frotarme el rostro.




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