El vehículo se deslizaba sobre la arena como una cuchilla sobre seda, pero el silencio dentro era un puño cerrado. Amira yacía en el asiento trasero, su cabeza descansando sobre una tela suave que olía a sándalo y a poder. La oscuridad había sido un alivio momentáneo, una tregua que su cuerpo necesitaba desesperadamente. Pero ahora, mientras los bordes de la conciencia volvían a delinearse, el dolor regresaba con cada latido: la garganta rasposa, las piernas en carne viva, el sol que aún ardía bajo su piel como un recuerdo imborrable.
Abrió los ojos lentamente, y lo primero que vio fue el perfil del jeque Khalid, sentado frente a ella, mirando por la ventanilla como si el desierto le contara secretos que nadie más podía escuchar. Su mandíbula estaba tensa, y sus dedos tamborileaban sobre su muslo con un ritmo que no era impaciencia, sino contención. Había algo en él que la desconcertaba: no era la crueldad fría de sus captores, sino una intensidad que parecía devorar el aire a su alrededor. Como un depredador que elige cuándo atacar.
—Estás despierta —dijo él, sin volverse—. Bebe.
Le tendió una cantimplora de cuero sin mirarla, y Amira dudó por un segundo. ¿Y si estaba envenenada? ¿Y si todo esto era otra trampa? Pero su garganta ardió con tal violencia que el miedo se disolvió ante la necesidad. Tomó la cantimplora con manos temblorosas y bebió como si el agua fuera vida misma. El líquido fresco recorrió su esófago como un bálsamo, y por un momento, el mundo dejó de doler.
—Gracias —susurró, con la voz aún rasposa.
Khalid volvió la cabeza hacia ella, y sus ojos la atravesaron como dagas. No había calidez en su mirada, pero tampoco desprecio. Era algo más complejo, una mezcla de evaluación y reconocimiento.
—No me des las gracias aún —dijo, con un tono que no admitía interpretaciones—. Dime tu nombre y lo que te trajo a mi desierto.
Amira sintió que su instinto de supervivencia se despertaba como un animal herido. No podía fiarse de nadie, especialmente de un hombre que parecía acostumbrado a que todos se doblegaran ante él. Pero también sabía que, en ese momento, no tenía más aliado que aquel jeque de mirada peligrosa.
—Amira —respondió, con la voz firme a pesar del cansancio—. Me llamo Amira. Y vine aquí engañada. Me ofrecieron trabajo en un palacio, pero era una mentira. Querían venderme como esclava.
La palabra cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Khalid no parpadeó, pero sus dedos dejaron de tamborilear. El silencio se alargó, denso como la arena que se filtraba por las rendijas del vehículo.
—¿Quiénes? —preguntó, y su voz había bajado un tono, volviéndose más peligrosa, más íntima.
—No sé sus nombres. Era una mujer, elegante, de ojos de cristal. Y hombres, varios. No vi sus rostros. Me llevaron en un vehículo sin ventanas, me dejaron en medio del desierto. —Amira se incorporó con esfuerzo, apoyando la espalda contra el asiento—. Escapé mientras discutían. No sé si me buscaron.
Khalid la observó en silencio, y ella sintió que la desnudaba con la mirada, no en el sentido carnal, sino en el de leer cada pliegue de su alma. Finalmente, habló:
—Eres valiente. Y tonta. Caminar por el desierto sin agua es una sentencia de muerte. Pero también eres afortunada. Hoy es el día de la procesión real hacia el oasis norte, y mis hombres te vieron. Si hubiera sido otro día, estarías muerta.
—Quizás la muerte habría sido mejor —murmuró Amira, sin pensar—. Si me devuelves a ellos, preferiría morir.
Khalid inclinó la cabeza, y por un instante, algo como el respeto cruzó sus ojos.
—No te devolveré a nadie. Pero tengo preguntas que hacerte, y quiero respuestas. En mi territorio, la verdad es moneda de cambio, y mienten, Amira, y el desierto te cobrará su precio.
El vehículo se detuvo, y el silencio se rompió con el ruido de puertas abriéndose. Los guardias se movían fuera, y el sol, ahora más bajo, teñía el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. Khalid se inclinó hacia ella, y su cercanía la hizo contener la respiración. Su aliento era cálido, y su olor, ese incienso mezclado con arena, envolvió sus sentidos como una red.
—Has llegado al campamento real —dijo, con una voz que era casi un susurro—. Aquí, bajo mi protección, nadie te hará daño. Pero no confundas mi generosidad con debilidad. Si mientes, Amira, descubriré la verdad. Y entonces, el desierto no será tu único enemigo.
Se apartó y salió del vehículo sin esperar su respuesta. Amira quedó allí, con el corazón latiendo tan fuerte que podía sentir cada pulsación en sus oídos. No sabía si aquel hombre era su salvador o su verdugo, pero una cosa era clara: no iba a ser su prisionera. Se levantó con dificultad, ignorando el dolor de sus piernas, y salió al exterior.
El campamento era un mar de tiendas negras y doradas, ondeando con la brisa del atardecer. Hogueras encendidas, camellos arrodillados, hombres que se movían con propósito. Pero en el centro, alzándose sobre todo, estaba la tienda del jeque: una estructura imponente de telas brocadas, con banderas rojas y doradas que flameaban como lenguas de fuego. Khalid caminaba hacia ella, y dos guardias flanqueaban su entrada.
Amira apretó los puños y alzó la barbilla. No iba a mostrarse débil. No iba a dejar que nadie la viera como una víctima. Caminó hacia la tienda, y cuando uno de los guardias intentó detenerla, ella lo enfrentó con una mirada que sorprendió incluso a ella misma.